lunes 28 de diciembre de 2009

¡Te odio, Marco Polo! Un viaje tras las huellas de la Ruta de la Seda


¡Te odio, Marco Polo!
Pablo Strubell
Niberta, 2009
131 pp.

Cualquiera que sienta el gusanillo del Asia Central y del Oriente debiera empezar a saborearlos con este libro que se desenvuelve a la manera de un trailer de esa película de verdad que es el viaje...


Pablo Strubell
Niberta, 2009
131 pp.





Quienes valoren los libros cortos, que se leen poco menos que de un tirón, que avanzan de manera fluida y que mantienen despierta la atención del lector durante el recorrido entero por sus páginas encontrarán en ¡Te odio, Marco Polo! un buen motivo para la satisfacción y el entretenimiento.

A mi me gustan los libros cortos, que no se demoran ni se estancan si no hay motivo para ello. Pablo Strubell escribe como viaja. Lo hace con soltura y sin atascos. Y ese es el propósito de su libro. No pretende hacer un relato minucioso sino una selección de escenas, momentos y sensaciones que recojan el larguísimo itinerario que va desde Estambul a Xi’an que lo tuvo ocupado durante cinco meses.

Pero a pesar de la brevedad, el suyo no es un relato descafeinado. Que no esté todo, no significa que vayamos a sufrir por falta de contenido. Todo lo contrario. Pablo Strubell toma una decisión, una más, que es la de evitar un texto enciclopédico. En sus doce mil kilómetros de viaje había materia para hartar. Por eso elige encadenar momentos que desde el inicio hasta el final de su recorrido transmiten al lector continuidad y le hacen sentir los diversos sabores que tiene el viaje, que le dan variedad y que muestran las peculiaridades de la gente y de la atmósfera de lugares distintos.

He dicho que la preferencia por un libro de dimensiones reducidas era una decisión entre otras porque la primera de ellas fue la de dejar el trabajo, un trabajo formal, serio y como Dios manda, para darse el gusto de atender a una vocación: la de viajar. El relato de Pablo Strubell es el de un ser independiente. No es que viaje en solitario, que es como viaja, es que lo hace dándose prioridad a sí mismo. Lo mismo que escucha a su voz interior para dejar su trabajo, y luego la escucha para hacer un relato ligerísimo de un periplo monumental, la sigue en su propio viaje cuyo desarrollo trata de dirigir él a su gusto.

Pablo Strubell quiere perderse por las calles de las ciudades que visita, ir a su aire y a los lugares que le llaman la atención y quiere evitar las interferencias de quienes de buena fe tratan de marcarle el camino. Quien viaja es él y es su intuición o sus propios mitos quienes lo llevan de aquí para allá con determinación, contraviniendo a veces la prudencia pero satisfaciendo siempre su curiosidad.

¿A quién se le ocurre, con la que está cayendo, empeñarse en visitar el mausoleo de Iman Reza en la ciudad de Mashad? Está claro que Pablo Strubell necesita hacerlo y está claro también que extrae de la visita sensaciones profundas que lo conmueven y lo aproximan a la comunidad de hombres y mujeres cuya devoción se desborda a la vista de la tumba del santo. Resulta que Pablo Strubell no es un rebelde que se resiste a pasar por los caminos que más o menos están marcados y que suelen conducir a los viajeros. Lo suyo es la necesidad de sentir la tierra que pisa y lo que le rodea sin intermediarios, de primera mano, sin distracciones y sin nadie que desvíe su atención. Quiere marcar su ritmo. Quiere mirar y escuchar desde su propio punto de vista para comprender más y mejor. Y luego para contarlo.

