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viernes 22 de mayo de 2009

Ven y dime cómo vives


Agatha Christie
Tusquets, 2008
272 pp.





Publicado por Ignacio Jáuregui

Agatha Christie cuenta de sus viajes a Siria e Irak siguiendo las investigaciones arqueológicas que en el momento se llevaban a cabo.

Cuando, tras un primer matrimonio bastante infeliz, la escritora se casó con el arqueólogo Mallowan, ya era una talludita dama victoriana; también era una mujer que sabía lo que vale un minuto de felicidad: cuando su marido decidió marcharse a excavar colinas en Babilonia no dudó ni un segundo en acompañarlo. "Ven y dime cómo vives" es el relato discontinuo de esos años de expediciones arqueológicas, y uno de los libros más llenos de amor por la vida que me ha sido dado leer.

El título reproduce la pregunta que le hacían, a cada retorno, las amigas que la invitaban a tomar el té en al esperanza de encontrarla agotada, ojerosa y con síntomas de disentería, y veían aparecer por el contrario a una mujer encantada de la vida, rozagante y tan cargada de historias divertidas (inolvidable el relato de las compras en Harrod’s, la contradicción insoluble entre tallas grandes y romanticismo; el desdén milenario –bah, rumi- con que los zapadores locales echaban a un lado las piezas de los romanos, esos recién llegados; o la obra de arte imprevisible en que convertía su criado favorito la mesa del desayuno cada mañana –hoy sólo cuchillos, mañana todos los platos apilados en el centro) como ansiosa por volver al país de sus alegrías a recopilar otras tantas.

Como escritora, la señora Christie alcanza aquí su nivel más alto; libre de las tramas cuadradas y del consabido juego de pistas falsas y piruetas deductivas, la pluma se hace más selectiva e impresionista, más ágil. No sabe uno qué disfrutar más, si la capacidad de calar a las personas de un primer vistazo –aquí aparece inevitablemente Miss Marple, a quien nadie pillaba de nuevas porque en St. Mary Mead siempre había alguien parecido-, la de describirlas con un rápido golpe de pluma, o la habilidad para seleccionar los detalles de manera que al final tres años de actividad caben en un librito manejable sin que echemos nada a faltar.

Pero el disfrute que extraemos del libro es más humano que literario: la autora es una mujer extraordinariamente alegre y animada, uno de esos seres que hacen la vida fácil sin abnegación ni sacrificio, simplemente encontrando razones de disfrute siempre que razonablemente se puede y apechugando sin aspavientos con las malas faenas que nunca se nos ahorran. Además, ama profundamente esa vida y esas tierras, y consigue transmitirlo en cada frase. Cuando cerramos el libro nos domina la nostalgia hipotética de no haber tenido una tía como ella. Dejémosle la palabra:

"Escribir estas sencillas notas no ha sido una tarea, sino un parto de amor. No es una evasión hacia lo que fue, sino la contribución, en medio de las durezas y pesares actuales, de algo imperecedero que no sólo tuvimos, sino que todavía tenemos.

Amo ese generoso y fértil país y a sus gentes sencillas, que saben reir y gozar de la vida, que son ociosas y alegres, que tienen dignidad, educación y un gran sentido del humor, y para quienes la muerte no es terrible.

Inshallah, volveré, y las cosas que amo no habrán perecido en esta tierra… "

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lunes 11 de mayo de 2009

De Estambul a El Cairo. Diario de viaje por un Oriente roto


Eduardo del Campo
(Fotografías de Ricardo Venturi)
Almuzara, 2009
528 pp.






No es propio en la reseña de un libro de más de quinientas páginas llenas de contenido empezar elogiando la portada. De Estambul a El Cairo contiene, además del texto, una pequeña sección con fotografías de extraordinaria calidad, entre las cuales la de la portada destaca y es la mejor introducción a lo que es el libro. La imagen de una mujer kurda, sentada en una silla sobre un suelo de baldosas, en actitud severa, concentrada y digna es el preludio del contenido de un libro rico, singular y apasionante.

“Al pie de la muralla, junto a un puesto ambulante donde venden platillos de habas con caldo que hay que pelar con la boca e impregnar de sal y especias, se levanta la estatua ecuestre del rey Saladino… La capa vuela hacia atrás, su caballo salta por encima de un cruzado y el rey sujeta con la mano izquierda las riendas mientras con la derecha blande la espada con la que atiza a un enemigo. Un fotógrafo sexagenario se pasea a la sombra de la efigie metálica con su vieja cámara Polaroid colgada sobre la corbata de su traje….

[En el bazar] Me fijo en los estantes de las tiendas especializadas en pañuelos y embozos para tapar la cabeza femenina. Decenas de cabezas de maniquíes cortadas por el cuello muestran en línea cómo sientan los últimos modelos, con una variedad tan exhaustiva que una mujer podría cubrirse con un pañuelo distinto durante unas cuanta vidas. Los hay naranjas, rosas, negros, blancos, con bordados, con incrustaciones de cristales, estampados, con flecos.”

