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lunes 12 de octubre de 2009

El libro de la Riviera


El libro de La Riviera
Erika y Klaus Mann
El Nadir, 2009
127 pp.

“La vida nocturna que ofrece Toulon se concentra en el Quartier Privé (el barrio de las putas…) que no es tan romántico y magnífico como el de Marsella, pero quizás posee un encanto más íntimo”...


Erika y Klaus Mann
El Nadir, 2009
127 pp.





''La vida nocturna que ofrece Toulon se concentra en el Quartier Privé (el barrio de las putas…) que no es tan romántico y magnífico como el de Marsella, pero quizás posee un encanto más íntimo''.

Klaus y Erika Mann son hijos de Tomás Mann, viven las mieles del mundo intelectual, disfrutan de la libertad de ideas que su medio les permite, son, en la época, ciudadanos de Europa, juegan a enfants terribles y se divierten con el humor a flor de piel que les permite una mirada joven, creativa y lúdica.

Para una colección llamada ‘Lo que no se lee en el Baedeker’ escriben El libro de La Riviera. Y la verdad es que el título de la colección no podía ser más adecuado a lo que ambos hermanos eran y deseaban escribir.

La Riviera es en el período de entreguerras -1931- un mito. La aristocracia acude a los grandes hoteles con toda clase de lujos y de sofisticaciones. La rica burguesía la sigue y presume de lo más moderno y exclusivo al lado del mar. Los ingleses y los alemanes acaudalados y los viajeros sedientos de sol sienten la llamada de la Costa Azul a la que dan un toque de sofisticación exótica. Los atistas descubren el milagro de la luz del Mediterráneo y se dejan llevar por los aires provincianos del Midi….

Todo encaja para que una pareja de mirada aguda, divertida e iconoclasta le dedique al lugar un poco de su atención y escriba sin remilgos lo que no es una guía, sino mitad guía, mitad caja de chismes y de consejos para mejor aprovechamiento de cualquier buen entendedor.

Si hubiera un manual de estilo para orientar a los escritores de guías de viajes seguramente diría que la información debe ser relevante, que debe ser objetiva, que debe evitar las apreciaciones demasiado personales, que es preciso ser prudente con las descalificiones redicales y que los barrios de putas encajan mal a la hora de las recomendaciones o de los comentarios sobre qué cosas son mejores en una ciudad o en otra.

Aquí los dos hermanos, que uno imagina jóvenes –están en torno a los veinticinco años cuando escriben el libro-, parece que se han puesto de acuerdo para bordear la legalidad y para pisar al menor descuido el terreno de lo inconveniente, con tanto aplomo como desparpajo. Y en un tono de gamberrada controlada, para transmitir la idea de que han conseguido que alguien los invite a recorrer La Riviera y a disfrutar de sus lujos espléndidos para hacer luego una lectura artístico-creativa del conjunto en forma de este libro que la sesuda Baedeker nunca se hubiera atrevido a publicar.

Al lector lo tratan con un respeto más que mediocre, poniendo en duda su capacidad económica para pagarse un hotel de los buenos y recomendándole lugares más modestos para los que sí alcance sul presupuesto. A los no muy avezados en la cultura culinaria de la Costa Azul, les aclaran que la bullabesa es esa ‘sopa picante en la que flota todo y si tiene suerte encontrará una langosta’. Sobre los barrios con más sabor de Marsella comentan con especial cariño alguna zona próxima al puerto aclarando, eso sí, que a una señora –una turista, se entiende- le cortaron las orejas para quitarle el bolso o las joyas.

Y para mantener la distancia respecto a las guías serias y dejar clara su independencia de criterio, evitan los habituales superlativos que tratan de convencer al lector que cada monumento o lugar son extraordinarios para dejar muchas de las apreciaciones en el confuso territorio de lo ‘mediano’ y de los calificativos que no se sabe muy bien si caen del lado del elogio o del ridículo: unos lugares bastante lindos…, unas vistas especialmente monas…, un bar de esos que llaman un sitio ameno…

No está claro, si es Klaus o si es Erica quién está escribiendo. Pero los dos, o uno de los dos, tienen un impagable gusto por lo teatral. Las escenas fingidas en el casino de Cannes o en la tienda de Hermés merecen por sí dolas la lectura del libro. Y el canto lleno de ironía al consumo de lujo que coquetea con el culto por la escasez, en ese escaparate que exhibe una solitaria bufanda con una única botellita de perfume, es un derroche de ingenio y de humor que no se olvidan fácilmente.

