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lunes 11 de mayo de 2009

De Estambul a El Cairo. Diario de viaje por un Oriente roto


Eduardo del Campo
(Fotografías de Ricardo Venturi)
Almuzara, 2009
528 pp.






No es propio en la reseña de un libro de más de quinientas páginas llenas de contenido empezar elogiando la portada. De Estambul a El Cairo contiene, además del texto, una pequeña sección con fotografías de extraordinaria calidad, entre las cuales la de la portada destaca y es la mejor introducción a lo que es el libro. La imagen de una mujer kurda, sentada en una silla sobre un suelo de baldosas, en actitud severa, concentrada y digna es el preludio del contenido de un libro rico, singular y apasionante.

“Al pie de la muralla, junto a un puesto ambulante donde venden platillos de habas con caldo que hay que pelar con la boca e impregnar de sal y especias, se levanta la estatua ecuestre del rey Saladino… La capa vuela hacia atrás, su caballo salta por encima de un cruzado y el rey sujeta con la mano izquierda las riendas mientras con la derecha blande la espada con la que atiza a un enemigo. Un fotógrafo sexagenario se pasea a la sombra de la efigie metálica con su vieja cámara Polaroid colgada sobre la corbata de su traje….

[En el bazar] Me fijo en los estantes de las tiendas especializadas en pañuelos y embozos para tapar la cabeza femenina. Decenas de cabezas de maniquíes cortadas por el cuello muestran en línea cómo sientan los últimos modelos, con una variedad tan exhaustiva que una mujer podría cubrirse con un pañuelo distinto durante unas cuanta vidas. Los hay naranjas, rosas, negros, blancos, con bordados, con incrustaciones de cristales, estampados, con flecos.”

No he podido resistirme a reproducir unas líneas de lo que Eduardo del Campo cuenta sobre Damasco. Porque es importante destacar que estamos ante un libro que también es un ‘libro de viajes’. Me explico: se han hecho reseñas y se han escrito comentarios sobre este libro excelente y creo que debieran escribirse muchas más porque lo justifica. Pero el tema del que trata, la región del mundo de la que habla, tiene tanto calado que la problemática y el dramatismo de la situación escala por encima de todo lo demás y sin querer silencia lo que también es este libro: la mirada atenta y sensible sobre ciudades, pueblos y gentes de un viajero que se detiene y que sabe ver las pequeñas cosas de la cotidianidad para llevar de la mano al lector a través de sus descripciones a todos los lugares por los que él pasó.

No debiera sorprender que ello sea así tratándose –como indica el subtítulo del libro- de un ‘diario deviaje’. Se espera que el autor nos cuente lo que ve, nos hable de la gente que encuentra y de lo que siente. E insisto que Eduardo del Campo lo hace con brillantez y de manera exquisita. Lo que ocurre es que hablar de Oriente Próximo y hacerlo con ojos de periodista y con conciencia de la durísima condición en la que viven quienes les ha tocado en suerte esta región del mundo podía haber inclinado el discurso hacia la crónica política o hacia el análisis social y haber apagado esa mirada hacia lo cotidiano que da vida a los relatos de viajes.

Eduardo del Campo escribe un libro que sólo un periodista puede escribir, lleno de referencias a las situaciones que ocupan las páginas de noticias de los periódicos. El lugar se presta a ello y la inmensidad de los acontecimientos que ocurrieron y que saltan en el libro a primer plano son materia que da todo el juego para volver sobre ella en un tono más reposado y más humano que el que permite las limitaciones y la urgencia de un noticiario.

Eduardo del Campo hace en su libro un homenaje a las personas y las cubre de un manto de afecto. No es fácil hacerlo, porque todos tenemos opinión sobre los dramas de los que habla y es difícil evitar la condena frente al cúmulo de barbaridades que ensombrece la historia reciente en tantos lugares de esta región. Turquía y el conflicto de los kurdos –la guerra, más bien- está en el arranque del libro, para seguir por Irak, nada menos, martirizado por una invasión extranjera pero también por la furia de unas comunidades contra otras arrastradas en una corriente que no ofrece soluciones. Siria, con este Damasco magnífico o con la extraordinaria Palmira, pero también sumido en la maraña de despropósitos que ancla el país en la miseria de la falta de libertades y de las formas perversas de la política. Por supuesto el viaje de Eduardo del Campo lo conduce al Líbano y a Palestina y a Jordania … hasta terminar en Egipto.

No ahorra el autor miradas a los problemas. Habla con la gente y pone en contexto, con una información que a los lectores –olvidadizos y confundidos ya por la acumulación de noticias- nos devuelve las coordenadas desde las que recordar los acontecimientos que han ido empedrando el camino de esta complicada e interminable historia.

La guerra del Líbano –las guerras, habría que decir-, Sabra y Chatila, los colonos en Israel, los cohetes de los palestinos sobre Sderot … todo ello encuentra la voz de alguna persona que lo ha vivido y que al contarlo le da al lector una dimensión mucho más real que la que pudo deducir de los periódicos. Y se descubre que no todo es tragedia. Porque en la boca de quienes la viven, la realidad se convierte en vida cotidiana que es, en definitiva, vida.