No he podido resistirme a reproducir unas líneas de lo que Eduardo del Campo cuenta sobre Damasco. Porque es importante destacar que estamos ante un libro que también es un ‘libro de viajes’. Me explico: se han hecho reseñas y se han escrito comentarios sobre este libro excelente y creo que debieran escribirse muchas más porque lo justifica. Pero el tema del que trata, la región del mundo de la que habla, tiene tanto calado que la problemática y el dramatismo de la situación escala por encima de todo lo demás y sin querer silencia lo que también es este libro: la mirada atenta y sensible sobre ciudades, pueblos y gentes de un viajero que se detiene y que sabe ver las pequeñas cosas de la cotidianidad para llevar de la mano al lector a través de sus descripciones a todos los lugares por los que él pasó.

No debiera sorprender que ello sea así tratándose –como indica el subtítulo del libro- de un ‘diario deviaje’. Se espera que el autor nos cuente lo que ve, nos hable de la gente que encuentra y de lo que siente. E insisto que Eduardo del Campo lo hace con brillantez y de manera exquisita. Lo que ocurre es que hablar de Oriente Próximo y hacerlo con ojos de periodista y con conciencia de la durísima condición en la que viven quienes les ha tocado en suerte esta región del mundo podía haber inclinado el discurso hacia la crónica política o hacia el análisis social y haber apagado esa mirada hacia lo cotidiano que da vida a los relatos de viajes.

Eduardo del Campo escribe un libro que sólo un periodista puede escribir, lleno de referencias a las situaciones que ocupan las páginas de noticias de los periódicos. El lugar se presta a ello y la inmensidad de los acontecimientos que ocurrieron y que saltan en el libro a primer plano son materia que da todo el juego para volver sobre ella en un tono más reposado y más humano que el que permite las limitaciones y la urgencia de un noticiario.

Eduardo del Campo hace en su libro un homenaje a las personas y las cubre de un manto de afecto. No es fácil hacerlo, porque todos tenemos opinión sobre los dramas de los que habla y es difícil evitar la condena frente al cúmulo de barbaridades que ensombrece la historia reciente en tantos lugares de esta región. Turquía y el conflicto de los kurdos –la guerra, más bien- está en el arranque del libro, para seguir por Irak, nada menos, martirizado por una invasión extranjera pero también por la furia de unas comunidades contra otras arrastradas en una corriente que no ofrece soluciones. Siria, con este Damasco magnífico o con la extraordinaria Palmira, pero también sumido en la maraña de despropósitos que ancla el país en la miseria de la falta de libertades y de las formas perversas de la política. Por supuesto el viaje de Eduardo del Campo lo conduce al Líbano y a Palestina y a Jordania … hasta terminar en Egipto.

No ahorra el autor miradas a los problemas. Habla con la gente y pone en contexto, con una información que a los lectores –olvidadizos y confundidos ya por la acumulación de noticias- nos devuelve las coordenadas desde las que recordar los acontecimientos que han ido empedrando el camino de esta complicada e interminable historia.

La guerra del Líbano –las guerras, habría que decir-, Sabra y Chatila, los colonos en Israel, los cohetes de los palestinos sobre Sderot … todo ello encuentra la voz de alguna persona que lo ha vivido y que al contarlo le da al lector una dimensión mucho más real que la que pudo deducir de los periódicos. Y se descubre que no todo es tragedia. Porque en la boca de quienes la viven, la realidad se convierte en vida cotidiana que es, en definitiva, vida.

En medio del desastre también hay humor, en cualquiera de los bandos. Y hay confianza en el presente y cordialidad. El desparpajo con el que un partidario –cristiano- de Hezbollah cuenta su currículum de combatiente, iniciado a los doce años, eso sí con una vida suficientemente ordenada como para darle tiempo a ir a la escuela por la mañana, jugar luego un rato y pegar tiros por la noche con un fusil ruso para defender su casa en la misma línea del frente lleva también a concluir que la vida está llena de ángulos insólitos desde los que mirarla. Y vuelve a poner de relieve el papel ponderado y abierto de Eduardo del Campo para mostrarnos, con prudencia ejemplar, el lado humano de esa serie numerosa de ‘invitados’ que pasan por las páginas de su libro para ilustrarnos de lo que puede ser hoy un viaje entre Estambul y El Cairo.

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viernes 2 de enero de 2009

Vida imperial en la Ciudad Esmeralda. Dentro de la Zona Verde de Bagdad


Rajiv Chandrasekaran
RBA, 2008
366 pp.






¡Esto sí que es un viaje! Y pido de antemano excusas por la ligereza de mi comentario.

