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jueves 3 de julio de 2008

Venecia


Jan Morris
RBA, 2008
398 pp.





James Morris es un clásico de la literatura de viajes. Y no es para menos. Oficial del ejército inglés, viajó por todas partes, fue admirado por Chatwin –lo cual es algo parecido a ser canonizado, para la comunidad de los lectores viajeros- participó, y eso ya son palabras serias, en la primera expedición que conquistó la cima del Everest y, sobre todo –y aquí ya hablamos de lo más importante- es un excelente escritor (o escritora, desde que firma como Jan Morris).

Su Venecia fue, desde el momento de su publicación, en 1960, una referencia ineludible para quienes desean acercarse a la ciudad, a través de la lectura, que ha seguido viva hasta hoy. La edición de 2008 que sirve de excusa para volver a hablar del libro es, en realidad, una revisión que resulta de sucesivas revisiones que han acompañado y rejuvenecido el texto en su dilatada existencia.

Venecia –libro, aclaro- es un paseo largo por todo lo que tiene que ver con esa Venecia –ciudad- que conocemos. Claro, esa Venecia monumental, hecha de canales y palacios, iglesias y museos, plazas y catedrales es de profundidad casi insondable. Y por ello, la Venecia de Morris, ese largo paseo por la ciudad y por su historia, por sus gentes y sus costumbres, por sus barrios y por las islas que los rodean y la acompañan en la laguna es verdaderamente un paseo extenso, lleno de vistas y de paradas, con quiebros y miradas a un lado y a otro para dar una visión de conjunto, pero también de detalle a medida que se salta de un tema a otro o de un lugar a otro del tiempo o del espacio.

Jan Morris, además de gran escritora –o a lo mejor, porque es una gran escritora- se atreve con Venecia haciendo su Venecia. No es una traición, que quede claro. Es un juego. Es un mirar y hablarle de tú a tú a la más imponente de las ciudades y atreverse a recrearla desde cómo la ve y desde cómo juega a verla, con objeto de acusar sus rasgos y, en el recurso a la caricatura, hacerla más visible y más libre.

A pesar de su enorme entidad, Morris jugando con ella hace ágil y grácil a Venecia y la libra del peso excesivo que la aflige por esa carga de ser Patrimonio de la Humanidad en grado más que superlativo.

A base de un discurso fluido y de la irreverencia que acompaña a un trato despreocupado y franco, Morris desmitifica –con amor, eso sí, y con veneración, también- a Venecia y nos la sirve a nuestro propio nivel y siempre con una mirada algo socarrona, a medio camino entre lo que es y lo que quiere que sea para tejer su historia.

Del veneciano dice: “La nariz es prominente como la de un noble renacentista y mantiene en su actitud un aire de astucia llana y complacencia como el hombre que ha amasado una gran fortuna trapicheando un poco en el mercado de la alcachofa. Suele tener las piernas arqueadas (pero no de tanto cabalgar) y la tez pálida (pero no por falta de sol). A veces, su mirada adquiere un destello de desdén ladino y su sonrisa es distante; en general, se muestra reservado, amable, ceremonioso, con la chaqueta correctamente abotonada y las inquietas manos discretamente enguantadas.”

¿A quién se le puede ocurrir más que a Morris hacer una descripción casi de entomólogo de ese veneciano que hereda la gloria de la más excelsa de las ciudades?¿Cómo sugerir que pueda tener algo en común la alcachofa con la gloriosa Venecia que nos ocupa?

Y de los gondoleros asegura con desparpajo: “Generalmente (…) son muy inteligentes, amén de tolerantes y sardónicos, y salvo algunos cascarrabias excepcionales, mayores casi siempre, también tienen sentido del humor. Suelen ser muy guapos, rubios y ágiles…”
La frescura del lenguaje y de la propia actitud de Morris, rejuvenece la ciudad y haciéndola familiar la hace también más compresible y amable. Liberándola de su propia historia, la acerca al corazón del lector.

La gente –el pueblo-; los distintos rincones, sus sabores, sus diferentes atmósferas; la Laguna que es la cuna en la que Venecia nace y que protege su existencia articulan el texto y permiten hablar de todo: de lo actual y de lo antiguo, de lo real y de lo imaginado, de lo sustantivo y de lo anecdótico.

Ingenio, frescura, un amplio conocimiento y el mejor oficio de escritora se mezclan para recrear Venecia. El lector disfrutará, sin duda, del libro y aprenderá a ver la ciudad con ojos nuevos e inteligentes siguiendo los caminos menos esperados y contemplando en el transcurso de ese deambular escenas y paisajes que sólo la palabra de una guía tan singular alcanza a hacer visibles.

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