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martes 20 de abril de 2010

El faro de los libros


El faro de los libros
Aravind Adiga
Miscelánea, 2010
350 pp.

El faro de los libros vuelve a ser, en algunos aspectos, un libro divertido, ocurrente y transgresor. De nuevo Arabind Adiga se muestra aquí tan atrevido como en Tigre blanco y tan ingenioso a la hora de idear situaciones y personajes....


Aravind Adiga
Miscelánea, 2010
350 pp.





La India resulta una mezcla en la que todo es posible. Seguramente contribuye a ello esta insólita religión milenaria que no fue fundada por un enviado de Dios o por profeta alguno, que a falta de una autoridad que dicte la ortodoxia ha estallado en tantos matices, prácticas y devociones como practicantes tiene y que acaba por ver a Dios en todas partes y a todo –lo mejor y lo peor- como expresión de la divinidad suprema y como una pieza insustituible y respetable entre todas las que conforman el universo.

Anticipo esto para introducir El faro de los libros, la segunda entrega de Aravind Adiga que nos regaló con un buen número de sonrisas y a veces carcajadas con la lectura de Tigre blanco.

El faro de los libros refleja el microcosmos de una pequeña ciudad del sur de la India, a orillas del mar Arábigo, donde arraigaron los cristianos, algunos dicen que convertidos por el mismísimo Santo Tomás primero y por los portugueses después, convivieron con los hindúes y con los musulmanes y dieron lugar a una mezcla que explica muchas de las particularidades de esta región de la India y, por extensión, del país entero.

El faro de los libros vuelve a ser, en algunos aspectos, un libro divertido, ocurrente y transgresor. De nuevo Aravind Adiga se muestra aquí tan atrevido como en Tigre blanco y tan ingenioso a la hora de idear situaciones y personajes. Pero a medida que avanza la lectura, se hace patente el desánimo y la desesperanza de una inmensa población a cuyas espaldas recae el peso de la miseria, de la falta de futuro y de la desesperanza.

Los disparates se mezclan ahora con las diversas expresiones de la desgracia y las barbaridades se matizan por la necesidad de sobrevivir a la contrariedad y de sacar fuerzas de flaqueza un día tras otro.

Ahora no hay sólo chanza en el tono de Aravind Adiga, hay también compasión. Hay un tono benevolente que tiene que ver con el sentimiento de hermandad y con la tolerancia que está en las raíces místicas de la India y que el autor manifiesta en la comprensión con que son tratados los personajes, buenos –algunos- y menos buenos –muchos más- , la justicia –poca- y la injusticia –generalizada-, las virtudes y los defectos. Todos son parte del mismo universo, opresivo y sin salidas para los desheredados, y todos, de la casta, de la religión o de la condición que sea, componen el entramado complejo de esta pequeña ciudad donde nadie es del todo inocente.

Tolerancia, compasión y humor, sobre todo, en la primera parte del libro. Humor que entona la visión de esa pequeña ciudad, que bien podría representar toda la India, que relativiza las cosas y que coloca al descreído autor del libro en situación de hacer incursiones por cuantos disparates se le ocurren: los funcionarios corruptos, el ridículo de la escuela de los jesuitas, los borrachos musulmanes, los hijos de familias pudientes, los bandidos hindúes, los charlatanes …

Todos transitan por un libro de apariencia inocente, que incluso en la forma se desmarca de la narración habitual. Aparentando a instalarse en la máxima objetividad, recurre al juego teatral del construir con detalle el escenario donde se desarrolla la historia, describiendo con minuciosidad los barrios de la ciudad –por supuesto, ficticia-, las calles, los monumentos y las situaciones que envuelven a los distintos episodios, del mismo modo que lo haría un guionista o un dramaturgo antes de sacar a escena los personajes de su obra. Y sobre este despliegue de decorados propone, a modo de cuentos, una sucesión de historias en cuyo final predomina el sabor amargo y resuena en los oídos del lector ese mensaje, propio también de mucha de la novela picaresca, que afirma que la bondad se ve siempre y sistemáticamente defraudada.