La primera pregunta a hacerse es si es éste un libro asimilable a la literatura de viajes. Creo que la respuesta es que sí, aunque quizás requiera una explicación. Pocos viajeros se acercan hoy a una agencia de viajes a reservar un vuelo hacia Bagdad. De acuerdo con ello, casi nada que tenga que ver con esta ciudad o con Irak entraría en el género literario del que hablamos. Además, es éste un libro con un fondo político indudable que también parece alejarlo del tema.

Pero dicho esto, la realidad es que el Irak de esta inmediata posguerra que debía haber sido una etapa muy provisional se alarga trágicamente y lo que pudiera parecer una situación dramática pero de corta duración ha acabado por instalarse y modelar el país entero de tal forma que sus efectos serán por mucho tiempo los que condicionarán la vida cotidiana y muchos de los rasgos sobre los que acabará por reconstruirse el país.

Quizás la pregunta sea ¿hay que hablar de Irak? Y la respuesta para todos aquellos a quienes interese hacerse una idea de cómo es el mundo en el que viven es, evidentemente, sí.

Deseo empezar diciendo que Vida imperial en la Ciudad Esmeralda es un libro tan ameno como aleccionador. Se lee con facilidad, a veces con una sonrisa que nace de lo que, salvando su aspecto trágico, raya en un montón de ocasiones el disparate, y siempre con la sensación de asistir casi desde primera fila a unos hechos conocidos pero de los que el lector de periódicos desconoce muchas claves. Estamos pues ante un libro ‘iluminador’ de unos hechos recientes –si no vivamente actuales- tan oscurecidos por la falta de información como por las noticias interesadas lanzadas por gobiernos, instituciones y medios de comunicación. Con este libro, una voz autorizada y fuera de los registros habituales aporta una visión clarificadora, independiente y en muchos aspectos, también, demoledora.

¿De qué trata el libro? Básicamente de cómo se preparó la reconstrucción de Irak inmediatamente después de la intervención puramente militar para hacer del país una democracia moderna, económicamente exitosa y ejemplar para los países de su entorno.

Pocos propósitos podrían haber concitado mayor acuerdo e incluso elogio que un objetivo tan bien intencionado. Y sin embargo nada funcionó. Desde el principio parece claro que los medios no son los apropiados para una tarea tan necesaria como razonable. Y no lo son porque la realidad es mucho más compleja que los buenos propósitos. Y porque una intervención militar es una obra de una envergadura tal que condiciona y supedita cualquier otra operación por bien intencionada que sea.

Vida imperial en la Ciudad Esmeralda es un inventario de tropiezos y de errores en la interpretación de la realidad explicados con detalle hasta el punto de ridiculizar la actuación del gobierno norteamericano hasta el extremo. Lo que hubiera debido ser, por su trascendencia militar, política, histórica… una acción en manos de expertos, ejecutada a la perfección, se convierte en una sucesión de despropósitos donde brilla el desconocimiento, la falta de experiencia, la insuficiente planificación y el error en las apreciaciones sobre la realidad y en las decisiones que siguieron a estas.

Pocas cosas se hicieron a derechas. Y es que poco podía hacerse cuando el Pentágono tenía en escasa o ninguna estima las posiciones del Departamento de Estado, y cuando el Departamento de Estado trataba de evitar que la CIA impusiera unos objetivos de los que desconfiaba radicalmente, y cuando la Casa Blanca dejaba sin dirección a quienes debían tomar decisiones a la espera que los acontecimientos dieran la razón a unos o a otros, y cuando los hombres destacados sobre el terreno –en esa Ciudad Esmeralda con que se bautizaba a la bunkerizada Zona Verde- vivían alejados de la realidad que los rodeaba en medio de las diferencias entre los superiores y entre las instituciones.

Ejemplar y, por qué no decirlo, divertida, Vida imperial en la Ciudad Esmeralda resulta una verdadera lección de lo que no debía haber sido. Y abre un interesantísimo ángulo de visión sobre el Irak del presente y del futuro. Aunque el foco se centra en la Administración norteamericana del Irak ocupado, habla también, como no podía ser de otro modo, de la realidad del país, de sus políticos, de su capacidad o de su idoneidad para sobreponerse al terrible trauma de la intervención militar y para construir un país viable. Y entre medio del lío que crea la situación, habla también de la población de trabajadores, de funcionarios, de militares, de antiguos militantes en las organizaciones del régimen caído y de la dificultad de todos ellos de reencontrar un lugar donde agarrarse en medio de una situación degradada hasta el extremo, anárquica, insegura y presidida por la desesperanza.

Vida imperial en la Ciudad Esmeralda no es un libro cualquiera. Con soltura y con desenfado es un repaso –entiéndase en todos los sentidos- a la gestión de la guerra y de la posguerra por parte del que se supone el país mejor preparado del mundo. Y es también el relato de cómo han convivido dos realidades –la de la ‘ciudad imperial’ de la Zona Verde y la del Bagdad real a extramuros de la anterior- despegadas una de la otra pero obligadas a encontrarse en algún momento para hacer de Bagdad la ciudad espléndida que debiera ser.


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