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domingo 8 de febrero de 2009

Diario de un lobo. Pasajes del mar Blanco


Mariusz Wilk
Alba, 2009
278 pp.





Una leve sensación de vértigo embarga al lector en los primeros párrafos de Diario de un lobo porque vislumbra la posibilidad de que en la lectura que ha hecho hasta el momento de numerosos libros de viajes tal vez no haya entendido nada. 

Las islas Solovki se hallan en el mar Blanco, al norte de Rusia a menos de doscientos kilómetros del Polo Norte. Es una tierra entrelazada con el mar, de clima y condiciones de vida extremas y aislada. Mariusz Wilk, el autor del libro es un periodista polaco, joven, cuando decide instalarse en el lugar donde marcha a vivir durante más de diez años.

Mariusz Wilk, en Diario de un lobo va a hablarnos de las islas: de su suelo, de su gente, de sus paisajes, de los cielos, de la vegetación, del clima, de lo que se cultiva, de lo que fueron las islas tiempo atrás, de lo que son ahora, de cómo discurre la vida en ellas, de lo que se vislumbra para el porvenir.

Pero ¿por qué hablar de las Solovki, siendo como son un lugar tan excéntrico, diminuto y singular? Sostiene el autor la teoría de que viajar debe ser más que mirar, haber leído, tratar de entender y luego contar o recordar aquello que se ha visto. Sostiene que conocer obliga a mucho más. Sobre todo si se trata de algo tan opaco, exótico y difícil de penetrar como es Rusia.

Sostiene Mariusz Wilk que ese espacio euroasiático que es Rusia posee unas interioridades que invalidan la realidad superficial a que nos hemos acostumbrado después de leer los periódicos, algunos libros o tras algunas conversaciones con la gente del país. Hay dos Rusias y la Rusia oculta es la que contiene el alma profunda y largamente acrisolada de una nación cuyas raíces se hunden en un mundo oscuro.

Mariusz Wilk no elude polemizar con su paisano Kapuszinski al que admiramos y hemos convertido en maestro de la interpretación de las sociedades más diversas. El método de Kapuszinski no vale, al menos cuando hablamos de Rusia, porque según Wilk, cuanto más se sabe menos son las cosas que consiguen encajar en el rompecabezas en que consiste todo ejercicio de comprensión. Rusia es otra cosa y Occidente no ha sabido ver de ella más allá de su piel.

Esta es la razón que lleva a Wilk a instalarse en las islas Solovki, en las que ve una Rusia en pequeño: el lugar donde podrá penetrar en el mundo que le rodea, con suavidad, con todo el tiempo por delante convirtiéndose él mismo en un ruso capaz de oír y sentir en ese plano profundo al que tanto cuesta acceder a los extranjeros.

Pequeñas en tamaño, fuera de los caminos, con un clima infernal, cuesta pensar que las Solovki hayan tenido relevancia alguna en la historia de Rusia. Y sin embargo el hecho de su importancia es el primer toque de atención a favor de la afirmación de Wilk  de que en Rusia pocas cosas son lo que parecen. La iglesia ortodoxa tuvo en las Solovki un monasterio inmenso cuya influencia alcanzó a Rusia entera y que atrajo el favor de los zares. En las Solovki hubo también el primer campo de concentración de la Rusia soviética, cuyo modelo se replicaría más adelante en otros lugares. Y en las Solovki se han refugiado hoy gentes de todos los pelajes y de lugares distantes para componer una mezcla diversa y también dramática.

El declive –ruinas- del espléndido monasterio, el abandono de las instalaciones de campo de trabajo, el deterioro ecológico y el social que se advierte en las Solovki reproducen la Rusia actual. Son la herencia de una historia confusa y accidentada. Son el reflejo de un mundo duro cuyo porvenir es opaco como las densas nieblas del invierno. 

“Algunos de (los) caminos conducen hacia el interior de la isla; otros al interior de tiempo; algunos serpentean a lo largo de la costa, ribeteados por las olas como los encajes rusos; otros, en cambio, cruzan a través del lodo o de la memoria.”

Los paisajes de las Solvki tienen algo de imaginario. Se entiende que enmarcados en la naturaleza excesiva que acompaña a las tierras boreales reflejen las amenazas y también las promesas de vida que contienen el agua, la luz y el bullir atropellado que sigue al cortísimo verano. Y se entiende, que en contacto con los hombres puedan ser el escenario donde se representan escenas de la vida que ayudan al espectador atento a comprender a los personajes y a las interioridades de su papel.

Leer Diario de un lobo es entrar en un mundo de reflejos. Y es descubrir, o recordar de nuevo, que Europa se confunde con Asia en un vasto territorio que, como no podía ser de otro modo, posee una entidad propia, desarrollada en un espacio que poco tiene que ver con aquel del que nosotros procedemos y desde el que tratamos de entender a los demás.  Por fin, es también asomarse a los hechos. Diario de un lobo no trata solo de entender 'el alma rusa'. Si lo hace es para acercarse al país real, a la Rusia de hoy desprovista de recursos y empobrecida, desolada por el colapso de lo que fue la Unión Soviética, esquilmada por una legión de bandidos que han llegado incluso allí donde el frío se enseñorea durante casi todo el año y el alcohol es consuelo que apaga las penurias de todos los días.

No hablamos de filosofía ni de la belleza de los paisajes blancos que la nieve cubre. Diario de un lobo es la Rusia de hoy y es el modo que el lector tendrá para acercarse a ella desde una perspectiva nada habitual pero certera.

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