La India del sur, con sus particularidades, nos llega a modo de caricatura de la mano Aravind Adiga con El faro de los libros. Quien quiera conocerla –aunque no sea una India del todo real- y pasar sin duda un buen rato de sabores agridulces no debiera perderse su lectura.

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martes 16 de marzo de 2010

Mitos mágicos de la India


Mitos mágicos de la India
Anita Nair
Duomo, 2009
200 pp.

Si la mitología acostumbra a ser complicada, cuando se trata del exuberante panteón de las divinidades indias desborda el cauce del entendimiento de los no expertos y se convierte en una selva de nombres y de personajes poco menos que inabarcable....


Anita Nair
Duomo, 2009
200 pp.





“Una noche, Aruna, diosa del amanecer y madre de Surya, dios del sol, se despertó en su cama agitada y sudando. Había escuchado una voz susurrándole que, si no tenía cuidado, su hijo la abandonaría y se iría en busca de lejanos horizontes. Si eso llegaba a suceder, el universo quedaría para siempre sumido en la oscuridad.”

Si la mitología acostumbra a ser complicada, cuando se trata del exuberante panteón de las divinidades indias desborda el cauce del entendimiento de los no expertos y se convierte en una selva de nombres y de personajes poco menos que inabarcable.

Pero con Mitos mágicos de la India no estamos ante un libro para expertos. La incursión que ha hecho Anita Nair, que abandona esta vez el mundo de la novela, parece dirigida a los niños porque en realidad lo que escribe son cuentos. Cuentos que narran la vida y las anécdotas que rodean a los dioses y que beben de la tradición, en forma de pequeños relatos tal como eran transmitidos de generación en generación y en el tono en que hicieron familiares los mitos ancestrales a la población de hoy.

Mitos mágicos de la India es un abanico que va desplegando, leyenda a leyenda, historia a historia, un fresco donde aparecen los nombres principales de ese Olimpo que en la India se deja ver en esculturas y pinturas de los templos, en las imágenes de los libros o en las ceremonias religiosas siempre difíciles de situar y comprender. Porque mucho más que en la mitología griega, en la india a los dioses se unen infinidad de avatares que los personifican y multiplican su apariencia, sus propiedades y su historial para hacerlos mas complejos y confusos a los ojos de quienes no se acercaron a sus vidas y conocieron sus elaboradas trayectorias.

Anita Nair regresa a su infancia pero se documenta también y recurre a sus maestros para retomar el relato de la tradición. Con Mitos mágicos de la India consigue, en un tono ameno y poético, introducirnos en el mundo de los dioses, en el de sus aventuras, en el de su relación con los hombres. Nos los acerca y con ello los humaniza y los vuelve comprensibles, a la vez que destaca también también sus excesos, su violencia y su crueldad marcando así la distancia que los separa de los hombres y los eleva al nivel de la divinidad.

Afecto, generosidad, fidelidad, astucia, engaño, fuerza, sangre… son virtudes, atributos y signos del inabarcable poder de los dioses. Son las armas mediante las cuales despliegan su bondad y también las herramientas con las que luchan para preservar su lugar y mantener el orden superior que sostiene al universo.

Son muchos los libros que tratan de las divinidades indias y que ayudan –a los humanos, sobre todo a los de Occidente- a poner en orden esa complicada existencia de la que tenemos noticia a través de los textos sagrados y de las tradiciones populares. Mitos mágicos de la India es una contribución singular a este deseo de entendimiento. Y es una excelente lectura que ilumina este mundo cargado de vitalidad y lleno de imaginación en el que se sostienen las creencias más arraigadas de una gran parte de la población de la India.

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domingo 24 de enero de 2010

India, primera mirada. Cuadernos del paseante invisible


India, primera mirada
Ignacio Jáuregui Real
Edita Ignacio Jáuregui, 2009
239 pp.

Para el visitante occidental la India es abrumadora. Lo es la vida que se despliega en las calles de ciudades y pueblos, lo son los dioses y los lugares sagrados cuya presencia aparece en todas partes, lo es la arquitectura de monumentos y de templos...


Ignacio Jáuregui Real
Edita Ignacio Jáuregui, 2009
239 pp.






