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domingo 20 de diciembre de 2009

Un grano de trigo


Un grano de trigo
Ngugi Wa Tiong'o
Zanzíbar, 2006
350 pp.

Algunos capítulos de la historia reciente son ignorados por el gran público. Entre ellos quizás el más llamativo es el de la descolonización que afectó a continentes enteros y a millones de personas...


Ngugi Wa Tiong’o
Zanzíbar, 2006
350 pp.





Algunos capítulos de la historia reciente son ignorados por el gran público o se conocen sólo de un modo muy parcial. Entre ellos quizás el más llamativo es el de la descolonización que tuvo lugar en la segunda mitad del siglo XX y que afectó a continentes enteros y a millones de personas.

Por eso Un grano de trigo resulta tan atractivo y su enfoque novedoso. Ngugi Wa Tiong’o está considerado uno de los escritores de mayor relieve del Africa Oriental. Su compromiso social es una de sus señas de identidad y le llevaron a la cárcel y al exilio. Su interés por los efectos profundos de la colonización se convierte en una constante que marca toda su literatura.

Entre la mayoría de los escritores africanos modernos podríamos hablar de una literatura étnica, que enlaza con las culturas tradicionales de las diversas regiones y con su adaptación-transformación al mundo presente. La sociedad tradicional y al mismo tiempo urbana, la visión de quienes tratan de dejar atrás los comportamientos atávicos, el choque cultural de quienes emigraron al extranjero forman parte del abanico de temas que desvelan en la literatura la cotidianidad del continente y el embrollo de contradicciones al que se somete.

Un grano de trigo dirige su mirada a los días en que Kenia luchaba por su indenpendencia. Para los europeos que recibían noticias a través de los periódicos eran días de rebeliones desbocadas y de sanguinarios excesos de auténticos salvajes. Hoy hubiéramos hablado lisa y llanamente de un terrorismo irracional y cruel, de la peor especie.

Pero Ngugi Wa Tiong’o nos enfrenta a otra realidad, la de las personas que vivían la injusticia del expolio y de la humillación, y la de un movimiento organizado, con un proyecto político y una larga experiencia de confrontación con los ingleses. Y también con todas las sombras que acompañan al uso de la violencia.

La de Ngugi Wa Tiong’o es una novela política, sin duda. Pero Ngugi Wa Tiong’o va mucho más allá porque penetra en el alma de los personajes y, en torno a la tensión que crea la situación colonial, desvela el carácter y los sentimientos de quienes sostienen la acción, las complejas relaciones que establecen entre ellos, la degradación que lleva consigo la violencia y el miedo, y las dificultades de todos para acomodarse a sus propias vidas.

Una Kenia diferente, alejada de la de las tribus, aparece en Un grano de trigo a través de un relato de gran intensidad. A lo largo de sus páginas los personajes cobran vida junto a las preocupaciones colectivas que pesan sobre el país y ponen la mirada en una realidad que ha quedado normalmente al margen de la visión de los europeos.

El sufrimiento de la población, la ferocidad de los blancos para defender su dominación sobre los negros, las prácticas inhumanas que utilizaron en la guerra que asoló Kenia durante muchos años emergen con todo el dramatismo en la novela. Como emerge la necesidad de sobrevivir, de escapar al sacrificio, de evitar la lucha y de transigir con el dominio inglés. Y como surge también, paradójicamente, el espejismo de un horizonte esperanzador donde la cultura aportada por Inglaterra puede germinar entre la población negra y crear una hermandad de hombres prósperos que, con independencia de la raza, pueden llegar a compartir, codo a codo los beneficios de la civilización.

Novela política, pero sobre todo novela de gran calado es lo que nos ofrece Ngugi Wa Tiong’o, quien nos da, además, una ocasión excelente de conocer la Kenia que antecede a la que encontramos hoy y nos ayuda a explicarla. Y de penetrar en el fondo del alma de los personajes a través de un relato cargado de dramatismo y de humanidad difícil de encontrar en otros autores.

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lunes 16 de noviembre de 2009

Un recodo en el río


Un recodo en el río
V.S. Naipaul
Mondadori, 2009
321 pp.

Es, para muchos, la mejor novela de Naipaul. Pero es, sobre todo, África. Un África real e inaprensible, inquietante, hecha de incertidumbres, condenada a sus propios demonios y apasionante también....