En medio del desastre también hay humor, en cualquiera de los bandos. Y hay confianza en el presente y cordialidad. El desparpajo con el que un partidario –cristiano- de Hezbollah cuenta su currículum de combatiente, iniciado a los doce años, eso sí con una vida suficientemente ordenada como para darle tiempo a ir a la escuela por la mañana, jugar luego un rato y pegar tiros por la noche con un fusil ruso para defender su casa en la misma línea del frente lleva también a concluir que la vida está llena de ángulos insólitos desde los que mirarla. Y vuelve a poner de relieve el papel ponderado y abierto de Eduardo del Campo para mostrarnos, con prudencia ejemplar, el lado humano de esa serie numerosa de ‘invitados’ que pasan por las páginas de su libro para ilustrarnos de lo que puede ser hoy un viaje entre Estambul y El Cairo.

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domingo 1 de febrero de 2009

Hikayat. Relatos de mujeres libanesas


Roseanne Saad Jalaf, editora
Océano, 2009
264 pp.






Pienso que pocas veces la literatura ha reflejado los cambios sufridos por un país en los últimos años como Hikayat ha hecho refiriéndose al Líbano. Y es que, al centrarse en escritos realizados por mujeres, tira de dos hilos particularmente importantes para mostrar aspectos vitales de la evolución del país.

El primero hace referencia a la reciente historia del propio Líbano. Esa especie de Suiza incrustada en el Mediterráneo oriental, moderna y rica parecía un sueño y sin embargo era real antes de que entrara en un rosario de guerras que iban a destruirla. La prosperidad era un tapón que había detenido el tiempo. Había congelado un equilibrio que parecía estable, resultado de una prodigiosa sabiduría que permitía convivir a gentes de religiones y de comunidades muy diversas pero amparadas por una cultura, que parecía innata, de buena vecindad. Fenicios en el origen, trabajadores, hábiles en el comercio, acostumbrados al manejo del dinero, habían creado una sociedad moderna donde sobresalían grandes y bellos edificios, banqueros y potentados y una plétora de profesionales salidos de la prestigiosa Universidad Americana de Beirut. En resumen, un envidiable remanso de paz y de progreso.

El segundo tiene que ver con las mujeres. Aunque en muchos aspectos liberal, la sociedad libanesa vivió presa de sus tradiciones. Probablemente, como un acto reflejo para la propia supervivencia, las distintas comunidades mantuvieron su fidelidad a las raíces y con ella fijaron el papel de la mujer manteniéndolo en el ideal de las viejas costumbres de dedicación a la familia y de sumisión al varón.

¿Por qué Hikajat habla con tanta profundidad del camino recorrido por la sociedad libanesa en los últimos años? Porque la guerra y la pérdida de la prosperidad dieron un vuelco a todos los órdenes de la vida y abrieron un camino que dio presencia a las mujeres en la literatura. El desplome del Líbano feliz discurrió en paralelo al surgimiento de nuevas voces: voces femeninas.

No es que se abriera el abanico de los escritores y fueran por ello mismo más numerosos quienes desearan expresarse a través de la literatura. Lo que se abrió de repente fue un mundo silenciado y con una sensibilidad particular. Son numerosos los ensayos y teorías sobre la especificidad de la literatura escrita por mujeres. Pero en el caso del Líbano, seguramente, hay que hablar de una situación especialísima debido al colapso entero del país y a la experiencia traumática de una interminable situación de guerra y conflicto. La voz de los hombres estaba más próxima al lenguaje de la guerra. La de las mujeres emergió de forma más innovadora y al proponer un discurso lo hizo desde una posición nueva. Y, hay que decirlo, casi siempre doliente después de tanto sufrimiento.

Hihajat hilvana uno tras otro relatos cortos. Hasta veintiséis. Y por supuesto, son todos distintos. Son distintos en la época en que fueron escritos y en la historia y sensaciones que transmiten.

La época de la que surgen y a la que se refieren es en realidad un lapso de tiempo muy breve. Reciente. Pero es que la historia del Líbano ha estado tan marcada por acontecimientos dramáticos que los antes y los después dejan huellas en los tonos de quienes se expresan y determinan experiencias colectivas que sólo los libaneses reconocen. Además de los acontecimientos y los ritmos que definieron el discurrir de la historia libanesa, hubo generaciones distintas, posiciones políticas, sensibilidades religiosas y circunstancias de vida personales que dieron lugar a visiones diversas y también a expresiones literarias diferentes.

No siempre el relato corto es bien aceptado por los lectores, más acostumbrados a la novela. Pero el caso de Hikayat es un caso especial. El prólogo del libro es aleccionador porque introduce en el entorno de la producción literaria femenina en el Líbano y porque da algunas claves que ayudan a comprender lo que el lector hallará en los relatos que dan contenido al libro.

Experiencias de soledad, de quienes se quedaron en las ciudades desoladas y de quienes tuvieron que huir, relatos de quienes vivieron desde el extranjero el conflicto y sintieron fuera de casa su condición libanesa, narraciones escalofriantes de quienes perdieron la razón y cuentos también –y sorprendentes- de quienes hallaron un sentido en la vida en momentos en los que ningún acto era gratuito y la supervivencia era un ejercicio consciente de voluntad de vivir. 

Todo un abanico de historias y situaciones compone ese mosaico de emociones que dan vida a Hikayat. Una antología de pequeños escritos de mujeres libanesas, no consagradas en la gran literatura, podría no ser más que un trabajo de edición destinado a lectores curiosos. Hikayat es mucho más que eso y, desde luego, es un libro rico en contenido y lleno de interés para cualquier lector. 

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