Para el visitante occidental la India es abrumadora. Lo es la vida que se despliega en las calles de ciudades y pueblos, lo son los dioses y los lugares sagrados cuya presencia aparece en todas partes, lo es la arquitectura de monumentos y de templos. Y es de alguna manera abrumadora también la sensación que tiene el forastero de no entender casi nada de lo que ve: la evidencia de que le faltan demasiadas claves para formarse juicio, acostumbrado como está a viajar opinando, comparando y comprendiendo todo cuanto ocurre ante sus ojos allí donde va.

La entrada a un templo pone a prueba la sensibilidad del visitante. Las líneas de las perspectivas nada que ver tienen con las que está acostumbrado a encontrar en otros edificios que conoce próximos a su cultura. Pilares y columnas ritman el vacío con una sensibilidad desconocida y las aberturas al exterior crean manchas de luz y sombras que modulan la continuidad del espacio y le dan vida. Los techos, planos, desaparecen en el encuentro con pasos que se abren en otras direcciones y dejan un lugar a cúpulas poligonales que juegan con diversas alturas y también con proyecciones distintas de la luz. Menos el suelo, las superficies de la construcción se pueblan de figuras divinas, se supone, aunque quien no sea experto tendrá la tentación de pensar que son profanas por sus formas o por los personajes de apariencia poco espiritual que representan.

¿Cómo encaja esta India sensual y excesiva, incluso en los lugares más sagrados, con la de la renuncia y el desapego hacia la materia? ¿Cómo distinguir lo que es repetición de cánones una y otra vez materializados de lo que es arte y sutileza? ¿Cómo definir a artesanos y a reyes que mantuvieron lo que pueden ser formas de expresión sublimes hasta épocas en las que el mundo ha avanzado tanto que las ha dejado atrás como residuos propios de un plagio?

Todas estas reflexiones vienen a cuento y las suscita este libro que no dudo en calificar de extraordinario. Un libro singular y agraciado desde todos los puntos de vista. Humilde porque es un ‘gran formato’ en tamaño casi de bolsillo pero espléndido en la edición y en el concepto.

Lo escribe Ignacio Jáuregui. Y lo hace en un tono poético, y pausado, personal, reflexivo y resultado de una mirada penetrante y ávida. Sé que decir de un libro que está escrito en un tono poético no es hacerle un favor. Y por eso mismo al resaltarlo quiero advertir que se trata de una virtud y no de un defecto. Como rasgo muy destacado hay que decir que Ignacio Jáuregui es arquitecto. Un arquitecto al que le gusta mirar y que dispone de un modo de componer la mirada que la hace a la vez analítica y ordenada. Sin duda aprendió el método en la escuela y en su oficio después de familiarizarse con los espacios y de haberse ejercitado en entenderlos en todas sus partes, en las relaciones entre ellas, con el paisaje, con las gentes, con la historia, con quienes los crearon, con los significados que el tiempo les ha dado...

Tal como anuncia Ignacio Jáuregui el suyo es el papel del paseante. De quien se detiene ante lo que ve y lo degusta. Y al buscar su sabor y sus aromas imagina cómo debió ser todo aquello tiempo atrás, por qué es como es y no de otra forma, cómo son y cómo lo ven las personas que lo rodean y que componen su entorno.

Cuando he adelantado que, en un tamaño casi de bolsillo, estamos en realidad ante un libro de gran formato no he hablado de la edición ni de las fotografías que acompañan al texto. El autor se ha lanzado a editor y se ha ocupado de conseguir una maquetación de exquisito gusto. Las fotografías son numerosas y cuidadosamente elegidas. Fotos de perfiles precisos a veces, desdibujadas muchas más por el efecto de veladuras, de colores sutiles siempre y motivos y composiciones sabiamente encontrados. Son del propio autor. Rozan la perfección a pesar de que la calidad de la impresión quede por debajo del estándar al que nos han acostumbrado los libros ilustrados. No importa. Son un prodigio de sutileza. Y dialogan con el texto porque, en lugar de adorno, representan aquello de lo que la narración habla y permiten al lector comprender la cuidadosa descripción del viajero que desgrana los detalles de cuanto ve, que es lo mismo que está viendo el lector a través de la imagen.

