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lunes 15 de febrero de 2010

Adiós a China. Catorce mil kilómetros por un gigante en transformación


Adiós a China
Suso Mourelo
Interfolio, 2009
359 pp

Suso Mourelo es un viajero poco convencional. Da la impresión de que tiene una vocación sedentaria y que lo suyo es encontrarle el gusto al lugar donde está. Vivirlo sin tensión, dejándose llevar....


Suso Mourelo
Interfolio, 2009
359 pp.





Suso Mourelo es un viajero poco convencional. Da la impresión de que tiene una vocación sedentaria y que lo suyo es encontrarle el gusto al lugar donde está. Vivirlo sin tensión, dejándose llevar.

Suso Mourelo aparenta ser el ‘hombre tranquilo’ que observa sin prisa y se mueve a un ritmo lento, alejado de la tensión. Muchas veces sin propósito definido. Cuando viaja tiene su propio método, que viene a ser –según se mire- la falta total de método con la que sorprende a alguno de sus amigos chinos que no comprenden su disposición a improvisar y con la que marca el pulso del libro. Cuenta que le gusta dejarse llevar y, así, conocer Pekín siguiendo al azar a cualquier viandante hasta llegar a su lugar de destino, y luego eligiendo a otro guía que, inconsciente de su labor, lo llevará por avenidas, calles y perdidos callejones, hasta lugares que de otro modo nunca hubiera llegado a conocer.

El aire que impulsa a Suso Mourelo es el de la curiosidad. Pero no de la curiosidad nacida del ‘deber ver’ lo que las guías o algunos viajeros famosos dicen, sino la que surge de sí mismo alimentada por su propia sensibilidad y por sus deseos, aderezada siempre por un punto de gusto por la transgresión.

Podría parecer que el tener un autor con vocación sedentaria no es el mejor ingrediente para un buen libro de viajes. Ni que tampoco lo es el no hacer caso a otros viajeros, ni la constante improvisación. Pero resulta que en este caso la combinación funciona y que es la suma de todas estas particularidades la que da lugar a un libro lleno de interés sobre un tema que no puede ser más actual: China.

La moda de China ha alimentado una amplia literatura. Ha rescatado del olvido relatos de viejos viajeros, ha recuperado narraciones de viajeros más modernos convertidas, sin embargo, en clásicos, y ha suscitado multitud de interpretaciones sobre el fenómeno de su desarrollo y de sus consecuencias. La velocidad de la evolución de China es tal que parece que la realidad hace obsoleto casi todo lo que se escribe, antes de que aparezca en las librerías. Y el libro de Suso Mourelo no sería una excepción a este hecho si no fuera porque su actualidad está precisamente en haberse detenido en el origen de esta puesta de moda. Es decir, está en tratar de la China del último año del siglo XX cuando estaban dibujados ya todos los rasgos del presente pero seguían vivos aún los que habían modelado el país hasta ese momento, habían marcado sus tradiciones y le habían dado su carácter y su cultura únicos.

El relato de Suso Mourelo es el de la fascinación ante lo que está observando:
"China cambia a cada instante, y como consigna del nuevo milenio, se ha lanzado a un mercado salvaje. Por eso nunca volverá a ser lo que siempre ha sido, lo que en tierras ajenas al turismo y al mercado global es todavía. (…) Sus mil trescientos millones de habitantes se preparan para despedirse del pasado y de millares de mitos que durante siglos los han alimentado. Mil trescientos millones de personas se aprestan a decir para siempre (…) adiós a China."

Cuando llega a Pekín, Suso Mourelo constata, más allá de las lecturas y de la información que ha recogido para preparar su viaje, el tamaño que todo tiene en China y la inmensidad del cambio que está emprendiendo. Y observa también cómo se renueva la sociedad y aparecen personajes, costumbres y figuras desconocidos hasta hace poco tiempo. Los nuevos ricos, las concubinas que los rodean, los altos cargos que descienden de coches con cristales tintados y esa nueva forma de ‘balseros’ que son los campesinos que emigran sin papeles a Pekín huyendo de la miseria componen un relato por el que discurre esa nueva China de ciudadanos orgullosos y sobre todo pragmáticos con los ojos puestos en el futuro y en el dinero.

Pero Pekín es sólo un episodio y la mayor parte del libro transcurre por trenes, autobuses, ciudades de provincias y pueblos aislados que dan una visión mucho más amplia del país, más rica y más ajustada también a la realidad.

