lunes 22 de febrero de 2010

Con la cabeza bien alta


Con la cabeza bien alta
Wangari Maathai
Lumen, 2007
410 pp.

"La mía era como todas las escuelas de la época. Tenía paredes de barro, el suelo de tierra y el tejado de hojalata. Cada viernes debíamos llevar cenizas de casa y dejarlas en el suelo..."


Wangari Maathai
Lumen, 2007
410 pp.






"La mía era como todas las escuelas de la época. Tenía paredes de barro, el suelo de tierra y el tejado de hojalata. Cada viernes debíamos llevar cenizas de casa, dejarlas en el suelo, ir a un río cercano a por agua y verterla en las cenizas. Entonces barríamos el suelo, una forma de limpieza habitual en aquellos tiempos que evitaba la acumulación de polvo y acababa con las plagas, como las pulgas. De junio a agosto, los meses más fríos y nebulosos del año en las tierras altas del centro, en nuestra escuela hacía un frío insoportable, de modo que durante aquellos días los profesores encendían un fuego para que nos calentáramos las manos y pudiéramos escribir."

Quien escribe esto es Wangari Maathai, nacida en Kenia en 1940, en un poblado de agricultores, sin escuela, en una familia kikuyo de corte tradicional –su padre tenía varias mujeres y entre sus hermanos los había de diversas madres-, y en un país organizado como colonia del imperio británico. Wangari Maathai cuando escribe este libro ha sido ya elegida para ocupar un puesto en el Parlamento de su país, ha sido nombrada Secretaria de Estado en el gobierno y ha recibido el Premio Nobel de la Paz. Una trayectoria excepcional para una persona ejemplar, sorprendente y sobre todo cautivadora.

Si al tratar de Con la cabeza bien alta, tuviera que hablar de sensaciones diría sin duda que es un libro luminoso. Esa fue la impresión que tuve al empezar la lectura y que se mantuvo al avanzar a través de sus páginas. En ocasiones muy contadas sorprende la facilidad con que pueden expresarse las ideas, la ligereza de las palabras y la claridad que se desprende del texto para transmitir hechos, recuerdos y opiniones. Wangari Maathai consigue todo ello en un libro que se lee con extrema facilidad y que transporta a su mundo, empezando por el de su infancia, que cambió radicalmente y del que ha surgido la Kenia de hoy. Porque Con la cabeza bien alta es, al fin y al cabo, una autobiografía.

La literatura con conciencia política africana suele ser, y es lógico que así sea, de tono militante. Quienes vivieron la época colonial, tuvieron que luchar por la independencia o asistieron a esa lucha y luego debieron enfrentarse a las enormes dificultades de consolidar un país libre. Casi todos ellos expresan esta penosa travesía en términos de heroísmo y de desgarro, porque fue el sufrimiento lo que marcó este traumático trance en la conciencia de sus protagonistas.

Wangari Maathai se sale del guión y ofrece la visión de una niña feliz y adaptada al mundo que le ha tocado vivir. Empieza Wangari Maathai por contar el medio en el que nació tal y como lo vivió ella. Y al lector se le abre el horizonte y la mente para comprender cuánto han debido de evolucionar los pueblos africanos en unos pocos años para pasar de un universo gobernado por antiguas tradiciones, por creencias nacidas del contacto inmediato con la naturaleza y por prácticas que no iban mucho más allá que ir a buscar agua o plantar unas pocas semillas, al uso del teléfono móvil y a la vida en ciudades modernas como las que podría haber en cualquier parte del mundo.

Justamente, lo que Wangari Maathai consigue es mostrar esa realidad que fue la de mediados del siglo XX en su país de forma tan natural que se vuelve aceptable y familiar a la mirada del lector. Lo apasionante de su relato es que no hay crítica sino afecto. No hay explicación sino exposición. Y es esa exposición la que permite al lector asomarse y comprender a un mundo tan desconocido como apasionante.

Como anécdota, cuenta Wangari Maathai la dificultad de una sociedad de tradición exclusivamente oral para comprender el misterio de la escritura. La necesidad de atribuir a las letras un componente mágico para explicar que un mensaje escrito por alguien en cualquier lugar pudiera ser entendido por su destinatario sin que el mensajero tuviera que abrir la boca. Nunca se había visto que las ideas pudieran transmitirse de manera distinta que a través de un sonido.

Cuenta también como era la poligamia en la comunidad kikuyo en la que ella nació. Explica que era un elemento de estabilidad y de acogida para los niños. En un mundo de recursos muy escasos donde el padre debía ausentarse para procurar medios de vida y las mujeres necesitaban para los cuidados elementales de la casa desplazarse distancias enormes, las familias compuestas por un varón y varias mujeres permitían que hubiera siempre alguna madre al cuidado de todos los niños y que los niños no extrañaran nunca la presencia de un adulto para alimentarlos o simplemente para entretenerlos por más trabajo o labores que hubiera que hacer.

La mirada ejemplarmente pacífica de Wangari Maathai no oculta la realidad de la época colonial. No esconde los sacrificios e injusticias que vive la sociedad kikuyo que es la que conoce. Pero tampoco siente necesidad de cerrar los ojos a lo que los ingleses aportaron –la educación, por ejemplo- ni a la ‘normalidad’ que ante sus ojos tenía la existencia de un mundo de blancos y otro de negros.

Explica, que tan ajenos a su mundo eran los blancos como los lúos, negros como ella, que no pertenecían a la comunidad kikuyo. Habla de la relación de afecto que había entre su padre, empleado, y el propietario inglés de la granja donde trabajaba y donde vivió con su familia, por más que fueran tremendamente injustos los términos de dicha relación.

Habla del cambio en la alimentación que se produjo cuando llegaron los indios, llevados por los ingleses como mano de obra para la construcción del ferrocarril. Y del rapidísimo cambio que se produjo en la cultura local cuyos bailes, canciones, maneras de vestir o adornos fueron desplazados por las modas totalmente extranjeras llegadas de Europa.

Es tal la cantidad y la variedad de lo que cuenta Wangari Maathai y la naturalidad y precisión de los detalles con los que relata su experiencia que construye para el lector un mundo entero, desconocido y apasionante. Un mundo humano y pacífico que nada tiene que ver con el que se construyó a través de la prensa con motivo de la rebelión de los Mau Mau y de las revueltas por la independencia. En definitiva una versión distinta de la historia, en ausencia de la cual resulta difícil desentrañar casi nada de la tremenda travesía de África desde el mundo tribal al de hoy, ocurrida en poco más de cincuenta años.

Por supuesto, Con la cabeza bien alta trata de muchos más temas además de los que rodean a los años de la niñez y de la juventud de Wangari Maathai. El relato discurre a lo largo de toda la vida de la autora. Y es imposible referirse, aunque sea sólo brevemente, a los distintos episodios y momentos de los que trata el libro: los estudios en América, el regreso a Kenia, el activismo político... Tampoco hace ninguna falta. Sin duda, hay reseñas de libros destinadas a dar a conocer de lo que tratan y ahorrarse la lectura. En este caso no es así. No habría que desperdiciar la ocasión de leer Con la cabeza bien alta. Dejará en el lector el mejor de los sabores, lo entretendrá desde el principio hasta el final y le dará una visión de África necesaria sin duda para comprenderla mucho mejor.