Quizás lo dicho hasta aquí lleve a pensar que estamos ante un autor arisco y aislado. No es eso. Casi es todo lo contrario. Hace amigos, toma contacto con gente muy diversa, se deja invitar y les sigue la corriente para aprender de ellos. Además, se rinde ante la generosidad que a menudo le demuestran. Pero tampoco quiere que lo abrumen. Como viajero solitario que es, necesita balancear ese espacio propio que cada uno se reserva para sí, con el de las personas con las que conecta y que a veces se le ‘pegan’. Hay quien se empeña en acompañarlo y en marcarle la ruta sin que vea él el momento de darle esquinazo y de recuperar su propio camino. Y hay quien le abre su círculo de amistades y con él un mundo que el viajero de paso jamás podría entrever. Como en todos los libros de viajes, los encuentros son esenciales y abren rendijas desde las que ver, desde ángulos diversos, aspectos distintos de la realidad.

La hospitalidad de gentes humildes y cordiales en Turquía, el contacto con jóvenes iraníes que sufren los efectos de la estricta doctrina del gobierno de los ayatolas y los sortean sin remilgos, el asedio de funcionarios indeseables, los tenderos de los mercados, todo ello compone un mosaico que se va desplegando a medida que el autor avanza por esa ruta que se ha marcado y que no es otra que la antiquísima Ruta de la Seda tan cargada de historia y de historias.

Y lo compone también su encuentro con China, que colma su paciencia y con humor soterrado critica de forma inmisericorde, sin cortarse lo más mínimo y dando rienda suelta a sus humores, para que quede claro que el viajero es humano y que tanto sus pasiones como su educada contención tienen límites, que a veces es bueno traspasar para regocijo del lector.

Cualquiera que sienta el gusanillo del Asia Central y del Oriente debiera empezar a saborearlos con este libro que se desenvuelve a la manera de un trailer de esa película de verdad que es el viaje. Una selección de los mejores momentos, una acertada visión de conjunto y una amplia panorámica sin espacio para un solo momento de aburrimiento es lo que nos trae ¡Te odio, Marco Polo!

Quién sabe si después de la estimulante lectura de ¡Te odio, Marco Polo! no emprenderemos nosotros también el camino de la Ruta de la Seda. Y como la realidad de los viajes es mucho más sacrificada de lo que la mayoría de los relatos sostienen, quién sabe también, si parafraseando al autor, no acabaríamos nosotros diciendo ¡te odio, Pablo Strubell! después de terminar lo que posiblemente sea uno de los viajes más apasionantes que puedan hacerse en la vida.

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domingo 20 de diciembre de 2009

Un grano de trigo


Un grano de trigo
Ngugi Wa Tiong'o
Zanzíbar, 2006
350 pp.

Algunos capítulos de la historia reciente son ignorados por el gran público. Entre ellos quizás el más llamativo es el de la descolonización que afectó a continentes enteros y a millones de personas...


Ngugi Wa Tiong’o
Zanzíbar, 2006
350 pp.





Algunos capítulos de la historia reciente son ignorados por el gran público o se conocen sólo de un modo muy parcial. Entre ellos quizás el más llamativo es el de la descolonización que tuvo lugar en la segunda mitad del siglo XX y que afectó a continentes enteros y a millones de personas.

Por eso Un grano de trigo resulta tan atractivo y su enfoque novedoso. Ngugi Wa Tiong’o está considerado uno de los escritores de mayor relieve del Africa Oriental. Su compromiso social es una de sus señas de identidad y le llevaron a la cárcel y al exilio. Su interés por los efectos profundos de la colonización se convierte en una constante que marca toda su literatura.

Entre la mayoría de los escritores africanos modernos podríamos hablar de una literatura étnica, que enlaza con las culturas tradicionales de las diversas regiones y con su adaptación-transformación al mundo presente. La sociedad tradicional y al mismo tiempo urbana, la visión de quienes tratan de dejar atrás los comportamientos atávicos, el choque cultural de quienes emigraron al extranjero forman parte del abanico de temas que desvelan en la literatura la cotidianidad del continente y el embrollo de contradicciones al que se somete.

Un grano de trigo dirige su mirada a los días en que Kenia luchaba por su indenpendencia. Para los europeos que recibían noticias a través de los periódicos eran días de rebeliones desbocadas y de sanguinarios excesos de auténticos salvajes. Hoy hubiéramos hablado lisa y llanamente de un terrorismo irracional y cruel, de la peor especie.