La china rural que Suso Mourelo recorre en su viaje muestra una cara distinta del progreso y una enorme problemática que queda por resolver. China, dice, avanza a dos velocidades y la China anclada en el atraso, enorme y miserable, pesa sobre la otra y discurre en la incertidumbre sin ninguno de los brillos que adornan la imagen y la vida de Pekín o de Shanghai.

Suso Mourelo se ha documentado masivamente y aprendió chino antes de emprender su viaje. En su relato asoman cuentos y leyendas antiguos, referencias a la historia, conversaciones con amigos que va haciendo en el curso de su recorrido, referencia a personas con quienes tropieza por azar o le abren su casa en ejercicio de la más pura hospitalidad.

Adiós a China ofrece un paisaje extenso de esa China que acaba de despegar y que sorprende por su energía. Los diez años que separan la fecha del viaje que hizo Mourelo hasta hoy no le han restado actualidad sino al contrario. Añaden una perspectiva que de otro modo hubieran hecho el texto más plano. Adiós a China es un texto que hay que leer para acercarse sin ninguna grandilocuencia pero con abundante información, con matices y con una aguda sensibilidad, a uno de los fenómenos más extraordinarios del presente.

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lunes 28 de diciembre de 2009

¡Te odio, Marco Polo! Un viaje tras las huellas de la Ruta de la Seda


¡Te odio, Marco Polo!
Pablo Strubell
Niberta, 2009
131 pp.

Cualquiera que sienta el gusanillo del Asia Central y del Oriente debiera empezar a saborearlos con este libro que se desenvuelve a la manera de un trailer de esa película de verdad que es el viaje...


Pablo Strubell
Niberta, 2009
131 pp.





Quienes valoren los libros cortos, que se leen poco menos que de un tirón, que avanzan de manera fluida y que mantienen despierta la atención del lector durante el recorrido entero por sus páginas encontrarán en ¡Te odio, Marco Polo! un buen motivo para la satisfacción y el entretenimiento.

A mi me gustan los libros cortos, que no se demoran ni se estancan si no hay motivo para ello. Pablo Strubell escribe como viaja. Lo hace con soltura y sin atascos. Y ese es el propósito de su libro. No pretende hacer un relato minucioso sino una selección de escenas, momentos y sensaciones que recojan el larguísimo itinerario que va desde Estambul a Xi’an que lo tuvo ocupado durante cinco meses.

Pero a pesar de la brevedad, el suyo no es un relato descafeinado. Que no esté todo, no significa que vayamos a sufrir por falta de contenido. Todo lo contrario. Pablo Strubell toma una decisión, una más, que es la de evitar un texto enciclopédico. En sus doce mil kilómetros de viaje había materia para hartar. Por eso elige encadenar momentos que desde el inicio hasta el final de su recorrido transmiten al lector continuidad y le hacen sentir los diversos sabores que tiene el viaje, que le dan variedad y que muestran las peculiaridades de la gente y de la atmósfera de lugares distintos.

He dicho que la preferencia por un libro de dimensiones reducidas era una decisión entre otras porque la primera de ellas fue la de dejar el trabajo, un trabajo formal, serio y como Dios manda, para darse el gusto de atender a una vocación: la de viajar. El relato de Pablo Strubell es el de un ser independiente. No es que viaje en solitario, que es como viaja, es que lo hace dándose prioridad a sí mismo. Lo mismo que escucha a su voz interior para dejar su trabajo, y luego la escucha para hacer un relato ligerísimo de un periplo monumental, la sigue en su propio viaje cuyo desarrollo trata de dirigir él a su gusto.

Pablo Strubell quiere perderse por las calles de las ciudades que visita, ir a su aire y a los lugares que le llaman la atención y quiere evitar las interferencias de quienes de buena fe tratan de marcarle el camino. Quien viaja es él y es su intuición o sus propios mitos quienes lo llevan de aquí para allá con determinación, contraviniendo a veces la prudencia pero satisfaciendo siempre su curiosidad.