India, primera mirada, es un libro extraordinario. No habría que perderse la ocasión de disfrutarlo. Es, como el subtítulo indica, la reflexión de quien se satura de todo cuanto le rodea y en su pretensión de convertirse en ‘paseante invisible’ desea ser cualquier cosa menos protagonista. Y sin embargo su voz y su penetrante mirada lo convierten en personaje principal y en el guía que lleva de la mano al lector a través de un amplio recorrido por esta India opaca e incomprensible en tantos aspectos y, sin embargo, tan seductora y tan apasionante.

Más información: Ver entrevista al autor en Periodista digital.

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domingo 3 de enero de 2010

Ravana y Eddie


Ravana y Eddie
Kiran Nagarkar
Galaxia Gutenberg, 2009
354 pp.

Si la salud de un país viniera determinada por el humor con el que escriben sus autores habría que concluir que la India está rebosante de vida y de energía. Y a lo mejor es verdad....


Kiran Nagarkar
Galaxia Gutenberg, 2009
354 pp.





Si la salud de un país viniera determinada por el humor con el que escriben sus autores habría que concluir que la India está rebosante de vida y de energía. Y a lo mejor es verdad.

No sé si lo de la salud resulta exagerado, pero sin duda es un signo de inteligencia afrontar la realidad elevándose del suelo más banal y usando el ingenio para referirse a ella de forma desenfadada y libre. Y seguramente, el humor es un buen instrumento también para abordar situaciones complicadas y dar aire a lo que de otro modo sería un universo agobiante y sin perspectivas.

Ravana y Eddie cuenta la historia de dos chavales, que puede ser una entre miles de las que se dibujan en la vida cotidiana de la India. Ravana es de familia hindú. Eddie de familia católica, de vieja raíz portuguesa. Ambos viven en Bombay en uno de esos antiguos y enormes edificios, convertidos en colmenas donde se amontonan familias modestísimas, que deben hacer milagros para malvivir.

Kiran Nagarkar, el autor, pensó inicialmente en un texto para el guión de una película que podía haber resultado una versión distinta de Slumdog millionaire, seguramente en un entorno menos miserable y con escenas aún más esperpénticas. Pero la cosa terminó en libro y el resultado es beneficioso porque deja al lector construir con su imaginación los decorados y las situaciones y acomodarse a los disparates que se suceden a lo largo de las páginas. No hace falta decir que Ravana y Eddie es un libro de humor sobre una situación dramática. Y, por supuesto, el drama aflora con intensidad de vez en cuando y no se oculta al lector en ningún momento.

Pero es el juego entre la miseria real de la vida y los extremos a los que los personajes se abandonan lo que da espacio a la caricatura y que propicia ese juego entre serio y jocoso que encontramos también –y salvando todas las distancias- en la novela picaresca.

Kiran Nagarkar no teme a la exageración. La suya es una verbalidad acumulativa para construir escenas amontonando detalles, palabras, sinónimos, explicaciones y más palabras y hacer así crecer las situaciones y desparramarlas de forma que quedan fuera de control. Y de manera que acaban situándose en las antípodas de lo políticamente correcto.

La religión –en un país religioso como es la India- sale hecha trizas. Y lo grave del caso es que la visión iconoclasta parece nacer menos del capricho del autor que del sentido común o de las aspiraciones inevitables que genera la vida bien miserable de los personajes. "Aunque uno naciera hindú, merecía la pena morir católico. ¡Cuánta pompa, gloria y solemnidad había en la muerte cristiana!" Y es que la vida obliga a mirar a todos los lados para hallar un nido algo más cálido que la áspera intemperie que a cada cual le ha tocado como cobijo.

La delicadeza no es precisamente un rasgo que caracterice a los personajes ni que dibuje las situaciones. Griterío, exageración y chabacanería sin poesía alguna trazan el terreno donde se desenvuelve la acción y los rasgos de esa caricatura por la que asoman personajes maledicentes, embaucadores, malvados o pícaros, egoistas, interesados, incompetentes y un sinnúmero adicional de 'virtudes' que acompañan a esos supervivientes del descalabro.

