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lunes 27 de julio de 2009

La explosión de los mangos


La explosión de los mangos
Mohammed Hanif
Salamandra, 2009
381 pp.

La inteligencia es el ingrediente más sólido del humor, y el humor ha acompañado en la literatura alguna de las más inteligentes incursiones por la realidad. Para los aficionados a ambas –al humor y a la inteligencia- es de agradecer La explosión de los mangos ...


Mohammed Hanif
Salamandra, 2009
381 pp.





Al afrontar la reseña de un libro, a veces es difícil de explicar por qué surgen preguntas sobre temas accesorios y que ni vienen a cuento. ¿Cómo es posible, me pregunté después de leer las primeras páginas de La explosión de los mangos que a un militar paquistaní se le ocurra escribir algo como esto?

La respuesta estaba en una lectura más atenta de la que había hecho de la solapa del libro. Resulta que Mohammed Hanif había dejado sus estudios de la carrera militar para dedicarse al periodismo y que lo suyo era el teatro, las series de televisión y las películas de cine. Es decir, que al lado de algo tan real como la guerra, Mohammed Hanif había optado por situarse en el lado luminoso de la ficción. La explosión de los mangos, hay que decirlo ya desde el principio es un disparate. Un espléndido disparate que conviene leer para conocer algo más del mundo en que vivimos.

En Pakistán, y los hechos lo demuestran, la vida tampoco ha sido fácil. El país nació de una traumática secesión de la India, sufrió luego otra dolorosa partición del país cuando se desgajó Bangla Desh, y todo vino acompañado por una ristra de gobiernos a los que la sombra del ejército condicionó de forma más o menos explícita. El ejército, por supuesto, es quien en última instancia tiene el poder. Fue necesario, y bien alimentado por consiguiente, cuando había que asegurar un sólido muro ante la amenaza del comunismo ruso. Era imprescindible para detener la codicia india enseñando los dientes por los riscos de la frontera. Tenía que estar para mantener de forma creíble la reclamación sobre Cachemira. Sirvió a Occidente cuando hubo que batir a los rusos en sus aventuras por Afganistán… Y con tanto protagonismo, y siempre a punto de acudir a un incendio o declarado o inminente, está claro que hablar de lo militar en Pakistán no es cosa pequeña.

Mohammed Hanif lo hace con un desparpajo tan saludable como sorprendente. Lo que no sorprende es que nadie en Pakistán quisiera editar el libro, parece que con la excusa de falto de rigor. Y como era esperable quienes se pusieron a ello con ganas fueron los indios, al otro lado de la frontera, que consiguieron con él un éxito editorial memorable. Tan memorable que los paquistaníes se apuntaron al carro de la maximización de los beneficios y consideraron que bien podían correr el riesgo de publicar un libro ‘menor’.

El disparate –que sólo es justificable por el bendito poder absolutorio que tiene el humor- trata de un hecho real, aunque novelado sin recato. Tiene que ver con la muerte en accidente aéreo del presidente Zia, quien había llegado al poder por un golpe de estado y quien no le ahorró la faena de morir en la horca a su antecesor en el cargo, el ya expresidente Bhutto. El tema se las trae, porque está rodeado de escenas duras a poco serio que se hubiera puesto el autor.

Pero para el afortunado lector Mohammed Hanif elige la vía de construir una ficción en clave de caricatura cuya capacidad de poner en ridículo a todo lo que se mueve no deja de sorprender y de generar la sonrisa constante y, a veces, la risa.

El protagonista, aunque son varios los protagonistas, es un joven militar con algún matiz homosexual, cosa que en aguerrido ejército de Pakistán resulta casi una blasfemia. Concentrado en su trabajo y entregado a la disciplina se ocupa de una modalidad insólita de instrucción que consiste en manejar a los hombres para ejecutar los más difíciles ejercicios con la precisión de un reloj sin decir palabra alguna, a través de una innovadora técnica de control basada en el silencio y que viene a ser un kunfú de eficacia superlativa.

La explicación de los ejercicios, los nombres elegidos remedando la terminología militar llevada al terreno del surrealismo, los compañeros de armas salidos de un manicomio más que de la vida real son campo abonado para mostrar a través del despropósito la realidad. Pero junto a nuestro protagonista, ocupa también un papel principal el propio presidente Zia cuya vida privada, su obsesión por la seguridad, su sensibilidad religiosa y su entorno de servicios secretos lo muestran en una salsa de gobernante tan desmitificadora como divertida.

Pero entre tanto divertimento asoma la realidad. Divertida es, entre muchas otras cosas, la situación de las mujeres en un país que opta –sus gobiernos, me refiero- por regresar al Islam de forma más ferviente. Divertida, pero trágica, la posición del cadi sobre el caso de violación de una ciega a quien ampara la justicia islámica siempre y cuando haya sido capaz de reconocer al violador y a cada uno de los cuatro compinches que necesariamente deben haberlo ayudado a sujetarla, uno por cada extremidad, en el caso en que no haya habido consentimiento.

Entre bromas y veras la denuncia de situaciones y hechos enormemente graves aparece en el libro que se desliza en determinados momentos hacia un tono emotivo y aunque de forma discreta y casi poética hacia contenidos graves que muestran a Mohammed Hanif como un escritor capaz de conjugar el hábil discurso del humor con la literatura seria, lúcida y comprometida.

Aunque a través del mundo estrecho del entorno del presidente, de los servicios de inteligencia o de unos hombres de las fuerzas aéreas, Pakistán está presente en el libro y muestra también que cada vez el mundo es más igual. Estamos en un Pakistán islámico, pero sorprende descubrir en él a un país moderno. Es de ellos pero es de nosotros también de lo que el libro habla. Circula el whisky y la marihuana, se lee a hurtadillas el Playboy, los profesionales viajan al extranjero y se lee también a Rilke y algo tan sorprendente para aquellos lares como Juan Salvador Gaviota. La traición, la violación de los derechos humanos, la corrupción del poder amparada por la religión o por la sagrada defensa de los intereses del país, la injusticia y el sometimiento de los débiles por los poderosos son al final las líneas de fuerza que sostienen el relato disfrazadas de farsa en un discurso que no perdona y construye un alegato de dureza enorme.

De la India nos llegaron aires frescos a través de la divertida lectura de Tigre blanco, otro texto tan recomendable como disparatado. Del bando enemigo, de Pakistán, nos llega esta ‘explosión de los mangos’ que mantiene el nivel de ingenio si no supera a su rival. Bienvenidos los dos títulos.

La inteligencia es el ingrediente más sólido del humor, y el humor ha acompañado en la literatura alguna de las más inteligentes incursiones por la realidad. Para los aficionados a ambas –al humor y a la inteligencia- es de agradecer La explosión de los mangos y con esta explosión el pequeño rayo de esperanza que supone poder hablar de cosas serias con la libertad que ofrece la mirada cuando se atreve a hacerlo desde terrenos próximos a la comedia.

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