¿A quién se le ocurre, con la que está cayendo, empeñarse en visitar el mausoleo de Iman Reza en la ciudad de Mashad? Está claro que Pablo Strubell necesita hacerlo y está claro también que extrae de la visita sensaciones profundas que lo conmueven y lo aproximan a la comunidad de hombres y mujeres cuya devoción se desborda a la vista de la tumba del santo. Resulta que Pablo Strubell no es un rebelde que se resiste a pasar por los caminos que más o menos están marcados y que suelen conducir a los viajeros. Lo suyo es la necesidad de sentir la tierra que pisa y lo que le rodea sin intermediarios, de primera mano, sin distracciones y sin nadie que desvíe su atención. Quiere marcar su ritmo. Quiere mirar y escuchar desde su propio punto de vista para comprender más y mejor. Y luego para contarlo.

Quizás lo dicho hasta aquí lleve a pensar que estamos ante un autor arisco y aislado. No es eso. Casi es todo lo contrario. Hace amigos, toma contacto con gente muy diversa, se deja invitar y les sigue la corriente para aprender de ellos. Además, se rinde ante la generosidad que a menudo le demuestran. Pero tampoco quiere que lo abrumen. Como viajero solitario que es, necesita balancear ese espacio propio que cada uno se reserva para sí, con el de las personas con las que conecta y que a veces se le ‘pegan’. Hay quien se empeña en acompañarlo y en marcarle la ruta sin que vea él el momento de darle esquinazo y de recuperar su propio camino. Y hay quien le abre su círculo de amistades y con él un mundo que el viajero de paso jamás podría entrever. Como en todos los libros de viajes, los encuentros son esenciales y abren rendijas desde las que ver, desde ángulos diversos, aspectos distintos de la realidad.

La hospitalidad de gentes humildes y cordiales en Turquía, el contacto con jóvenes iraníes que sufren los efectos de la estricta doctrina del gobierno de los ayatolas y los sortean sin remilgos, el asedio de funcionarios indeseables, los tenderos de los mercados, todo ello compone un mosaico que se va desplegando a medida que el autor avanza por esa ruta que se ha marcado y que no es otra que la antiquísima Ruta de la Seda tan cargada de historia y de historias.

Y lo compone también su encuentro con China, que colma su paciencia y con humor soterrado critica de forma inmisericorde, sin cortarse lo más mínimo y dando rienda suelta a sus humores, para que quede claro que el viajero es humano y que tanto sus pasiones como su educada contención tienen límites, que a veces es bueno traspasar para regocijo del lector.

Cualquiera que sienta el gusanillo del Asia Central y del Oriente debiera empezar a saborearlos con este libro que se desenvuelve a la manera de un trailer de esa película de verdad que es el viaje. Una selección de los mejores momentos, una acertada visión de conjunto y una amplia panorámica sin espacio para un solo momento de aburrimiento es lo que nos trae ¡Te odio, Marco Polo!

Quién sabe si después de la estimulante lectura de ¡Te odio, Marco Polo! no emprenderemos nosotros también el camino de la Ruta de la Seda. Y como la realidad de los viajes es mucho más sacrificada de lo que la mayoría de los relatos sostienen, quién sabe también, si parafraseando al autor, no acabaríamos nosotros diciendo ¡te odio, Pablo Strubell! después de terminar lo que posiblemente sea uno de los viajes más apasionantes que puedan hacerse en la vida.

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domingo 18 de octubre de 2009

Pekín me deslumbró. Crónica hedonista y refinada de los los años treinta en la ciudad


Pekín me deslumbró
John Blofeld
Altair, 2008
325 pp.

John Blofeld tuvo la ocasión de convivir con los chinos en un momento en que estaba a punto de cambiar la historia del país de forma irreversible. Y en Pekín encontró a personajes del tipo más diverso...


John Blofeld
Altair, 2008
325 pp.





Muchos de los libros que han entrado en la categoría de clásicos en la literatura de viajes han sido escritos hace ya alguna década y hablan de experiencias inalcanzables para el viajero de hoy. El mundo ha cambiado tanto y tan deprisa que aquello que encontró el autor de cualquiera de estos libros y de lo que habla se desvaneció con el paso de los años y poco o casi nada permanece en la actualidad.

Pekín me deslumbró cae de lleno en esta reflexión y acerca de ella habla Miguel Portillo, traductor al español del libro y autor de un excelente prólogo que merece la pena leer con atención. Qué decir de los cambios que ha experimentado China y del vuelco que ha dado Pekín, hasta hace poco de casas bajas, humildes y de construcción precaria y hoy ciudad olímpica donde las excavadoras han allanado el suelo sobre el que se levantan los más llamativos rascacielos. Pero la realidad es que China, con cambios o sin ellos, encierra un mundo que vivió al margen de occidente hasta hace muy poco y que dio lugar costumbres, creencias, tradiciones tan distintas de las nuestras que vale la pena conocer. Para los chinos, los bárbaros fueron los occidentales y ellos mismos, cultos y refinados, siempre atentos a normas y formalidades elaboradísimas, una raza superior a cualquier otra.