La falta de fidelidad a todos los principios bordea a la desesperación y parece la llave para salir de ella. Cualquiera vendería su alma al diablo, nadie está libre de haber traspasado la línea que separa el bien del mal. La parodia del partido nacionalista hindú dispuesto atraer a los infieles católicos, los elogios a Mussolini, la descalificación total de las mujeres que las Escrituras condenan pero que la realidad muestra que además de perdidas son una catástrofe, el disparatado emparejamiento entre uno de los personajes y su hermana, la utilización de sacerdotes para fines inconfesables… van construyendo una trama de transgresiones y despropósitos entre los que circula la vida y la dejan suspendida en el limbo de lo irreal.

Si a ello se añaden escenas procaces insertadas con el mayor de los desparpajos en la ensalada de personajes e historias que componen el relato, el resultado es una novela imprevisible y divertida que hará pasar los mejores momentos a cualquier lector. Y puestos a recuperar una disposición de lectura más seria, hay que reconocer también que el resultado es, entre bromas y disparates, una panorámica aleccionadora sobre una parte de la India, sobre la ciudad de Bombay y sobre unas gentes que se empeñan a diario en sortear la adversidad y que con determinación y astucia, un día tras otro, consiguen hacerse un lugar en ese espacio inhóspito que es el de la vida.

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viernes 23 de enero de 2009

Equipaje de mano


Fernando Bellver
Ellago Ediciones
80 pp.





¡Por fin un libro gozoso! Sin más adjetivos ni adornos verbales. Un libro para disfrutar viendo y leyendo. Una pequeña joya que se recorre de principio a fin con una sonrisa y con tranquila satisfacción.

El autor: Fernando Bellver que pasó del mundo del arte al mundo del arte y los libros, y que nos regala con su particular diario de viajes.

Si en lugar de artista Bellver fuera editor, hubiera añadido al título del libro "mis viajes por Egipto, Sudán, Venezuela, Senegal, India, Kenia y Pakistán", que de todos estos países trata su libro. Pero no. Se ha contentado con un escueto Equipaje de mano, haciendo un guiño conceptal al tendido como hubiera hecho a modo de brindis su admirado Joan Brossa, al que también se menciona en el prólogo.

No hay mucho más que decir en una reseña, porque todo lo que sea explicar sobra. Hay que mirar y leer. Para los no advertidos, aviso de que no es un libro 'compuesto' como se componían antes los libros en las imprentas, echando mano de una linotipia. Todo, dibujo y texto, viene de la mano -sin más mediación que la del lápiz- de Fernando Bellver. Y viene de su inteligencia y de su manera fresca y directa de contar. O lo que es lo mismo, de viajar y de vivir con gusto la experiencia del viaje.

Dejo aquí el comentario para que cada cual juegue con el suyo propio, después de disfrutar y de admirar el libro. Sólo un apunte, casi técnico. El mismo fair play que Bellver y su editor Paco Villegas muestran en lo referente al título lo aplican a la distribución del libro en librerías. Que nadie piense que lo va a encontrar fácilmente por ahí. Y es que, en eso, también parece haber un guiño de independencia compartida con los lectores. Una independencia que se añade al resto de virtudes que posee el libro y que hará más grata, todavía, la lectura.

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domingo 7 de diciembre de 2008

Tigre Blanco


Aravind Adiga
Miscelánea, 2008
297 pp.





Apetece de vez en cuando leer un disparate, un disparate de verdad: excesivo sin recato alguno, iconoclasta, incorrecto desde todos los puntos de vista, provocador. Y si el autor del disparate en cuestión es indio y vive en la India -a pesar de llevar una trayectoria tan estrambótica como pasar la infancia en Australia, haber hecho sus estudios universitarios en Oxford y haber sido alumno de la universidad de Columbia en Nueva York- y además si la historia que cuenta no es que suceda en la India sino que tiene la pretensión de presentarse como el retrato total, cierto y verdadero de lo que es la India hoy, el esperpento y la diversión están servidos.

No hay peligro en desvelar la trama del libro, porque su jugo está en todas y cada una de las cosas que cuenta y en como se cuentan.