V.S. Naipaul
Mondadori, 2009
321 pp.





Es, para muchos, la mejor novela de Naipaul. Pero es, sobre todo, África. Un África real e inaprensible, inquietante, hecha de incertidumbres, condenada a sus propios demonios y apasionante también.

Un solo personaje, sobre el telón de fondo de una familia del oriente africano, vertebra la historia y, sobre el universo tan reducido de una experiencia individual, Naipaul consigue construir un panorama donde el lector es capaz de vislumbrar la profunda complejidad que da vida al continente entero: a un mundo contradictorio y desgarrado por fuerzas poderosas y destructivas.

Naipaul conoce bien África y en su capacidad por describir situaciones y sentimientos aprovecha, sin duda, el hecho de haber vivido él mismo en su hogar el recuerdo de una situación colonial y la experiencia de una familia desplazada del medio de donde surgieron sus raíces.

Un recodo en el río habla de una derrota, pero no refleja al hombre resentido que caracteriza al perdedor. Salim, el protagonista, es originario de alguna ciudad de la costa del Índico. Y la primera sorpresa para el lector es que no es un africano. Su familia lleva siglos en África, pero el mundo de los africanos es el de tierra adentro y el de la familia de Salim se ve todavía ligado a oriente y está en decadencia, amenazado por ese resurgir de África que, en lugar de dispensar el orden y la convivencia, ha desatado las tensiones entre tribus y pueblos y extiende el caos sin remedio.

Salim no es un hombre derrotado. Pero está herido por un presente amenazador porque, en el horizonte, lo que se anuncia es desorden y violencia. La vida de comerciante, que ha sido la de su familia durante generaciones, basada en la palabra y en la confianza, se enfrenta a un mundo descompuesto que no comprende nada de lo que le está ocurriendo. Es difícil evitar un recuerdo a ese Corazón de las tinieblas sobrecogedor y denso, a pesar del tiempo transcurrido entre las escenas de un relato y otro.

Un África antigua perdura en los detalles. Los niños de las aldeas siguen doblando la rodilla ante los adultos en señal de respeto. Pero los secuestros y las muertes violentas desbordan las viejas tradiciones y se apropian de ellas en una extraña combinación que justifica toda clase de desvaríos.

Para Salim/Naipaul es lógica la senda de declive por la que discurre África. Y es inevitable el desasosiego que atormenta al protagonista. Nadie entiende nada, ni quiere entender. La situación es tan fluida que sobrevivir exige acumular riqueza hoy sin esperar a mañana. Exige matar, antes de que lo señalen a uno mismo como la próxima víctima. Y huir a la selva o a la ciudad porque la razón se ha desquiciado y lo mismo se basa en el cálculo que en viejas creencias mágicas. Los viejos espíritus se convierten en signos de afirmación africana y se alían con la cólera frente a la influencia diabólica de las ideas que vinieron de occidente.

La ignorancia es el motor de tanto desvarío y de la construcción del mundo artificial en el que viven los africanos. A cualquier lugar recóndito llegan pilas eléctricas fabricadas en el otro extremo del mundo. Pero los africanos, a diferencia del swahili Salim, no están interesados en saber de dónde vienen, ni cómo se fabrican, ni por qué funcionan. Su imaginario pasa de la selva a la actualidad más plana y, para casi todos, de la miseria en mitad de la naturaleza a la miseria más desarraigada aún en ciudades podridas donde la vida transcurre en medio de la degradación.

Los funcionarios son corruptos y los ejércitos peligrosos para los conciudadanos y para el propio gobierno que los maneja como perros de presa y que sabe que a la menor oportunidad abandonarán la disciplina para convertirse en bandas que aterrorizarán a quienes tengan a mano.

África, poderosa y llena de oportunidades, ofrece en la novela de Naipaul la desesperada imagen de una huérfana. Abandonada por Europa ha perdido el contacto con quien le dio una administración eficaz, un idioma con el que entenderse, los productos con los que se abastecía y no ha encontrado el camino para sustituirlos por sus propios medios y para crear otros, si no mejores, al menos iguales.

Extraordinaria, Un recodo en el río mantiene al lector pegado al libro del principio hasta el final. Se convierte en una lectura apasionante. Bucea en el mundo de los sentimientos y también en el de la realidad exterior. Y dibuja un África extrañamente vívida, que alcanza mucho más allá de la aventura por la que transitan los personajes que componen la historia. Es, sin duda, una lección sobre todo el continente, apoyada en la ficción, pero también sacada de una realidad que los no africanos conocemos mal o muy mal y a la que Naipaul nos acerca.