John Blofeld tuvo la ocasión de convivir con los chinos en un momento en que estaba a punto de cambiar la historia del país de forma irreversible. Y en Pekín encontró a personajes del tipo más diverso con los que pudo conocer las particularidades de la vida cotidiana, de los pensamientos y de los sentimientos de gente muy diversa. Con la mirada atenta Blofeld cuenta su experiencia en Pekín sorprendente en cada una de las páginas y compone un relato que engancha al lector hasta el final.

Consciente de que este blog sigue siendo minoritario y de que es más que probable que los editores del libro no recalen en él en esta ocasión, voy a permitirme contravenir las reglas del copyright para copiar unos párrafos del prólogo de Miguel Portillo. Son la mejor introducción al libro y contienen ese gusanillo que despierta en el lector el deseo de leer. Seguro que tras ellos Pekín me deslumbró entrará en la lista de los libros que conviene no perderse y que todos llevamos en el bolsillo para cuando se presente la primera ocasión.

"Este libro es una larga carta de amor sobre la ciudad y una manera de estar en el mundo, la mítica Pekín de la década de 1930 y la cultura china que le da vida. John Blofeld (1913-1987) amó Pekín sobre todas las cosas y así nos lo cuenta.
¿Pero de dónde sale Blofeld y qué hace ahí tan joven (veintidós años)? Digamos que nace en Londres y que estudia Ciencias Naturales en la Universidad de Cambridge, carrera que no acaba porque tiene otros intereses más apremiantes: se hace budista. Hay que tener en cuenta que Blofeld y Alan Watts, otro famoso intérprete del pensamiento asiático, son coetáneos, los dos coinciden en charlas y meditaciones que tenían lugar en la Buddhist Society de Londres, un centro, valga la expresión, de “excéntricos” fundado en 1924 por Christmas Humprheys (1901-1983), un juez del Tribunal Supremo, para divulgar el conocimiento primero teosófico y después oriental. Así que decide partir hacia China en busca del saber que está más allá –o más acá, según se mire- de todo conocimiento, de un cambio caleidoscópico de su conciencia que le asiente en el mundo y en él mismo. Es, como si dijéramos un viajero con un 'destino interior', su meta está clara.
Tras dos años en el sur de China en los que entraría en contacto con lamas mongoles, tibetanos y maestros chan, llega a Pekín y pasa en la ciudad tres años -1934-1937- hasta que fue ocupada por los japoneses. Él la considera la época más feliz de su vida. Conocido autor de diversos libros sobre el pensamiento y filosofías orientales, avisa en el prólogo de esta obra a sus lectores habituales de lo inaudito, aparentemente, de su glosa de los placeres de todo tipo de los que disfrutó en la ciudad, afirmando que no se arrepiente de nada de ello y que no puede cambiar lo que fue en esta época (…)".

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lunes 31 de agosto de 2009

Adiós, Shanghai


Adiós, Shanghai
Ángel Wagestein
Libros del Asteroide, 2009
424 pp.

Viajar a una época y una vez en ella desplazarse de un extremo al otro del mundo es lo que hace Ángel Wagestein y el lector de Adiós, Shanghai, la novela premiada con el prestigioso Jean Monnet de Literatura Europea....



Ángel Wagestein
Libros del Asteroide, 2009
424 pp.






Viajar a una época muy concreta y una vez en ella desplazarse de un extremo al otro del mundo deteniéndose en lugares marcados por acontecimientos cruciales es lo que hace Ángel Wagestein y el lector de Adiós, Shanghai, la novela premiada con el prestigioso Jean Monnet de Literatura Europea.

El título de la novela menciona a Shanghai, pero hasta llegar a esta ciudad la narración transcurre por otros derroteros porque de lo que habla es de un micromundo, el de la comunidad judía refugiada en el extremo de oriente como consecuencia del terror nazi. Y para entrar en ese universo tan singular debe dibujarse primero el contexto que permitirá después reconstruir el mosaico dentro del cual este micromundo cobra vida.