El protagonista es Balram un empresario autoconvencido de su éxito a pesar de la situación manifiestamente miserable en la que vive. Bangalore, el corazón del desarrollo tecnológico de la India es su campo de operaciones. Y el Primer Ministro chino el destinatario de una extensa carta en la que, para ilustrarlo acerca de su país, le cuenta, apuntando en todas direcciones, las más diversas cuestiones sobre la vida, la religión, la familia, las castas, la economía, el progreso, las ciudades, los políticos y todo cuanto el lector pueda imaginar en forma de alegato sin contención alguna.

Por supuesto, Balram organiza su relato desde su particular punto de vista que mezcla desmelenadamente realidad, prejuicios, fantasía, crítica radical, y cuantos elementos más se quieran añadir a partir del delirante discurso que genera su propia historia y las contradicciones del mundo en el que vive.

Además de supuesto empresario de éxito, el origen profesional de nuestro héroe es el de chofer y los estudios de los que parte no van más allá de pocos años de escuela. Si a ello se añade que es el asesino del patrón para el que hacía de chofer y al cual admira, no sorprenderá que los consejos y explicaciones con los que pretende sacar de la ignorancia al Primer Ministro chino sean una desaforada retahíla de despropósitos cuya exageración y absurdo conducen siempre a situaciones que se resuelven en clave de humor.

¿Pero se trata realmente de despropósitos? Sin duda no. Como tantas veces, la disección de una realidad trágica como puede ser la de la India recurre al artificio literario del desvarío. No se trata de darle voz a un loco. El absurdo de esa India, convertida en granero tecnológico de occidente a la vez que anclada en el más remoto pasado en lo que se refiere a costumbres, creencias o simplemente a pobreza, justifica la emergencia de un personaje como Balram cuyo apodo, el Tigre blanco, resulta tan irónico como puede resultar ahora el de aquel otro personaje de película que fue “el Tigre de Chamberí”. Balram más que un loco es un hijo extremo del mundo que le rodea. O mejor, en lugar de loco, es el más lúcido de sus congéneres y el que apartando de sus ojos prejuicios y barreras desnuda la realidad hasta presentarla como algo fuera de toda lógica y justificación.


Sin cortarse un pelo, el modo como habla del Ganges, a la manera de estercolero nauseabundo y lleno de enfermedades, o como cuenta la trágica muerte de su padre en un hospital lleno de cabras al que los médicos no acuden por el particular sistema que practican los funcionarios para eludir sus responsabilidades y beneficiar sus bolsillos son una lección de vida real y terrenal que casi sin querer el lector español enlazará con la novela picaresca.

Agudo e irreverente, el libro de Aravind Adiga muestra, como indica su publicidad, esa otra India dibujada en trazo grueso alejada de los aromas de azafrán o del remolino de los saris que tan asociados tenemos al país y a su cultura. Tigre blanco es una excelente novela con la que pasar el mejor de los ratos. Ha sido ganadora del célebre premio Booker del año 2008.

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domingo 14 de septiembre de 2008

India, vagón 14-24


Ignacio Carrión
Rey Lear, 2008
195 pp.





India, vagón 14-24 es un libro de viajes. Un libro de los que encajan de manera cabal en la definición del género, sin que haya que buscar justificaciones de ninguna clase. Es además un libro ameno que prende el interés del lector desde el principio y anima a seguir leyendo. Se trata de un libro corto y de relajada lectura.

Ignacio Carrión, el autor, afincado en Cambridge, contrata, después de haberse enterado por un anuncio de periódico, un viaje a la India. El viaje es en ferrocarril y en un vagón que un inglés que vive en Delhi ha comprado y engancha según le conviene en trenes cuyos trayectos componen un circuito por todo el país. Podría tratarse, según esta explicación, de un viaje de lujo con todo incluido. Pero nada es más distinto a ese panorama que el caso que nos ocupa. El vagón es modesto, rayando a lo miserable y el resto de viajeros apuntados a la aventura, lo mismo que Ignacio, cualquier cosa menos elegantes y refinados.

La fórmula del viaje es poco habitual y da a Ignacio Carrión la libertad de moverse a sus anchas en todos los lugares donde el vagón recala para conocerlos, mezclarse con la gente, andar por calles y callejuelas, comer en restaurantes o entrar en templos, hablar con personajes notables o con simples chavales y contarlo con soltura.