Pero Ngugi Wa Tiong’o nos enfrenta a otra realidad, la de las personas que vivían la injusticia del expolio y de la humillación, y la de un movimiento organizado, con un proyecto político y una larga experiencia de confrontación con los ingleses. Y también con todas las sombras que acompañan al uso de la violencia.

La de Ngugi Wa Tiong’o es una novela política, sin duda. Pero Ngugi Wa Tiong’o va mucho más allá porque penetra en el alma de los personajes y, en torno a la tensión que crea la situación colonial, desvela el carácter y los sentimientos de quienes sostienen la acción, las complejas relaciones que establecen entre ellos, la degradación que lleva consigo la violencia y el miedo, y las dificultades de todos para acomodarse a sus propias vidas.

Una Kenia diferente, alejada de la de las tribus, aparece en Un grano de trigo a través de un relato de gran intensidad. A lo largo de sus páginas los personajes cobran vida junto a las preocupaciones colectivas que pesan sobre el país y ponen la mirada en una realidad que ha quedado normalmente al margen de la visión de los europeos.

El sufrimiento de la población, la ferocidad de los blancos para defender su dominación sobre los negros, las prácticas inhumanas que utilizaron en la guerra que asoló Kenia durante muchos años emergen con todo el dramatismo en la novela. Como emerge la necesidad de sobrevivir, de escapar al sacrificio, de evitar la lucha y de transigir con el dominio inglés. Y como surge también, paradójicamente, el espejismo de un horizonte esperanzador donde la cultura aportada por Inglaterra puede germinar entre la población negra y crear una hermandad de hombres prósperos que, con independencia de la raza, pueden llegar a compartir, codo a codo los beneficios de la civilización.

Novela política, pero sobre todo novela de gran calado es lo que nos ofrece Ngugi Wa Tiong’o, quien nos da, además, una ocasión excelente de conocer la Kenia que antecede a la que encontramos hoy y nos ayuda a explicarla. Y de penetrar en el fondo del alma de los personajes a través de un relato cargado de dramatismo y de humanidad difícil de encontrar en otros autores.

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domingo 13 de diciembre de 2009

Viaje por la Costa Brava. Paisaje, memoria, glamour y turismo


Viaje por la Costa Brava
Xavier Moret
Altair, 2009
281 pp.

La Costa Brava es mucho más que un espacio para el veraneo o que un destino turístico de valor muy singular. Ocupa en el corazón de quienes la aman un lugar profundo que tiene mucho de devoción y de mito también...


Xavier Moret
Altair, 2009
281 pp.





La Costa Brava es mucho más que un espacio para el veraneo o que un destino turístico de valor muy singular. Ocupa en el corazón de quienes la aman un lugar profundo que tiene mucho de devoción y de mito también. La Costa Brava parece contener las esencias del Mediterráneo y por ello está en las raíces mismas de los pueblos del litoral.

El libro de Xavier Moret es el relato de un viaje. Es como una guía sentimental y por consiguiente desordenada. Objetiva y subjetiva a la vez. Y literaria en muy buena medida.

Podría ser una guía porque se ocupa de los pueblos y rincones que encuentra cualquier viajero que la recorra de sur a norte. Y como Xavier Moret no tiene prisa especial en su recorrido ni sistemática a la que deba ajustar su discurso, produce un relato parecido al de los viajeros de antes. A esos libros que ingleses o franceses –los únicos que viajaban- escribían sobre sus andanzas por Portugal, por la Toscana o Sicilia, o recorriendo el Tirol.

Sensaciones, algunos datos, anécdotas, comentarios sobre la gente y sobre su forma de vida y alguna sorpresa que deparaba el camino envolvían al lector en un mundo que se hacía familiar porque el autor se reconocía en los lugares y en las gentes de los que hablaba.

Klaus y Erika Mann cuando escriben El Libro de La Riviera también hablan de un pedazo de la costa mediterránea -la Costa Azul-, turística y privilegiada como es la Costa Brava. Pero ellos son de familia de intelectuales, iconoclastas, atrevidos, casi descarados y con humor para referirse a lo más parecido al paraíso con una visión gamberra.