La Alemania de la preguerra, de donde surgen los personajes, la política de nación aria, el clima de acoso a los judíos, al mismo tiempo que la incredulidad ante lo que se viene encima…, es en el libro la antesala que justifica el por qué de Sahnghai. Y París, libre de camisas pardas, animada como corresponde al tópico de la ciudad de la luz, mediterránea en el carácter, tensa por los acontecimientos que se aproximan e igualmente incrédula frente a ellos sirve también de apoyo a esa puesta en escena de un mundo que ha convertido el huir en una actividad decisiva para muchos y ha marcado con la luz de la esperanza y de la desolación, también, a unas pocas ciudades de acogida –cada vez más escasas- entre las que está Shanghai.

Hablamos de microcosmos judío pero no estamos ante un relato ‘judío’. Ante todo nos encontramos con una novela que podríamos llamar ‘no confesional’. Y que para empezar plantea una dislocación en la percepción del espacio, que parece que ha disuelto las fronteras y los continentes para hacer de la supervivencia una quimera posible y de la geografía un puro accidente que presta sus países, sus ciudades y sus mares a quienes buscan desesperadamente un lugar para vivir.

Shanghai está en uno de los extremos de este continuo por el que discurre la huída y es el lugar donde recalan, en circunstancias muy diversas, los personajes que se han ido dando a conocer en estas escenas de presentación. La vida en la ciudad no es fácil.

Shanghai en este momento es un hervidero, un lugar asentado sobre contrastes y conflictos al borde de la explosión y un auténtico rompecabezas. Es heredera de la historia convulsa de China, intervenida por las potencias coloniales, vecina de una Rusia soviética en estado de tensión ella misma, e invadida por el vecino Japón. Y todo ello y con tantos intereses en presencia, en vísperas de la Segunda Guerra Mundial.

La vida es muy difícil para los recién llegados y más para los judíos arruinados huidos de Europa. Pero el autor evita seguir la línea de la compasión y también la del heroísmo para situarse al nivel de la vida cotidiana.

La vida cotidiana, aquello que toca vivir todos los días, despoja a la realidad de las torturadas fantasías que crea la imaginación y muchas veces la literatura. Aquí, en la novela de Ángel Wagestein, los acontecimientos discurren amenazadores pero reales. Son obstáculos que se perciben con la claridad de lo que se toca con los dedos y que hay que sortear a diario. Y por ello están desprovistos de un dramatismo excesivo y transcurren emparejados con señales más alentadoras. Con sentimientos, con la perspectiva de oportunidades, o con esperanzas que conforman el lado cálido de la vida y que, actuando de contrapesos, alimentan la energía necesaria para vivir.

Y por ello, el discurrir de la vida en Shanghai se convierte en una novela de intriga: en la aventura de cómo se ha podido llegar hasta hoy y cómo se resolverá el enigma de sobrevivir mañana. La mirada al mundo judío no es aquí una anécdota. Es mucho más. Es la atalaya desde donde observar la vida en la ciudad y fuera de ella. La monjas de la comunidad católica se entienden bien con el rabino. Los judíos recién llegados tienen sus diferencias con los que llegaron siglos atrás e instalados como respetables banqueros financian las aventuras alemanas en extremo oriente. Los chinos, bajo la ocupación japonesa se rebelan. Y todos asisten, tras el bombardeo de Pearl Harbour a la extensión de la guerra que se convierte en mundial y que hace de Shanghai y de la vida en ella más incierta todavía de lo que había sido hasta el momento.

Adiós, Shanghai es el relato de la vida en la ciudad en circunstancias que podrían haberse convertido en película de acción a la manera de El Tercer Hombre. Porque el autor mezcla entre los personajes a espías, a oscuros militantes y a algunos diplomáticos que sirven para armar una trama que da cabida a la curiosidad del cómo acabará esto. Y es también el ocaso, después del sacrificio, de esta vida miserable cuando termina la guerra y la ciudad recupera no sólo la difícil normalidad de la paz sino los puentes que permiten salir de ella para regresar a casa.

Novela de acción, novela histórica aunque se trate de una historia muy reciente, novela política y novela de resonancias exóticas. Todo ello es Adiós, Shanghai, un libro que se lee todo el tiempo con interés, escrito a base de capítulos muy cortos que le dan agilidad y ligereza y que cuenta un retazo de la vida que resuena en nuestra memoria y que nos llega en forma de relato para el entretenimiento.

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domingo 18 de enero de 2009

El chino

Henning Mankell
Tusquets, 2008
471 pp.