El panorama, que a modo de abanico abre Ignacio Carrión a sus lectores, cubre desde las escenas más humildes hasta la propia Indira Ghandi a la que entrevista. Pero el relato, a pesar de su amplitud, no tiene nada de estudio antropológico ni de vocación erudita. Es la pura experiencia organizada, como él mismo indica, a modo de quien lleva una doble contabilidad. Apuntando por un lado los hechos –los hechos reales- y, por otro, esa visión subjetiva que le hace a uno interesarse por unas cosas y contarlas de una determinada manera y no de otra.

La forma de contar de Ignacio Carrión es fluida y ligada al presente: a lo que le pasa, a lo que hace, a lo que ve, a con quién se encuentra, a dónde duerme. Y esa fluidez y esa proximidad a lo concreto llevan al lector a ver a través de sus ojos y a sentir la presencia real de la India de la que habla.

Sentido del humor, capacidad de análisis, levedad en el relato hacen de India, vagón 14-24 un libro a todas luces recomendable. Y aquí hay que avisar que, a pesar de estar ante una edición salida de la imprenta ahora mismo, el texto se editó por primera vez a finales de los años 70. Pero el aviso, que es obligado para situar al lector, requiere también que se advierta que nada tiene que ver con la fecha de caducidad del libro. El relato es tan atractivo hoy como debió serlo cuando vio la luz originalmente y la India a la que hace referencia el libro tan real como la India real de hoy día, a pesar de los cambios que ha vivido en el tiempo transcurrido desde que se escribió el libro.

Una buena y estimulante reseña de India, vagón 14-24 es la que aparece en Solodelibros.
Mas información sobre el autor.

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domingo 15 de junio de 2008

La noche de Calcuta




Higinio Polo
Montesinos, 2008
235 pp.






El título, La noche de Calcuta, es en buena medida engañoso, porque las cincuenta primeras páginas del libro se dedican a Bombay, las cincuenta siguientes a Cochín y a Madrás, las siguientes a Benarés... Pero de lo que no cabe duda es que estamos en la India. Y como sumergido en la India se siente el lector desde que emprende su particular viaje avanzando por el libro desde la primera página.

La India es un país singularmente complicado. Lo es tanto, que no es de extrañar que se puedan escribir sobre ella libros tan distintos y muchos tan interesantes y atractivos.

La noche de Calcuta es, sin duda, uno de ellos. Frases cortas, muy cortas, escenas fotográficas, sensaciones físicas y temas, muchos temas suscitados al hilo de dichas escenas pasan uno tras otro para ir componiendo ese abigarrado mosaico que permite hacernos la idea de lo que es la India.

El autor podía haber empezado por desarrollar unos fundamentos que dieran las claves para entender lo que el visitante se encuentra al salir a la calle. Sin embargo, prefiere construir de arriba a abajo y desembarcar sin más preámbulos al lector en una tierra de apariencias de las que va colgando informaciones y reflexiones con las que adquiere profundidad el relato y el lector los elementos para su propia reflexión.

Pocos países necesitan tanto como la India que alguien lleve de la mano al viajero y le oriente acerca de aquello que ve. El peso de la pobreza en algunos lugares, el colorido de los saris o de las figuras de los templos en esos mismos lugares o en otros, la laboriosidad de las gentes y su determinación por superar la precariedad del entorno en que viven desbordan muchas veces la mirada de quien se acerca al país y lo seducen con tanta fuerza que el impacto de ese espectáculo que es la vida impide ir más allá para saber y comprender todo lo que hay detrás de ella.

Higinio Polo toma de la mano al lector desde la primera línea. Sale a la calle de Bombay y empieza a transmitir imágenes y comentarios. El suyo es un relato visual. La lluvia, ese monzón de dimensión arrolladora, el trabajo que realizan niños, hombres, mujeres... , las castas y, después de Bombay, Cochín y algunas pinceladas sobre los cristianos, como las hubo antes sobre los zoroastrianos venidos de Persia, y el calor de Madrás...