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viernes 9 de enero de 2009

Viajes y Exploraciones en el África del Sur


David Livingstone
Ediciones del Viento, 2008
790 pp.





 

Casi ochocientas páginas pueden disuadir al lector de emprender el trabajo de la lectura. Y más si el autor del libro, en lugar de un reconocido literato, es un cronista alejado del oficio de escribir y afectado por muchos de los modos y maneras que tenían los científicos del siglo XIX para divulgar los descubrimientos de la época.

Ochocientas páginas son muchas, pero quisiera adelantar una opinión personal y que estoy seguro de que es poco compartida: hay libros que no hace falta terminar de leer. Son libros que pueden dejarse cuando el lector desee y sin embargo, llenos de interés que se disfrutan durante todo el tiempo que se tienen entre las manos.

Viajes y Exploraciones en el África del Sur recoge la experiencia de Livingstone durante los dieciséis años que duró su primer viaje a África. Es un libro escrito en alguna medida por obligación ante el deseo de Inglaterra y también de Europa entera de conocer el alud de descubrimientos que el más famoso de los exploradores acababa de hacer en un continente tan próximo como desconocido e impenetrable como era África.

Hay que decir que el atractivo enorme que tiene el relato de Livingstone descansa a partes iguales en el objeto del relato –África, su naturaleza y sus gentes- y en la personalidad extraordinaria del autor.

Otros aventureros habían llegado ya al continente y habían hecho incursiones en él. Pero ninguno alcanzó en sus observaciones la amplitud, la perspicacia y la profundidad que aparecen en el presente libro.

La vida de Livingstone es de un dramatismo feroz. Quien desee acercarse a la versión menos oficial de ella, lejos de las condecoraciones y los laureles, para contemplar el sufrimiento ligado a la determinación obsesiva por seguir y seguir avanzando en el interior de África tendrá una buena perspectiva leyendo el excelente El río Congo, del que convendría hablar algún día. Enfermedad, abatimiento, penalidades extremas rodeadas de accidentes y de muerte componen una hazaña que se convierte en lúgubre y finalmente suicida. Y sin embargo, nada de ello se trasluce en el relato escrito que hace el protagonista de esta aventura.

¿Por qué? La respuesta, y éste es el primer gran atractivo del libro, está en la personalidad sobresaliente y de natural resistente hasta el extremo de Livingstone. Nacido en una familia extremadamente humilde, con la precaria educación que podía conseguirse en las Hébridas, en Escocia, en los primeros decenios del siglo XIX, puesto a trabajar a los diez años para ayudar a la economía familiar, se propone estudiar latín y se familiariza desde muy joven con los textos de Horacio y de Virgilio. Se interesa por la astronomía y por la ciencia en general, consigue estudiar medicina a la vez que trabaja en la industria textil y se licencia en Glasglow. Además, se interesa por la filosofía y por la religión en la que descubre el motivo que debe orientar su vida: ayudar a las naciones sufrientes por sus condiciones de vida y por la falta de conocimiento en general y la ignorancia de la religión cristiana en particular a salir del atraso y emprender la senda del progreso. Con profundos estudios de teología, Livingstone marcha a África como misionero, pero también como científico y como activo defensor de la abolición de la esclavitud.

Y regresa a Londres tras su primer viaje, dieciséis años después de haberlo emprendido, colmado de reconocimiento como el hombre que más sabe, que más cosas ha visto y que mejor conoce África de todos cuantos puedan hablar de ella.

Cuando Livingstone redacta su relato y se excusa de no escribir mejor, no es solamente un hombre de acción, poco versado en letras, quien habla. Es en realidad un hombre de profunda formación intelectual, familiarizado con libros y literatura y tan exigente hacia sí mismo como poco conforme con la mediocridad.