Menos de una tercera parte del libro trata directamente de China. Suecia y los Estados Unidos son también los escenarios donde transcurre una intriga que arranca con un asesinato en masa.

Una larga historia con raíces en el pasado, la vida cotidiana de la jueza, que aquí sustituye al familiar policía Wallander de las obras anteriores de Mankell, las miserias de la salud y los afectos que tienen su lugar reconocido en el género de la novela negra componen un thriller que sigue los patrones que con tanta maestría maneja el autor.

A primera vista, estamos ante un libro para el viaje. Un libro que retiene la atención del lector y que resiste las interrupciones y las incomodidades de la lectura en los aeropuertos o en los momentos de espera en la habitación del hotel. Si sólo fuera por eso, El chino, sería ya un libro a tener en cuenta.

Pero mi sensación es que hay bastante más, debido a una inclinación que muestra el autor -y se hace visible en muchos otros de sus libros- a entrar en el ámbito de lo social y de lo político, a veces rozándolo y a veces como complemento necesario en el guión.

En La quinta mujer, un primer episodio situado en Argelia ponía ante el lector el panorama del terrorismo fundamentalista islámico simplemente como un apunte que aludía en la ficción al país –Argelia- que sufría el atentado y a Europa, que proporcionaba las víctimas. Y al hacerlo, despertaba con muy pocos trazos la conciencia de un problema con el que jugará el autor en el curso de su intriga para atar al final todos los cabos.

Ese recurso al tema político cobra protagonismo en El chino. Es un elemento fundamental entre todos los que aportan energía para que la historia se mueva y la acción cobre consistencia.

Con El chino tiene uno la sensación de estar ante la novela negra global. Queda muy lejos el ambiente opresivo de los despachos por los que se movía el comisario Maigret y la pequeñez de los tropiezos administrativos que imponía cualquier prefectura de provincias. Ahora es un mundo moderno y abierto el que sostiene la trama y, además, con la inserción de ese plano que discurre por la política, es también un mundo próximo. Porque el acierto de Mankell es tratar de temas que el lector conoce por el periódico y sobre los que tiene opinión –aunque quizás no del todo formada.

Espero no desvelar nada al adelantar que en El chino se habla de China. La imagen de la portada del libro insiste en lo que el título avanza y las manchas de rojo que contrastan con blancos y sepias hablan, sin duda, de sangre y de asesinatos.

Que China se está poniendo de moda no es una novedad. Que despierta todo el interés y que es y seguirá siendo objeto de un interminable rosario de libros en el futuro es algo sobre lo que no cabe dudar. Y ello, en muy buena parte, por el hecho de que lo chino pertenece a un mundo opaco cuyo conocimiento residía en el pequeño círculo de los que se llamaban sinólogos y cuya interpretación se basaba en el arte de saber leer entre líneas las declaraciones oficiales salidas de las instituciones y también las que se deslizaban a través de la prensa y los rumores.

Esta ‘negrura’ que preside el corazón del poder en China, se aporta al flujo de negruras propias de las novelas de asesinatos y detectives. Y surge en El chino no en la forma de una mafia más de las muchas que parecen haber brotado en la China de hoy, sino como un imperativo de esa complejísima y sorprendente transición que el país hace desde el comunismo original a esa otra fórmula, cargada de éxito, a la que no me atrevo yo a poner nombre. Una transición llena de posibles lecturas entre las cuales no es la menor en importancia el sorprendente paso de un país anclado en la tradición, en el mundo rural y en el cultivo de la tierra a una potencia industrial moderna, con ciudades de una energía arrolladora, cuya sombra se proyecta ya sobre todo el mundo.

Libro para el viaje, pero al final, resulta que también libro de viajes, porque El chino entra en las tripas del presente y del devenir del país. Mankell ejerce de buzo en el mundo de la política y nos lleva por las profundidades. Lo que se ve en las calles de Pekín, las avenidas o los precios de los restaurantes es lo de menos. Entender a la gente de la calle está fuera de la misión de su libro. La novela negra trata de desvelar el hilo que relaciona la vida y la muerte. Sigue el rastro que permite pasar del mundo cuerdo de la vida cotidiana a la loca perversión que agota el camino de la convivencia. Busca, en definitiva, sacar a la luz los elementos esenciales que mueven a los hombres y que los hombres mueven para favorecer sus intereses y alcanzar sus quimeras.