La Costa Brava no está para eso. Es cosa más seria. Escritores, con Pla a la cabeza, le han dedicado páginas, sentimientos y elogios. Han sufrido por ella también porque la han visto bella y amenazada al mismo tiempo. Y no es cuestión ahora de tratarla desde una pose de trivialidad.

Que conste que Moret se guarda bien de ser, él mismo, un devoto. Quizás porque la Costa Brava que ve deja poco ya para devociones y porque la ha visto cambiar con sus propios ojos y es consciente de a dónde todos hemos ido a parar con eso del desarrollo turístico. La Costa Brava podía haber muerto de éxito si no fuera porque sigue siendo tan privilegiada que tiene todavía de qué presumir y con qué enamorar.

Cualquiera que vaya a la Costa Brava debiera llevar el libro de Moret bajo el brazo. El autor conoce bien los lugares, ha recorrido todos los rincones, habla de fiestas y tradiciones que pueden pasar desapercibidas a quien va solamente de paso. Además, Moret habla con la gente. Gente más joven y menos joven. Los que viven de su trabajo ahora y los que tuvieron los viejos oficios cuando la pesca, la agricultura, una industria precaria y el trabajo artesanal ocupaban a las personas y organizaban la vida de los pueblos.

No es que la Costa Brava ya no sea lo que fue. Es aquello y es lo más nuevo. Es aquella sombra de paraíso donde el agua jugaba con la roca contra la que rompía y con el verde sufrido y espléndido de los pinos, entre calas y pueblos tranquilos. Y es también la hija de esta sombra con la que convive entre autopistas, discotecas, hoteles y manadas de visitantes que se instalan en ella con sus propias maneras, sin perder el contacto con los mundos lejanos y casi siempre inhóspitos de los que vienen.

Viaje por la Costa Brava es un retrato de una de las más bellas zonas del Mediterráneo. Es una invitación a recorrerla de la mano de alguien que la conoce bien. Es el relato, como no podría ser de otro modo, un punto nostálgico y amargo. Probablemente no es ello por culpa del autor sino del lector que hubiera querido parar el paso del tiempo unos años atrás, cuando las cosas parecían más naturales, no tocadas. Pero es la prueba, también, de que sigue habiendo una línea de mar y una región entera dotada por la naturaleza de tantos dones que es imposible no disfrutar con ella por todo lo que es capaz de ofrecer.

Y el libro de Moret pone en nuestras manos la mejor ocasión para hacerlo.

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viernes 4 de diciembre de 2009

Siempre el Oeste. La vuelta al mundo sin avión y sin mapa


Siempre el Oeste
Josep M. Romero
Alatir, 2009
535 pp.

"Siempre el Oeste" nos trae un buen rato de lectura, un viaje poco o nada habitual y una experiencia nueva que mantiene el interés siempre vivo....


Josep M. Romero
Alatir, 2009
535 pp.





Es habitual en los viajes conocer a dónde se va. Y en la literatura de viajes hay casi siempre un destino que centra el relato y que al lector lo orienta para saber el terreno que se dispone a pisar.

Siempre el Oeste es una excepción a esta regla, que es de puro sentido común. Porque el viaje que narra Josep M. Romero tampoco se plantea como suelen plantearse la mayor parte de los viajes. El suyo es un viaje diletante, con un programa perfilado sólo con un hilván, es decir, mínimamente. Y con un empeño tan inseguro que se pergeñó con el propósito de abordar el Este y se hizo realidad apuntando al Oeste, sin remilgo alguno por parte del autor, ni convulsión o queja que afectara al relato.

¿Quiere ello decir que estamos ante un libro vacío y sin voluntad? En absoluto. El autor se propone nada menos que dar la vuelta al mundo. Pero va a darla como en los viejos tiempos. Sin prisa.