Para el lector de hoy, parte del espectáculo que se inicia con las primeras páginas del libro de Livingstone es el propio Livingstone. La otra parte es África. Y aquí vuelve a ser singularísimo el relato porque contiene un auténtico tesoro de conocimientos de los que no se tenía noticias hasta que los lleva a Europa el autor. En su afán por evangelizar, aprende con rapidez sorprendente las lenguas de las tribus con las que convive y hace apuntes gramaticales sobre sus formas de expresión. Explica la composición de las comunidades que encuentra, las relaciones familiares, las formas de vida. Habla de guerras, de pueblos, de animales, de reyes, de ceremonias, de ritos, de formas de vestir, de utensilios, de las habilidades de unos y de otros… Y, por supuesto, de viajes, de desplazamientos por la selva o por los desiertos, del cruce de ríos y de montañas y de los encuentros con otras tribus a veces amables, otras complicados y tensos.

El viaje de Livingstone es largo. Parte de África del Sur, atraviesa el Kalahari, llega al río Zambeze y a las cataratas Victoria, alcanza Angola… Es una auténtica epopeya que narra con la distancia del científico y con el deseo de documentar su experiencia para dar noticia de ella a los demás. Riguroso, detallista y, visto con los ojos de hoy, ingenuo en su propósito espiritual de llevar la salvación a través de la Biblia, ofrece al lector la visión de un mundo nuevo. En todo caso, el relato de Livingstone es cautivador y descubre a quien lo lee la visión de un África virgen y también de una Europa atenta que ha empezado a dar los primeros pasos de la política colonial que marcará el desarrollo posterior de todo el continente.

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miércoles 24 de diciembre de 2008

El africano


Jean Marie Gustave Le Clézio
Adriana Hidalgo, 2008
144 pp.





Son numerosas las reseñas que han aparecido de los libros de Le Clézio desde que le fue concedido el Nobel de literatura. Al referirme a El africano quisiera hacerlo poniendo el acento en el entorno de la literatura de viajes.

El africano es un libro raro. Tiene numerosas lecturas, diversos ángulos, emociona y desconcierta. Tras su lectura me cuesta decir quién es su protagonista. Es un libro corto, denso en contenido, sobre todo emocional. Es extraordinario.

Son tantos los planos de lectura, que también me resulta difícil elegir uno por el que empezar. Tampoco es cuestión aquí de suplantar el trabajo que corresponde a la crítica literaria. Pero voy a comenzar por decir que resuenan en él los grandes mitos de los que se ha nutrido la literatura africana, Conrad a la cabeza.

El caso es que El africano es demasiado corto y la voz del autor demasiado europea para sostener la intensidad de esos libros clásicos que para los blancos se convirtieron en espejo de África. Pero a lo largo del texto el relato roza los paisajes, la naturaleza y la vida en el continente con tal proximidad que hace sentir al lector todo lo que una literatura mucho más extensa transmitió antes que él.

El africano es un libro humilde. Es un librito de impresiones personales. Recoge los sentimientos del autor, que vivió parte de su infancia en África. Y se transforma, en un homenaje a su padre -huraño, autoritario, ausente- sacrificado en su lucha como médico en tierras africanas y también en un reconocimiento amargo a esta África que se perdió.

He dicho que es un libro raro y lo es por muchas cosas que atraerán al lector. La primera, por la que empieza, es por el hecho de que Le Clézio cuenta su experiencia de niño. Él y su hermano llegan a un pueblo perdido en Nigeria donde su padre es el único médico en toda la región. Son los únicos blancos, no tienen un entorno ‘colonial’ que los vincule a Europa. Rodeados de paisajes nuevos, insertos en una vida radicalmente distinta de la que habían tenido en Francia, amigos de otros niños del poblado con los que conviven, son, ellos mismos, africanos.

La experiencia de la vida en África moldea la sensibilidad del autor y lo hace sensible a lo que ocurre en el continente. Posiblemente, Le Clézio estaba predestinado a ello. A pesar de ser francés es un outsider. Su padre viene de Isla Mauricio. Consigue una beca y logra estudiar en Inglaterra. Y terminada la carrera de medicina entra al servicio del ejército británico para ejercer en territorios de ultramar.

No son éstos unos elementos que favorezcan una mentalidad estrecha y ligada a un solo lugar. Le Clézio viaja. Lo hace de pequeño para reunirse con su padre en África. Y lo hace de mayor y concretamente en este libro para volverse a reunir con él desde la comprensión del esfuerzo y de la pasión que supuso dedicar la vida a curar en los lugares más remotos a la población africana sin más medios que un maletín relleno de unos pocos instrumentos y de poquísimos medicamentos en todos los casos.