Y ahí es donde China aparece en la novela de Mankell, observada desde el interior, siguiendo los pasos de las autoridades del partido, descubriendo el secreto de los comportamientos superficiales a través del condicionante profundo de la lucha por el poder y sobre todo del desencuentro que nace de una visión distinta, según la facción de la que se trate, sobre el futuro del país, sobre el de la sociedad y sobre cómo manejar el presente.

El chino es una bien medida mezcla de temas, de planos, de lugares y de personajes. Pero quizás no he dicho lo más importante: es una novela magnífica. La acción no es desbocada, la intensidad la administra Mankell con mesura al tiempo que añade elementos que tapan huecos y aportan luces, pero también sombras, a la visión del conjunto, como corresponde a un buen relato de intriga.

Libro de viajes y para el viaje, la lectura de El chino no podrá dejarse hasta el final. Con esa mezcla de emoción, curiosidad y suspense propia del género negro, el lector encontrará en él una novela espléndida y la mejor ocasión para el disfrute.


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sábado 25 de octubre de 2008

Viaje a una guerra


C. Isherwood y W. H. Auden
Ediciones del Viento, 2008
334 pp.





Para la mitología viajera los ingleses han sido siempre pioneros y sus hazañas se mantienen como históricas y dignas de admiración. Se trata de algo parecido a lo que ocurre con la novela policíaca en cuyas raíces Sherlock Holmes reina todavía y conserva la condición de figura indiscutida.

En el elenco de esas hazañas de ingleses viajeros, tocados –para quienes no somos ingleses- con un punto de excentricidad, se inscribe Viaje a una guerra. El título describe bien el tema del que trata el libro.

Como preludio a la Segunda Guerra Mundial, Japón invade China –ha reclamado Manchuria como propia- y ha lanzado sus poderosos ejércitos para doblegarla. Occidente tiene importantes intereses comerciales en China y observa con preocupación la situación del país sujeto a un equilibrio peligrosamente inestable. El Kuomintang de Chiang Kai Chek se enfrenta a un emergente partido Comunista que mantiene una sólida actividad de guerrilla. Las ciudades, con una pequeña población ilustrada se sostienen sobre una masa miserable a la que el presente no ofrece perspectivas de redención ningunas. Y el campo, anclado en la más vieja tradición, en la ignorancia y en la extrema pobreza representa a la gran mayoría del país, sin esperanza y sin la idea clara de pertenecer a nación ninguna.

‘Si China resiste un par de años, Japón será vencido porque su economía no soportará el coste de la guerra’ anuncia un personaje de los que aparece en el libro. ‘¿Y la economía China podrá soportarlo?, pregunta el autor del libro a su interlocutor chino. ‘La ventaja de China es que no tiene economía. Es un país agrícola que mal vive de lo poco que cosecha’.

Esa China pobre y a pesar de todo enorme, vecina del imperio japonés en el que bullen deseos de expansión y vecina también de la Rusia soviética con un Stalin a la cabeza dispuesto a buscar cualquier ocasión para ampliar su influencia interesa sobremanera a Occidente. Por ello, cuando los editores encargan a Isherwood y a Auden el relato de un viaje por Asia y los autores proponen que el viaje sea a los escenarios de la guerra en China, la idea es aceptada, el viaje se efectúa con presteza y se convierte en un libro que se publica de forma inmediata.

Los autores, Isherwood y a Auden, son dos jóvenes más atraídos por el mundo intelectual, la literatura y la poesía que por el de la exploración y el riesgo. Son, como se ve a lo largo del libro, universitarios ajenos a la escena, intelectuales curiosos y distanciados de aquello que les rodea, inexpertos y con sentido del humor, ingleses conscientes de que ser inglés es también asumir un papel en esa comedia que da a los hijos de la Gran Bretaña una superioridad gratuita pero aceptada por la tradición.

No tiene Viaje a una guerra un tono jocoso, pero desprende una ironía burlona que caracteriza al relato y que llama la atención del lector. Tratándose de un tema sin duda dramático, de tanta importancia y de tanta complejidad podía haber resultado un libro con hondura histórica, social o política y no lo es.

