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domingo 4 de octubre de 2009

Mapa de los sonidos de Tokio


Mapa de los sonidos de Tokio
Isabel Coixet
Tusquets, 2009
119 pp..

En Mapa de los sonidos de Tokio, Coixet, escritora, muestra un Tokio fugaz y duro que llega al lector en forma de thriller y que se desarrolla sin concesiones a lo superfluo de manera magistral. ...


Isabel Coixet
Tusquets, 2009
119 pp.





Tokio. Y un libro. Es Isabel Coixet quien escribe y es un libro porque se compone de páginas de papel sobre las que está impreso el texto.

Pero al lector la sensación de la lectura le resulta nueva y le lleva necesariamente a la conclusión de que está viendo una película.

Mapa de los sonidos de Tokio yo diría que en lo esencial no es un libro. Lo que el lector tiene entre las manos es un relato visual extremadamente poderoso. No hay en él retórica alguna. Todo es preciso y cortante. Lo son las frases, las situaciones, el perfil de los personajes y sus palabras.

Siendo un relato visual, lo material cobra relieve y necesita hacerse explícito. Es lo que desvela el trasfondo de la acción. Se describen los movimientos, se indica la posición de los personajes en la escena. Hay que verbalizar el gesto. No es el sentimiento el que permite deducir ne aspecto de un semblante. La cara o el gesto son los que dibujan los sentimientos. Y son la textura del aire y el color los que construyen la atmósfera. Y, con ellos, el sonido.

Mapa de los sonidos de Tokio es un libro impresionante. Riguroso en la expresión. Minimalista en la forma, (sostenida por el incierto personaje de un narrador), desarrollada en tiempo presente y con frases incisivas y cortas.

La Coixet explica al final el por qué de su libro. Nace, dice, "de mi fascinación por la cultura japonesa contemporánea y por la atmósfera de las novelas de Haruki Murakami y de Banana Yoshimoto, por mi confesa adicción al wasabi y por la vibración casi material que emite la ciudad de Tokio durante la noche: una especie de expectación, misterio, sombra y dulzura que deja una huella imborrable".

Es una pequeña historia de la vida en Tokio lo que aparece en el libro, extraída -casi destilada- del guión de la película que la misma Isabel Coixet ha escrito y dirigido con el mismo título.

Rozando esa vida de Japón que a los occidentales nos parece opaca, apoyada en una trama que se construye sobre indicios, ordenada en una sucesión de escenas cuya levedad las convierte a veces en simples fotogramas, la narración cobra intensidad a medida que avanza y absorbe la atención del lector.

En Mapa de los sonidos de Tokio, Coixet, escritora, muestra un Tokio fugaz y duro que llega al lector en forma de thriller y que se desarrolla sin concesiones a lo superfluo de manera magistral.

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viernes 20 de marzo de 2009

Nieve de primavera

Yukio Mishima
Alianza, 2008
465 pp.








Publicado por María Castellanos

Un cambio radical y, para algunos traumático, es el que se produce en el Japón del siglo XIX con la era meiji. El país, encerrado como ninguno en sólidas tradiciones, abre la puerta a occidente y empieza a asimilar sus costumbres.

Botchan –ver en este mismo blog- constituye un relato jocoso de la vida en Japón cuando se está abriendo a la modernidad. Su autor no es agrio con los nuevos tiempos. Pero ha vivido en Inglaterra y recuerda su estancia entre los ingleses como los peores años de su vida.

La adaptación a los aires que soplan desde occidente no es fácil. Y no es que resulte para muchos incómoda. Es que representa la pérdida de la propia identidad. Es la descomposición de los cimientos sobre los que se sostiene el alma del país y, por consiguiente, se vive como una herida irreparable.

Nieve de Primavera es la novela que da comienzo a la tetralogía El mar de la fertilidad y a la que siguen Caballos desbocados, El Templo del Alba y La corrupción de un Ángel. Este conjunto de cuatro libros es considerado el testamento literario de Yukio Mishima y una fuerte crítica hacia un Japón que a sus ojos decaía y perdía la pureza, al dejar a un lado las costumbres que le eran propias y rendirse a las llegadas de Occidente.

Mishima es el gran referente de la novela japonesa. Lento en el fluir y minuciosamente descriptivo proyecta en su escritura la pausada sutileza que acompaña a toda expresión de cultura según la tradición del país. Tanta sensibilidad y discreción no debe desanimar al lector, que poco a poco cae, él mismo, cautivado por un relato que se sostiene en un mundo de metáforas y referencias simbólicas. Este Japón en vías de extinción se revela en una romántica y poética historia donde el amor se funde con la fatalidad del destino.