El africano es su padre. Y hay un tono melancólico en el libro porque en este africano, destruido por el esfuerzo, aislado, sin familia a mano, endurecido al extremo por la disciplina a que obliga el sobrevivir, está el fracaso de una vida y la metáfora del fracaso de un continente.

El lugar a donde va ‘no son regiones aisladas ni salvajes (…). Al contrario, es un país próspero, donde se cultivan árboles frutales, el ñame y el mijo, donde se practica la ganadería. … Al este está Banyo y el país bororo, al sur la antigua cultura de los Bamouns de Fumban que practican el intercambio, son maestros en el arte de la metalurgia e incluso utilizan una escritura inventada en 1900 por el rey Njoya…. Los montañeses de Banso siguen viviendo como siempre lo hicieron, a un ritmo lento, en armonía con la naturaleza sublime que los rodea, cultivando la tierra y apacentando a sus rebaños de vacas de largos cuernos’.

El África alejada que encuentra el padre y que mueve a la reflexión a Le Clézio es tranquila, civilizada y en orden. Hace referencia a este ‘África que no pudo ser’ de Luis Reyes pero también a la realidad de un continente indomable y cruel por el que asoma Conrad y las vidas de los grandes exploradores quebradas en su afán por penetrar y permanecer en su territorio.

Lejos del África humana, aparece el mundo sórdido del crimen y la guerra, de la lucha tribal, de la desconfianza y la inseguridad: el África condenada por sus propios excesos a los que se añade la terrible lacra del colonialismo y de la intervención –por exceso o por defecto, pero siempre guiada por los intereses propios- de los países extranjeros. La famosa guerra de Biafra, que sigue a la de los kikuyos en Kenia o a la de los zulúes en Sudáfrica y que antecede a tantas otras que vendrán después y la igualarán en crueldad y en maldad, quiebra la visión esperanzada de la vida. Y quiebra el sentido del trabajo y la resistencia personal del médico ex
tranjero que socorre a la población con la esperanza de ayudar a que un día sea menos sufriente.

África nos aparece en el libro de Le Clézio en un relato desde primera fila. Un África vista a través de la reflexión –o del reflejo, si se quiere- de la imagen recuperada de la propia infancia y de la reconstruida y reinterpretada a través de la vida del padre. En muchos aspectos es un África irreal.

Han pasado muy pocos años desde aquellos en que transcurrieron las escenas que se cuentan en el libro y, sin embargo, África parece ser hoy otra. Han ocurrido, en este tiempo, demasiadas cosas para creer que lo que Le Clézio cuenta sigue ajustándose a la realidad. Tampoco quedan ya los grandes espacios abiertos a la aventura, todavía sin mapas, como los que encontró el padre del autor.

El africano, a pesar de los tintes de horror que contiene, nos lleva a un África desvanecida: que se perdió. Pero ¿no podemos pensar también que era aquélla –la humana y aproximadamente feliz- el África real y que la de ahora, su hija, es sólo un mal sueño del que hay que despertar? ¿No puede ser el África sonriente de Le Clézio el punto de partida desde el que redibujar la senda por la que el continente hubiera podido avanzar y puede aún recomponer su futuro?

El libro de Le Clézio está lleno de profundidad y merece una cuidadosa lectura. De ella extraerá el lector conocimientos y, sobre todo, emociones. Emociones, información, opiniones y, muy especialmente, comprensión que le acercarán, desde horizontes distintos, a esa África tan contradictoria, compleja y difícil de perfilar y tan presente para todos.

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lunes 24 de noviembre de 2008

El corazón del cazador


Laurens van der Post
Península, 2008
286 pp.





Laurens van der Post era un personaje excepcional, que dedicó gran parte de su enorme energía a combatir el apartheid y el exterminio de pueblos en peligro, especialmente los bosquimanos. Rodó documentales, escribió libros y movilizó las conciencias del público británico alertando del peligro que suponía la desaparición de este pueblo nómada y cazador. A ellos les dedicó dos libros, ya clásicos, El mundo perdido del Kalahari y este, El corazón del cazador. En él recoge una parte de sus exploraciones por el desierto y especialmente las relaciones que mantuvo con diversos grupos de bosquimanos, que ya recelaban abiertamente de su contacto con las poblaciones blancas.


