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lunes 24 de noviembre de 2008

El corazón del cazador


Laurens van der Post
Península, 2008
286 pp.





Laurens van der Post era un personaje excepcional, que dedicó gran parte de su enorme energía a combatir el apartheid y el exterminio de pueblos en peligro, especialmente los bosquimanos. Rodó documentales, escribió libros y movilizó las conciencias del público británico alertando del peligro que suponía la desaparición de este pueblo nómada y cazador. A ellos les dedicó dos libros, ya clásicos, El mundo perdido del Kalahari y este, El corazón del cazador. En él recoge una parte de sus exploraciones por el desierto y especialmente las relaciones que mantuvo con diversos grupos de bosquimanos, que ya recelaban abiertamente de su contacto con las poblaciones blancas.


Su interés no es sólo descriptivo, aunque describe y muy bien los imponentes y durísimos paisajes del desierto, la riquísima y casi invisible vida que alberga y la potencia infinita que tiene la naturaleza cuando el hombre se sumerge en ella y las muletas que la civilización le presta se revelan inútiles. El objetivo de su libro es acercarnos al corazón del bosquimano, a su modo de entender el mundo y la vida, a su concepción del universo y a su conocimiento del mundo natural. 

Y este acercamiento no lo hace con la frialdad del antropólogo, sino con la cercanía de un amigo y la pasión de quién defiende un causa justa. Van der Post sostiene que la humanidad no se puede permitir la extinción del más primitivo de los pueblos que la forman; que ellos son quienes nos mantienen cerca de nuestras raíces comunes, de quiénes fuimos y de quiénes seguimos siendo por más que nos sofistiquemos: mamíferos cazadores que viven en grupos.

El libro mezcla sabiamente la descripción de los paisajes y personajes individuales y sus peripecias con la reflexión acerca de su importancia para el bien de nuestra alma; plantea así el asunto moral de la responsabilidad que todos compartimos por el destino de los más débiles de nosotros.

Y los más débiles son los bosquimanos: de pequeño tamaño, escasísimo desarrollo técnico y una forma de vida tan absolutamente integrada en el entorno que las alteraciones que se producen en él amenazan su existencia. Medidas teóricamente proteccionistas, como limitar la caza de determinadas especies animales, les resultan profundamente incomprensibles; durante siglos han cazado para alimentarse, aquel es su territorio y no conocen ni pueden conocer otra forma de vida. Son asediados tanto por los pueblos negros como por la extensión de la colonia blanca, que quiere incluirlos en sus listas de personas obligadas a pagar impuestos. Y se puede imaginar la magnitud de la catástrofe que esto supone para un pueblo que, de hecho, vive en la Edad de Piedra.

El grueso del libro está dedicado a recoger y comprender los mitos y narraciones que los bosquimanos han creado para explicarse el mundo y que se han transmitido de padres a hijos desde los tiempos más remotos. El autor sabe bien que esta cosmogonía es un tesoro a punto de perderse y dedica ímprobos esfuerzos a recoger lo que podrían ser sus últimos capítulos. En estos últimos capítulos que forman la tercera y última parte, el libro alcanza un gran vuelo poético, que nos acerca a concepciones ajenas al racionalismo y que son profundas y por eso muy africanas. 

Cuando el autor interroga con insistencia a un cazador para que le explique los comienzos del mundo, él le responde.- “Es muy difícil porque debes comprender que siempre hay un sueño que nos sueña.” Y aquí hay resonancias de Calderón, Shakespeare y Freud que inician una exploración no del Kalahari sino del corazón del cazador, que es el bosquimano pero también el lector.

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