La novela se sitúa en el Tokio de 1912, en un medio próximo a la corte nipona donde el joven Kiyoakai, miembro de la noble familia de los Matsugae, vive su adolescencia y ve despertar turbulentos sentimientos hacia la bella Satoko. Sin embargo, Satoko, hija del Conde Ayakura, no parece compartir las inquietudes de su amigo de la infancia. Ante esta situación Kiyoaki se esfuerza por alejarse de la muchacha que continuamente le confunde y perturba, sembrando en él la desconfianza acerca de sus verdaderas intenciones. Cuando, en un arrebato de orgullo, Kiyoaki le hace llegar una carta comunicándole su deseo de no volver a verla, la joven recibe al mismo tiempo, de un destacado miembro de la familia imperial, una propuesta de matrimonio. Kiyoaki, a pesar de sus propósitos, no puede extinguir su amor por Satoko y todos sus esfuerzos se dirigirán a recuperarlo, aún a sabiendas de que su empeño conducirá a ambos hacia la destrucción.

Una corte de personajes acompaña a los dos protagonistas para componer la novela. Junto a ellos encontramos a Honda, el amigo fiel y testigo privilegiado de los acontecimientos de la vida de Kiyoakai, que trata de intervenir para ayudar a los jóvenes pero que pese a sus esfuerzos no logra evitar la destrucción del joven Kiyoakai. Honda finalmente no puede más que convertirse en un observador y es a través de su mirada cómo se vislumbran los hechos.

Aparece también en la novela un nutrido elenco de criados de turbio pasado, familias imperiales con obligaciones políticas, amigos fieles, santuarios y ritos, paseos en carruajes orientales, todo tipo de referencias al destino y sutiles metáforas y figuras simbólicas extraídas de la naturaleza (cerezos, nubes, insectos, alondras…).

La nieve y la primavera, presentes en toda la novela, salpican el relato y forman parte de este universo de símbolos con el que Mishima alude a la decadencia de su país: la nieve como representante de la pureza que sólo puede ser alcanzada a través del primer amor, de un amor adolescente que nace como la primavera, frágil y fugaz y por ello mismo irrepetible.

Nieve de Primavera traza el camino que conduce de la vida a la muerte. Una muerte por amor que preceden y que preparan los cambios del espíritu. El rapidísimo salto que da Japón para convertirse en el paradigma de la modernidad tiene en Nieve de Primavera la lectura dramática de quien contempla todo lo que se deja atrás y no siente pasión alguna por lo que viene. De quien se aferra a la riquísima cultura que desde tiempos ancestrales ha presidido todos los órdenes de la vida con tanta intensidad y que la venera con devoción y deleite.

Mishima llora el Japón que declina, pero el Japón de hoy sigue recibiendo de sus viejas tradiciones muchos de los rasgos que conforman su carácter. Por eso Nieve de primavera no sólo atraerá a los amantes de la novela sino a todos cuantos deseen acercarse al complejo país que es el Japón actual, tan opaco e incompresible al extranjero cuando desconoce sus profundas raíces.

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viernes 27 de febrero de 2009

Ni de Eva ni de Adán

Amélie Nothomb
Anagrama, 2009
173 pp.
 






Nos tiene acostumbrados Amélie Nothomb a la osadía con que se expresa, que no es otra cosa que el reflejo de la osadía con que ella misma vive. En la estela de otros libros de la misma autora, Ni de Eva ni de Adán vuelve a ser una novela (¿?) autobiográfica. Ya sé que la definición es contradictoria. Pero quizás es más aceptable esta contradicción si se considera que la energía con que afirma su personalidad crea circunstancias, situaciones y hechos que rozan la ficción y generan una realidad tan particular que la sitúan continuamente al borde del territorio de lo inventado. Pura novela.

Amélie Nothomb lleva Japón en sus venas. Y Bélgica, el país que figura en su pasaporte, también. De sus cinco primeros años en Japón nos habló en Geografía del hambre. Hija de diplomático, allí aprendió hablar en japonés, creció rodeada de su aya y de las personas del lugar que atendían el servicio de su casa y fue al colegio como una niña más. ¿Cómo una niña más? Bueno, tampoco es eso, porque en medio de una atmósfera japonesa, por un lado, y belga, por otro, ya apuntaba las maneras de independiente radical que iban a ser las que encontramos ahora en Ni de Eva ni de Adán.

Amélie, después de haber recorrido medio mundo, siguiendo de un país a otro a su padre embajador o movida por las vicisitudes de sus estudios, regresa a Tokio. Quiere recuperar sus raíces y también el idioma que aprendió. Y quiere, sobre todo, satisfacer el placer y la admiración inmensos que siente por todo lo japonés.

Casi todo en Amélie Nothomb es impulso libérrimo y vital. De ahí que lo que cuenta resulte divertido, insólito y jugosamente exagerado a lo largo del relato. En muchos momentos de la lectura se pregunta uno cómo se puede escribir con la frescura con que lo hace Amélie Nothomb cuando está inspirada. El desparpajo con que maneja las ideas, la libertad –vitalmente ácrata- con que utiliza el lenguaje, las situaciones que cuenta y que crea construyen una narración brillante y divertida, próxima a la risa.

Todo ello para hablarnos de Japón: del Japón que ella encuentra que es el de Rinri, el alumno de francés que descubre a través de un anuncio y al que ella va a dar clases. Y con el que irá desarrollando una relación que enseguida pasa a mayores.