Su interés no es sólo descriptivo, aunque describe y muy bien los imponentes y durísimos paisajes del desierto, la riquísima y casi invisible vida que alberga y la potencia infinita que tiene la naturaleza cuando el hombre se sumerge en ella y las muletas que la civilización le presta se revelan inútiles. El objetivo de su libro es acercarnos al corazón del bosquimano, a su modo de entender el mundo y la vida, a su concepción del universo y a su conocimiento del mundo natural. 

Y este acercamiento no lo hace con la frialdad del antropólogo, sino con la cercanía de un amigo y la pasión de quién defiende un causa justa. Van der Post sostiene que la humanidad no se puede permitir la extinción del más primitivo de los pueblos que la forman; que ellos son quienes nos mantienen cerca de nuestras raíces comunes, de quiénes fuimos y de quiénes seguimos siendo por más que nos sofistiquemos: mamíferos cazadores que viven en grupos.

El libro mezcla sabiamente la descripción de los paisajes y personajes individuales y sus peripecias con la reflexión acerca de su importancia para el bien de nuestra alma; plantea así el asunto moral de la responsabilidad que todos compartimos por el destino de los más débiles de nosotros.

Y los más débiles son los bosquimanos: de pequeño tamaño, escasísimo desarrollo técnico y una forma de vida tan absolutamente integrada en el entorno que las alteraciones que se producen en él amenazan su existencia. Medidas teóricamente proteccionistas, como limitar la caza de determinadas especies animales, les resultan profundamente incomprensibles; durante siglos han cazado para alimentarse, aquel es su territorio y no conocen ni pueden conocer otra forma de vida. Son asediados tanto por los pueblos negros como por la extensión de la colonia blanca, que quiere incluirlos en sus listas de personas obligadas a pagar impuestos. Y se puede imaginar la magnitud de la catástrofe que esto supone para un pueblo que, de hecho, vive en la Edad de Piedra.

El grueso del libro está dedicado a recoger y comprender los mitos y narraciones que los bosquimanos han creado para explicarse el mundo y que se han transmitido de padres a hijos desde los tiempos más remotos. El autor sabe bien que esta cosmogonía es un tesoro a punto de perderse y dedica ímprobos esfuerzos a recoger lo que podrían ser sus últimos capítulos. En estos últimos capítulos que forman la tercera y última parte, el libro alcanza un gran vuelo poético, que nos acerca a concepciones ajenas al racionalismo y que son profundas y por eso muy africanas. 

Cuando el autor interroga con insistencia a un cazador para que le explique los comienzos del mundo, él le responde.- “Es muy difícil porque debes comprender que siempre hay un sueño que nos sueña.” Y aquí hay resonancias de Calderón, Shakespeare y Freud que inician una exploración no del Kalahari sino del corazón del cazador, que es el bosquimano pero también el lector.

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lunes 21 de julio de 2008

Viajes a las regiones interiores de África


Mungo Park
Ediciones del Viento, 2008
351 pp.





Mungo Park viajó a África en 1795. A su regreso escribió un informe de sus andanzas para la 'Asociación para la promoción y el descubrimiento del interior de África', que había patrocinado su viaje. Cabría esperar en una exploración tan temprana, en un informe para una institución de nombre tan ampuloso y en una época en que necesariamente el viaje en cuestión debió se poco menos que una epopeya un relato retórico, de redacción engolada y lectura pesada.

Para sorpresa del lector, Mungo Park ofrece un texto moderno y ágil, de frases cortas y desarrollo lineal y claro. Escribe un texto de corte casi periodístico donde predomina el objetivo práctico de transmitir la información que pudo recopilar en su viaje, para hacerla accesible de la forma más directa a sus lectores europeos. Leyendo Viajes a las regiones interiores de África tuve la sensación de estar viendo a un Mungo Park con cámara de vídeo antes que con un voluminoso cuaderno de notas.

Por todo lo anterior, el lector de hoy dispone de uno de los pocos testimonios de lo que era África, cuando estaba a punto de empezar el siglo XIX, en una versión que le atrae y le anima desde la primera página a seguir leyendo.

La forma de escribir define ya a Mungo Park como un ser ante todo práctico. Y práctico, sin duda, había que ser para emprender y sobrevivir a un viaje tan complejo como el de penetrar en solitario en el interior de África en ese momento.