Para los autores el viaje es sobre todo un pasatiempo. Viajan, como Phíleas Fogg, con un patrón de viajeros del siglo XIX. De viajeros ingleses, lo que significa, con un punto de vista etnocéntrico y siempre en el papel de sorprenderse por las rarezas de los demás, tan distintos de lo que corresponde a la normalidad que dicta el modo de ser británico. Isherwood y Auden no son ingenuos, por supuesto. Juegan con su propio papel y con el papel que atribuyen a los demás: a los ingleses que viven en China, a los extranjeros que encuentran y con los que entran en contacto a lo largo del viaje y a los chinos de quienes extraen la esencia del país que presentan a sus lectores.

De alguna manera, su libro es un ejercicio de estilo donde las claves se adivinan con facilidad porque son explícitas y no hay voluntad de ocultación. Isherwood y Auden entran en China como turistas curiosos y como periodistas. Periodistas que acopian información para lo que podría ser un gabinete de curiosidades al gusto inglés. Los horrores de la guerra quedan desvanecidos por la imagen mucho más real de la anécdota diaria, del absurdo que siempre tiene el comportamiento de las gentes de países lejanos, de la ironía que aparece cuando el vecino es observado con la distancia que pone el entomólogo cuando observa a un insecto y habla con la lógica del hombre a cerca del comportamiento del objeto de su atención.

Viaje a una guerra se lee fácilmente como una curiosidad. Tiene el atractivo de los relatos de otra época y dice tanto sobre China, como sobre la mirada de los ingleses cuando se interesaron por China y sobre el modo de ser de los propios ingleses en su relación con los demás.

Hay que añadir que Isherwood y Auden tampoco fueron unos ingleses cualesquiera. He hecho referencia al principio a su condición de intelectuales. Ambos acabaron en los Estados Unidos. Isherwood fue el autor de la novela que inspiró la famosa película Cabaret. Auden, que escribió poesía y teatro, fue a parar a Brooklyn, rodeado de un medio artístico e intelectual. El libro que escribieron recoge una visión de China muy particular. Pero tiene el atractivo de un relato vivido en primera persona y en un momento –el de la China capitalista- a punto de cambiar de manera radical para tomar un curso, entonces imprevisto, que ha tenido continuidad y ha marcado la realidad del mundo entero hasta hoy mismo.

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domingo 27 de abril de 2008

El ojo de jade


Diane Wei Liang
Siruela, 2007
232 PP.





Pekín, un entorno marcadamente femenino y una trama de intriga. Con estos mimbres se desarrolla una novela de lectura rápida, anunciada como éxito editorial.

Lo positivo. Sin entretenerse en detalles ni explicaciones, el curso de la acción ofrece un buen panorama de la China de hoy. No es la China vista desde todos los ángulos. Hay muchas Chinas porque el país es muy grande y su sociedad compleja. Pero se trata en la novela de esta China emergente, de nuevos potentados, que se mueve a velocidad de rayo y que ha dado la vuelta a la imagen del país.

La protagonista es una joven mujer empresaria -pequeña empresaria. Alrededor de ella giran los nuevos ricos cargados de dinero y de ambición, los compañeros de universidad, con ambición también, pero frustrados en un país que aun es comunista, la familia con sus afectos, sus cuentas pendientes y el peso que comporta la responsabilidad con ella, los recuerdos negros de la Revolución Cultural, el poder -deseado, temido y omnipresente- hoy todavía en manos de la rígida institución del Partido, la difícil supervivencia en un mundo cargado de oportunidades para unos y de amenazas y dificultades para otros ...

El ojo de jade nos introduce en la China que aparece en los periódicos y que se refleja en la explosión de grandes rascacielos, de tiendas de las mejores marcas y de lujosos coches europeos que sacude las principales capitales del país. En forma de novela, es una ventana a la parte más dinámica de la China actual.

Lo negativo. Aunque la portada del libro anuncia una novela policíaca, la trama no pasa de una inocente intriga sin verdadero pulso ni suficiente contenido. Y la forma de expresión y el modo de narrar una historia, que debía haber estado cargada de emociones, me recordó la eficaz aunque rematadamente básica escritura de Enith Blyton en los libros de aventuras infantiles de mi juventud.

¿Serán esta forma narrativa tan plana y esa intriga tan ligera una metáfora de lo artificiosa y vacía que está resultando esta sociedad de éxito de la nueva China? Seguro que no, porque China es muchísimo más. Pero ciertamente, el rapidísimo cambio que ha vivido el país más dinámico de Asia, también debe haber propiciado una sociedad para el escaparate, poderosa, visible y llamativa junto a la cual El ojo de jade vibra en clave trivial y en armonía.

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