Pequeños episodios, descubren a Rinri y a Japón. Y descubren a esta japonesa de adopción que es Amélie Nothomb, girando en una órbita siempre excéntrica respecto a una realidad excéntrica para cualquier occidental como es la japonesa.
La comida, los abuelos de Rinri y sus padres, los paseos por el parque, la ascensión a un monte tan sagrado como es el Fuji entre muchos otros episodios van desgranando indicios sobre la vida en Japón, siempre matizados por la ironía y el humor inconformista que componen las esencias de la autora. Un aroma cómico envuelve el libro entero y empuja al lector a terminarlo. 

Pero el humor no oculta las reflexiones que hace la Amélie Nothomb, ni suaviza la mirada perspicaz con que se acerca a cuanto le rodea. Amélie Nothomb es especialmente afortunada cuando habla de sí misma. Será porque conoce bien su vida y probablemente también porque ella misma se sorprende de sus propias ocurrencias y las sabe explotar a favor del lector en forma de relato. Ni de Eva ni de Adán se lee deprisa y con gusto. Es un divertimento por el que merece la pena dejarse seducir.

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martes 18 de noviembre de 2008

Botchan


Natsume Soseki
Impedimenta, 2008
238 pp.





Botchan es un clásico en Japón. Es uno de esos libros que todo el mundo conoce y que los chicos han leído en la escuela o en casa de manera general. Ha sido una referencia, como libro entretenido y jocoso, para varias generaciones.

Se escribió Botchan en el momento justo en que empieza el siglo XX. Japón hace muy poco ha iniciado una transformación rotunda al abrirse hacia occidente. Sigue siendo un país de tradiciones y de cultura muy distintas de las europeas, pero el fin del período Edo marca, además de la liquidación del régimen feudal, el principio de un interés por el mundo exterior que tiene a Inglaterra y a Estados Unidos como referentes.

Natsume Soseki, el autor de Botchan, va a Londres para conocer de primera mano lo que ocurre en Europa. Su propia historia da pistas del país en el que transcurre la historia de Botchan. Su familia procede de viejos samurais venidos a menos que lo entregan en adopción a unos sirvientes. Esta familia que entrega al hijo se ocupa, sin embargo, de que estudie. Pasado el tiempo y con más de treinta años, después de haber ejercido de profesor en escuelas modestas, Soseki consigue una beca para marcharse a Londres donde, confiesa, vive los años más tristes de su vida.

Botchan se publica por entregas en un periódico y es un rotundo éxito. Trata de un joven estudiante, Botchan, que termina su carrera y encuentra trabajo como profesor en un instituto perdido en alguna de las numerosas islas que componen Japón. La experiencia de Soseki, que ha vivido la misma trayectoria, se refleja en el libro, pero el secreto del éxito de Botchan no está tanto en las circunstancias y hechos que narra, como en la curiosa personalidad del protagonista, imprevisible, ilógica y casi siempre con alguna componente que a quien lee le parece fuera de lugar.

El lector esperaría de Botchan un joven maduro en el momento en que se incorpora a las tareas de profesor: sensible al entorno, previsor, prudente… En lugar de eso, Botchan es un joven disparatado, aunque no vacío. Se guía por un alto sentido de lo que considera los principios morales. La verdad, el deber, el respeto, la fidelidad son para él imperativos a los que no renuncia. Pero la vida lo enfrenta a situaciones en que lo trivial e incluso lo miserable se entremezclan con ese mundo de elevados valores con el resultado de situaciones de esperpento.

Botchan causa estupor y risa. Pero también lástima como sujeto de ingenuidad extrema sometido a las intrigas del mundo real. Porque a las débiles armas de que dispone nuestro héroe para manejarse a sí mismo en un mundo que lo desborda se añade la maldad del entorno, reflejada en las luchas de intereses y en las inquinas poco confesables que mueven a los perros viejos que son los colegas del instituto.

El libro empieza poniendo el foco de la acción sobre Botchan que se va dibujando como personaje centrado en su propia realidad, lo que equivale a decir descentrado con respecto a la realidad que le rodea. Pero a medida que avanza, el relato se abre y lo que aparece es un Botchan empujado por el oleaje, para él incomprensible, que levantan quienes le rodean, todos más maliciosos que él.

Tal vez la mejor descripción de Botchan la hace el traductor, José Pazó, en la introducción del libro. Dice que Botchan es como Forrest Gump. Y salvando las distancias es probablemente la comparación más ajustada al personaje.

A pesar de lo que dicen numerosos comentarios sobre el libro, no creo que hoy sea Botchan una lectura recomendable para los chicos. Quienes nacieron en una cultura televisiva difícilmente encontrarán seductor al personaje de Botchan ni a la historia que se teje alrededor suyo. Pero en cambio, al lector más sosegado, a quien desee leer entre líneas, a quien tenga el humor de desentrañar todo cuanto hay detrás de este personaje quijotesco y de la sociedad que hace posible que exista, el libro le parecerá divertido, lleno de interés y un buen reflejo del mundo en el que la acción transcurre.


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