Hacía siglos que los europeos conocían la costa africana e incluso se habían establecido una corta distancia de ella en el interior continental. El comercio había estimulado a unos pocos a vivir, muy aislados, en un entorno completamente africano y a establecer relaciones con los habitantes naturales del lugar que les permitían sentirse como en casa y establecerse por largo tiempo. Pero el corazón del continente seguía siendo una tierra desconocida. En el caso de Mungo Park el aclarar el complejo curso del río Níger, del que se conocía la desembocadura y algunos tramos del curso alto pero poco o nada del resto, era el objetivo principal de la exploración, porque los ríos se veían en Europa como un camino privilegiado para su expansión en África.

Africa, por supuesto, no estaba vacía. Ni era el continente naufragado que parece que es hoy. Cuenta Mungo Park que a pesar de no conocer la escritura y por ello mismo de ser todo muy distinto a cuanto había visto hasta entonces, los habitantes de la región de Gambia, donde inicia su periplo, viven en un entorno rico en agricultura y en fauna, capaz de sostener sin apuros a la población que vive en ella.

Tribus distintas, reyes y reinos que conoce directamente o de oídas, hombres libres y esclavos, esclavos domésticos con derechos y protección por parte de sus dueños y esclavos hechos en las guerras y que como botín no son más que objetos, tratantes de esclavos, mediadores en el comercio, historias que cuenta la gente, noticias sobre guerras … van construyendo un retrato de esa África desconocida pero que se va haciendo real. Y junto a todo ello, el sufrimiento por las penalidades que la exploración entraña.

Hay en África una maldición que emerge con toda la negrura en El corazón de las tinieblas, pero que se hace presente una y otra vez acompañada de la muerte en la vida de los blancos que decidieron quedarse en ella. La dureza de la selva, se acompaña con la de pueblos guerreros y hostiles, con los robos y los asaltos, con la extrema crueldad de los desiertos, con las penalidades de vencer a la naturaleza y con el peso casi insuperable de la enfermedad.

Mungo Park pudo con todo ello en su primer viaje del que regresó exitoso y con ánimo suficiente para repetir la aventura unos años más tarde. Pero en esta segunda vez, de ese nuevo intento, ya no regresaría jamás.

La aventura de Mungo Park resulta apasionante. Nos muestra tanto lo que era el continente africano en ese momento como lo que fue la vida de los exploradores y la extraordinaria aventura que tuvieron que vivir en el curso de sus expediciones. Viajes a las regiones interiores de África ofrece una de las pocas oportunidades de leer el relato en primera persona, vivo y con sabor actual, de una proeza única en el mundo de las exploraciones africanas.

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jueves 22 de mayo de 2008

El antropólogo inocente. Notas desde una choza de barro



Nigel Barley
Anagrama, 2004
237 pp.





Todo viajero -digo viajero y no turista- lleva oculto a un antropólogo o vive con la ilusión de llevarlo. Por eso, la lectura de un libro de antropología no le resulta extraña. Y, por eso, se hace más viva aún la paradoja de que quien se siente extraño en toda esta combinación sea el antropólogo que escribe el libro, este libro, para quien la antropología es la más de las veces un misterio y la ciencia que pretende desarrollar un cúmulo de medio-insentateces cargadas de humor.

Inglés tenía que ser el autor para hacer de algo tan serio y poco proclive a las alegrías del ingenio una lectura jocosa y estimulante, aparte de ilustrativa, a su manera, de cómo los hombres se emplean a conocer otros hombres.

El antropoólogo inocente es un clásico. Por consiguiente, lejos de él cualquiera que espere estar a la última. Pero seguro que es el único libro cargado de humor entre todos los de este blog hasta hoy y probablemente -y es una lástima- en un futuro relativamente largo.

El antropólogo es lo más próximo a lo que podríamos llamar el viajero ecológico. Elige un destino, se mezcla con la comunidad que allí vive, aprende de ella -o le parece que aprende de ella- y trata de pasar como un simple observador sin interferir en el entorno que lo acoge. El antropólogo pretende ser discreto y al mismo tiempo aceptado. Y con ambos objetivos a cuestas se adapta al sitio donde se instala como si fuera su propia casa ajustándose en lo posible a los modos de vida del lugar.

Todas estas pretensiones, impecables desde el estricto punto de vista de la teoría científica, hacen aguas cuando se contrastan con la realidad pura y dura y cuando entre medias se abre un resquicio por donde se cuela esa incómoda sensacion de absurdo que envuelve al actor cuando se desvanece el encanto que producen el escenario y los trajes y se ve en medio de la nada y sin nada que lo arrope.