Por supuesto, la costa Azul, o la Riviera, de la que hablan Erika y Klaus Mann no es la misma de la que podríamos hablar hoy, después de transcurridos un montón de años. Pero la ‘guía’ de ambos aplicada a este momento resulta tan inconveniente como lo fue en su tiempo. Y la lectura del libro –de poco más de cien páginas- sigue siendo tan refrescante como pudo serlo entonces y sigue despertando admiración.

Quien disponga de un poco de tiempo para la lectura no debiera perderse este Libro de La Riviera, tanto si ha pensado en visitar el lugar como si no. A pesar de los dones con que la naturaleza ha dotado a este paraje privilegiado, nuestros autores han decidido no rendirse al culto a su belleza y resistirse a la devoción que suele ser la norma general. Y al hacerlo consiguen un libro que ofrece entretenimiento y diversión sobrados como para hacerse un hueco bajo el sol -ese sol tan celebrado de La Riviera- por méritos propios.

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domingo 29 de junio de 2008

Perspectivas del Mont Blanc



VV.AA.
Alba, 2008
186 pp.




Contar a los demás acerca de un lugar, transmitir los sentimientos que genera, explicar cómo llegar a él es la base misma de la literatura de viajes. Cuando ese lugar es mítico por la dificultad del acceso, por la belleza de sus paisajes o por el ansia de penetrar en él y conocerlo escribir sobre él se convierte, más que en un objetivo, en una necesidad para numerosos escritores que trazan tantas imágenes del mismo como puntos de vista los animan.

Perspectivas del Mont Blanc representa este caso y no podría ser de otro modo. El macizo con la cumbre más alta de Europa, el de formas más imponentes, que se eleva en el corazón mismo del Continente había de suscitar, necesariamente, el interés de numerosos escritores por conocerlo y por dejar constancia de sus experiencias a través de informes, relatos, cartas o novelas.

La naturaleza cuando alcanza la dimensión majestuosa que adquiere en los Alpes con sus cumbres imponentes, sus extensos glaciares, los dramáticos contrastes que generan las bravas aguas de torrentes y cascadas, los bosques y los hielos es, por supuesto, un sujeto literario de infinitas posibilidades. Pero Perspectivas del Mont Blanc juega, además, con la diversidad de quienes escriben y, por consiguiente, con un panorama muy variado que es lo que da vida al libro y atrae al lector.

El ámbito de la exploración y del viaje –ese viaje que engendró tantos adeptos que acabó por adquirir un nombre propio: el alpinismo- es aquí reducido. Pero son las voces y el tiempo quienes dan dinamismo al relato que en realidad compone una galería de escenas.

Por ello, el temor que pudiera suscitar la pregunta de si puede sortear el riesgo de la monotonía un texto tan centrado en un solo lugar, se resuelve con el concurso de más de una veintena de escritos de autores diversos.

¿Y quiénes son los escritores? El atractivo del libro está justamente en su variedad. Llamo escritores a quienes han escrito aunque no sea este su principal oficio ni hayan pasado a la posteridad como tales. El primero y más antiguo es un santo: San Francisco de Sales, que a principios del s.XVII y en su papel de obispo se aventuró por los Alpes para conocer de primera mano las tierras de su jurisdicción. El último es Gastón Rébuffat, narrador, cineasta y alpinista apasionado, de nuestro tiempo. Entre ambos y entre otros autores de oficios diversos discurren los grandes de la literatura y del pensamiento europeos: Rousseau, Goethe, Chateaubriand, M. Shelley, Víctor Hugo, Alejandro Dumas, George Sand …

Se diría que Europa desfila ante el Mont Blanc a lo largo de cuatro siglos y lo hace dejando tras de sí cortas escenas que reflejan el poder de seducción que en cada momento ha ejercido el más noble macizo y sus imponentes paisajes. Y también se diría que el Mont Blanc sirve de testigo, en los escritos que suscita, de la evolución del gusto y de los sentimientos de los europeos, de los cambios en su mirada y en su sensibilidad, de la diferente apreciación del esfuerzo que significa alcanzar la cima, o de la visión de la vida y de las gentes que los viajeros encontraron en el curso de sus recorridos.

Perspectivas del Mont Blanc es una rica antología para leer en casa, sosegadamente con un ojo puesto en la literatura y en el disfrute de la narración y el otro en ese Mont Blanc y en esos Alpes que tanta fascinación han despertado a lo largo del tiempo.

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