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lunes 22 de diciembre de 2008

Treinta días en Sidney


Peter Carey
Herce, 2008
222 pp.





Hay comportamientos simples que definen a un país y que a menudo no aparecen en las guías. Son tan cotidianos que pasan desapercibidos, tan triviales que caen en el olvido de quien los presencia, tan frecuentes que se vuelven transparentes a la mirada con la costumbre pero quizás por ello mismo son señas de identidad de sociedades enteras y reflejan su carácter profundo. El conserje del hotel indicando al viajero que acarree él mismo sus maletas o el cliente de un taxi colocándose en el asiento delantero junto al conductor son dos ejemplos que Peter Carey desliza en su Treinta días en Sidney y que entre muchos otros le sirven para mostrar al lector el alma de la ciudad y de sus habitantes.

No voy a esperar al final de esta reseña para aconsejar la lectura del libro y para decir que es magnífico. Lo es sin duda. Y lo apreciará el lector aunque no sienta interés especial por la capital australiana. El libro está lleno de hallazgos y de profundidad. Está escrito con sensibilidad y con inteligencia y se lee con interés creciente y con gusto.

Sidney es el protagonista del libro. Y podría serlo de muchas maneras. Carey huye de la descripción. No construye sobre el inventario de lo que se ve o de lo que hay en la ciudad del modo como lo haría una guía. Lo suyo son los encuentros con las personas y con sus propios recuerdos y la capacidad para extraer de ellos el pasado y el presente a través de indicios. La mano de Carey se desvanece. No es él quien cuenta. Ni siquiera los personajes que hablan definen Sidney. Es el lector quien construye la ciudad y al hacerlo, después de tantas derivadas, a donde llega es a su esencia.

La literatura es un arte de prestidigitación. Por ello y a pesar de lo dicho más arriba, hay que reconocer que por supuesto es Carey quien maneja los hilos de lo explícito y lo implícito y de cuánto el lector entiende y concluye. Y hay que decir que lo hace con sensibilidad suficiente como para fingir que no es él quien construye la historia sino sus personajes y el lector.

Carey habla de Sidney mezclando su experiencia en primera persona y las conversaciones con sus interlocutores, en forma de texto dialogado cuyos planos se apoyan y conviven a lo largo del relato. Y de esta forma, en el curso de esta mezcla, deja surgir temas con los que cobran cuerpo una ciudad y una sociedad llenas de singularidades, herederas ambas de viejos presidiarios y que son hoy ejemplos de prosperidad y de éxito.

El modo como Carey desarrolla su texto encaja con su condición de profesor de literatura creativa. Escribe con la misma soltura y facilidad con que introduce los temas más diversos.

Cuenta sin morderse la lengua que la Australia de hoy es el resultado de una guerra contra los aborígenes, que los blancos nunca quisieron reconocer y de cuya derrota han sido siempre conscientes los indígenas. Cuenta de lo poco comprensivos que han sido los blancos con las condiciones naturales del país, con sus precarias condiciones para la agricultura y con el peligro que suponen los terribles incendios que asolan la ciudad. Cuenta de los incendios y de la fuerza brutal del viento como si la naturaleza tuviera todavía toda la energía de un mundo sin domesticar. Cuenta, en un relato escalofriante, de la existencia de un país joven a través del gusto por el riesgo en el mar o del placer de enfrentarse a la naturaleza. Cuenta del aprecio a la libertad del espíritu hablando de la innovación en la arquitectura, del escaso interés por las formas convencionales de vida y del hábito y el gusto por las mezclas y los cambios en casi todo.

Y junto a la tensión que subyace a los contrastes, Carey desvela su admiración por la ciudad. En todo momento, emerge un Sidney grato, luminoso, bendito por la belleza del paisaje y por la presencia del mar. Treinta días en Sidney es un homenaje cálido a la ciudad, a sus habitantes y a la vida. Es un libro para disfrutar y para leer con gozo.

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