Para Barley, crítico consigo mismo, con su oficio y con lo que le rodea, el encanto tiene la volatilidad de lo esencialmente endeble y cae al primer tropezón. Su encuentro con el lugar donde espera iniciar su trabajo -ese primer lugar que el resto de antropólogos idealiza con intensidad- no puede ser más desolador:

"La primera impresión que me produjo la ciudad es que tenía pocos encantos. En la temporada seca resulta desagradablemente polvorienta y se convierte en un inmenso cenagal en la húmeda. Sus principales monumentos tienen el atractivo de las cafeterías de las autopistas. Las rejillas rotas de las aceras ofrecen al visitente desprevenido un rápido acceso al alcantarillado municipal y raras veces transcurre mucho tiempo sin que los recién llegados se fracturen alguna extremidad ..."

Los dowayos, la comunidad que pretende estudiar y la cultura que espera sacar del arroyo de la ignorancia, no corren mejor suerte. Pero el lector, entre bromas y veras, le va cogiendo el punto a Camerún, a los dowayos, al disparate de querer entendernos unos y otros y a una forma de vivir que con el testimonio de Bartley cobra realidad e interés.

El antropólogo inocente es una lección sobre el mundo -al menos sobre una parte pequeña del mundo- con el atractivo de documentar una sociedad a punto de desaparecer y con el chispeante sabor de que quien la dicta no oculta su condición heterodoxa y su afición por el humor y por lo poco convencional.

Para que nadie se lleve a engaño, Alberto Cardín, que prologa el libro, lo anuncia en el primer párrafo:

"Pocas veces se habrán visto reunidos, en un libro de antropología, un cúmulo tal de situaciones divertidas, referidas con inimitable humor y gracia, y una competencia etnográfica tan afinada, como las que Nigel Barley ofrece en esta minuta de su trabajo de campo entre los dowayos..."

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martes 15 de abril de 2008

El camino hambriento



Ben Okri
Belacqua, 2008
576 pp.




Una creencia africana cuenta que existen los abiku, niños-espíritu destinados a morir en su infancia que pueden permanecer en un territorio intermedio entre la vida y la muerte. Azaro, el niño que protagoniza el libro, elige la vida pero mantiene la capacidad de conectar con el mundo de los espíritus y percibir otras realidades, como ver a través de los ojos de los animales. Las situaciones reales se entremezclan con otras que alteran el orden natural y el autor consigue que el lector siga el camino que hay entre la vida y la muerte, entre la realidad y el sueño, dos mundos opuestos en el pensamiento occidental, pero no en el africano.

No es un libro sobre África, es un libro africano con una mirada propia. Las primeras páginas desconciertan al lector: no se explica qué está pasando, y se suceden las cosas más extrañas. Pronto el camino asimila al lector, que adopta un nuevo punto de vista y acepta una lógica diferente. En este sentido, la novela de Okri es un verdadero viaje mental al interior del corazón africano.

En el libro - más de 500 páginas de lectura absorbente- encontramos a los más variados personajes: los poderosos, los débiles, los luchadores y los que sienten la tentación de rendirse a la muerte para escapar del sufrimiento. Porque esa es la decisión que se plantean los personajes, que viven situaciones tan duras como el hambre, la miseria, la enfermedad y la guerra: la sumisión o la lucha.

Hay personajes inolvidables, como el padre y la madre del protagonista o Madame Koto, líder natural, dueña de un bar y cocinera perpetua de sopa de pimienta, y muchos otros que aparecen y desaparecen de la historia, contada siempre a través de los ojos de Azaro, una mirada infantil e infinitamente sabia.

El autor, el nigeriano Ben Okri, llegó a Londres en los años 70 en unas condiciones precarias. Recordando aquellos momentos, decía en una entrevista en The Guardian "Parece que no tienes nada: no tienes dinero, no tienes amigos... Pero cuando estás al borde del abismo te das cuenta de que tienes una elección; que la vida no es un regalo, es algo que eliges". Y esa es también la elección de Azaro, el niño protagonista.

Desde entonces Okri ha escrito más de diez libros y ha ganado numerosos premios. El camino hambriento es el primer volumen de una trilogía que continúa con Canciones del encantamiento y termina con Riquezas Infinitas.

Si te interesa esta novela, puedes leer otra opinión en El gusanillo de los libros.


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