Higinio Polo pasa de puntillas por los temas, pero construye enseguida un universo al que da cohesión su propia curiosidad y el conocimiento que tiene de todo de cuanto habla. El suyo es un retablo de pinceladas breves, amplio y aleccionador. No es toda la India, por supuesto que no. Eso sería imposible y esa es la razón, como decía al principio, de que haya tantos buenos libros dedicados a ella. Pero La noche de Calcuta resulta ser un libro excelente, con el atractivo -que no es, ni mucho menos, menor- de ser breve en una época en que escribir se parece cada vez más a hacer un tratado, de lectura fácil y rápida y durante todo el tiempo interesante. En resumen, un libro muy recomendable para conocer la India, para asomarse de nuevo a ella en el caso de conocerla ya y para pasar, con su lectura, un buen rato.

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martes 15 de abril de 2008

Elefanta suite



Paul Theroux
Alfaguara, 2008
368 pp.






No es cuestión de presentar a Paul Theroux a ningún aficionado a la literatura de viajes. El gran bazar del ferrocarril, El gallo de hierro, Las Columnas de Hércules, Hotel Honolulú, Retorno a la Patagonia, escrito al alimón con Chatwin, son clásicos de un escritor prolífico y polífacético.

Pero hay más, en el terreno propiamente de la novela, su thriller La calle de la Media Luna da medida de su capacidad narrativa y de atraer al lector con su enorme habilidad de crear aventura más allá del relato de viajes. Por cierto, la adaptación cinematográfica subrrayó ese saber hilar los acontecimientos y construir una apasionante intriga. Aquí, lo mismo que en el Cayo Largo de Bogart, el cine prefirió un final feliz y probablemente poco literario, que agradecimos los que amamos el lado dulce de la vida.

Pero vayamos al Theroux viajero. Porque su literatura no nace de la improvisación. Es verdad que su éxito y su origen norteamericano le han deparado la fama (¿injusta?) de señorito. Pero también lo es que su afición a los viajes y a mezclarse en mundos que no eran los suyos viene de lejos.

El Theroux joven trabajó en Mali en programas de desarrollo y acción humanitaria. Trabajó en Uganda de profesor. Vivió en Singapur, en cuya universidad dio sus clases. Y, por supuesto viajó todo lo que pudo. Le viene pues de lejos la afición y no siempre fue de un sitio a otro con la curiosidad de quien está de vacaciones. Ha vivido profundamente la aventura y la ha podido contar, quizás porque ha tenido suerte, quizás porque las amenazas son distintas de lo que parecen. Tras ser asaltado no hace tanto tiempo en África y salir airoso del trance, un soldado tuvo que explicarle el por qué del feliz desenlace: no era su vida la que buscaban, simplemente querían sus zapatos.

El nuevo libro de Theroux es más literario. Cuenta tres historias situadas en la India con personajes occidentales envueltos en escenarios distintos, y que reflejan como en Babel -volvemos a estar en el cine- el encuentro, y el desencuentro también, del extranjero con el entorno de otro país, en un ritual de acciones y de interferencias, de aproximaciones y de choques que parece que va a ser la tónica de este nuevo mundo globalizado donde vivimos.

La contraportada del libro cuenta lo siguiente:
"El maestro de la literatura de viajes Paul Theroux rompe los tópicos de la India como remanso de paz espiritual a través de tres desasosegantes novelas cortas cargadas de tensión y sexo, pero también de belleza y reflexión. En Monkey Hill un matrimonio de norteamericanos ricos ve cómo el deseo por lo desconocido y exótico puede lindar con la pesadilla. La Puerta de la India muestra de qué desconcertantes modos un simple intercambio de escenarios profesionales entre un abogado de Boston y uno de Bombay es capaz de alterar los principios y la moral de una persona. En El dios elefante queda expuesta la dificultad de reconciliar tradición y modernidad, así como los peligros de adoptar actitudes paternalistas o de intentar vivir en dos culturas al mismo tiempo. Tres historias intensas y sagaces donde el autor de La Costa de los Mosquitos enfrenta a desprevenidos turistas norteamericanos con una India muy alejada del yoga, el incienso y las películas de Bollywood."

Y Babelia se ha aproximado también al tema con un comentario extenso.

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