El libro anuncia en la portada que el relato de Josep M. Romero trata de un viaje efectuado sin tomar un avión. Pero lo relevante es el tiempo, o mejor, la disposición a que obliga el hecho de viajar pegado a tierra, con la lentitud y los avatares de recorrer cada kilómetro o cada milla en el mar. El avión sustrae todo aquello que cae entre medias de los aeropuertos. Y modifica los tiempos del paso por el mundo. J. M. Romero no quiere cambio de ritmo alguno en su viaje. Desea vivirlo paso a paso. Sin ahorrar los tiempos muertos, que permiten también contemplar el mundo y que son una forma de vivirlo.

El resultado es un libro magnífico. Ojo, es un libro de más de quinientas páginas y una letra minúscula que habrá disuadido a más de un lector. Mi consejo es leerlo a pesar de todo, y si hace falta, comprar una lupa. Porque merece la pena desde el principio hasta el final.

Decía al empezar que el lector se orienta cuando el viaje sobre el que lee propone un destino o un programa claro. Extrañamente aquí, el lector comparte con el autor la sensación de aventura. De aventura tranquila, porque todo se mueve despacio. Y del gusanillo de la improvisación: de saber que el camino dependerá de cómo se vayan despejando las incógnitas de por dónde seguir, o del arranque de ánimo que supone ilusionarse por un recorrido y no por otro.

El relato no puede ser más variado, aunque transita lentamente de un lugar o de una situación a otra. Si hablamos de la lentitud, hay que convenir que es lo que tiene el ir por tierra, o por río, o por mar. Y si nos referimos a la diversidad, es que el mundo es muy grande y muy distinto y J. M. Romero lo recorre, siempre al oeste, de cabo a rabo.

El lector, he dicho, se suma a la aventura. Y comparte con el autor ese ir a ninguna parte que aflora como rara sensación cuando se viaja lento. Es más, comparte esa particular percepción que es la de perder el tiempo, cuando no hay en el viaje un programa fijo y el salto de un lugar a otro se decide sobre la marcha, no por el afán de cubrir distancias, sino por el gusto de quedarse un poco más donde se está o de pensar que llegó la hora de moverse hacia delante.

Se diría que J. M. Romero regresa a la Antigüedad tal como plantea su viaje. Abre un paréntesis en su vida y configura su comportamiento de acuerdo con lo que exige su actuación en el papel de viajero. Pero no va de nostálgico ni de profeta de la ecología. Empieza por embarcarse en un mercante que tiene tanto de barco como de fábrica con la última tecnología. El mar ahora es así. Y en el mar encuentra a personajes de procedencias y profesiones muy diversas, con los que charla y se entiende y de los que aprende que existe un mundo del que no sabemos nada quienes nos limitamos a vivir en tierra.

El viaje continúa por Brasil, Guayana, atraviesa la Amazonia, Perú, Panamá. Surca el Pacífico y recala en las islas de la Polinesia, en Nueva Zelanda, en Australia, en Indonesia, donde no podía faltar Bali. Llega a Bangkok, atraviesa China y Mongolia y Rusia… para regresar finalmente a Barcelona.

J. M. Romero llevaba, sin duda, lápiz y mucho papel para anotar las incidencias de tanto viaje y sobre todo los encuentros que va haciendo, a veces a través de contactos fugaces que dejan algún comentario y alguna leve sensación, y a veces en forma de relaciones pausadas, propias de ese viaje en el que no hay prisas y en el que todo discurre de forma natural. “La falta de expectativas me liberaba de cualquier tipo de presión” dice. Y así es, sin presión, dejando discurrir las cosas a su modo, cómo se suceden los acontecimientos, cómo desfilan los personajes, las ciudades, los paisajes y los momentos. Y cómo llegan todos ellos al lector que los vive también reposadamente pero con intensidad, participando con el autor de cada situación y rememorando todos los instantes.

En resumen, Siempre el Oeste nos trae un buen rato de lectura, un viaje poco o nada habitual y una experiencia nueva que mantiene el interés siempre vivo. Es una invitación a saborear las emociones que nacen de recorrer y de conocer el mundo por caminos y de maneras diferentes a las que se acostumbran. Es decir, es una excelente ocasión para volver a disfrutar de los viajes. No hay que perdérsela.

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