viernes 4 de diciembre de 2009

Siempre el Oeste. La vuelta al mundo sin avión y sin mapa


Siempre el Oeste
Josep M. Romero
Alatir, 2009
535 pp.

"Siempre el Oeste" nos trae un buen rato de lectura, un viaje poco o nada habitual y una experiencia nueva que mantiene el interés siempre vivo....


Josep M. Romero
Alatir, 2009
535 pp.





Es habitual en los viajes conocer a dónde se va. Y en la literatura de viajes hay casi siempre un destino que centra el relato y que al lector lo orienta para saber el terreno que se dispone a pisar.

Siempre el Oeste es una excepción a esta regla, que es de puro sentido común. Porque el viaje que narra Josep M. Romero tampoco se plantea como suelen plantearse la mayor parte de los viajes. El suyo es un viaje diletante, con un programa perfilado sólo con un hilván, es decir, mínimamente. Y con un empeño tan inseguro que se pergeñó con el propósito de abordar el Este y se hizo realidad apuntando al Oeste, sin remilgo alguno por parte del autor, ni convulsión o queja que afectara al relato.

¿Quiere ello decir que estamos ante un libro vacío y sin voluntad? En absoluto. El autor se propone nada menos que dar la vuelta al mundo. Pero va a darla como en los viejos tiempos. Sin prisa.


El libro anuncia en la portada que el relato de Josep M. Romero trata de un viaje efectuado sin tomar un avión. Pero lo relevante es el tiempo, o mejor, la disposición a que obliga el hecho de viajar pegado a tierra, con la lentitud y los avatares de recorrer cada kilómetro o cada milla en el mar. El avión sustrae todo aquello que cae entre medias de los aeropuertos. Y modifica los tiempos del paso por el mundo. J. M. Romero no quiere cambio de ritmo alguno en su viaje. Desea vivirlo paso a paso. Sin ahorrar los tiempos muertos, que permiten también contemplar el mundo y que son una forma de vivirlo.

El resultado es un libro magnífico. Ojo, es un libro de más de quinientas páginas y una letra minúscula que habrá disuadido a más de un lector. Mi consejo es leerlo a pesar de todo, y si hace falta, comprar una lupa. Porque merece la pena desde el principio hasta el final.

Decía al empezar que el lector se orienta cuando el viaje sobre el que lee propone un destino o un programa claro. Extrañamente aquí, el lector comparte con el autor la sensación de aventura. De aventura tranquila, porque todo se mueve despacio. Y del gusanillo de la improvisación: de saber que el camino dependerá de cómo se vayan despejando las incógnitas de por dónde seguir, o del arranque de ánimo que supone ilusionarse por un recorrido y no por otro.

El relato no puede ser más variado, aunque transita lentamente de un lugar o de una situación a otra. Si hablamos de la lentitud, hay que convenir que es lo que tiene el ir por tierra, o por río, o por mar. Y si nos referimos a la diversidad, es que el mundo es muy grande y muy distinto y J. M. Romero lo recorre, siempre al oeste, de cabo a rabo.

El lector, he dicho, se suma a la aventura. Y comparte con el autor ese ir a ninguna parte que aflora como rara sensación cuando se viaja lento. Es más, comparte esa particular percepción que es la de perder el tiempo, cuando no hay en el viaje un programa fijo y el salto de un lugar a otro se decide sobre la marcha, no por el afán de cubrir distancias, sino por el gusto de quedarse un poco más donde se está o de pensar que llegó la hora de moverse hacia delante.

Se diría que J. M. Romero regresa a la Antigüedad tal como plantea su viaje. Abre un paréntesis en su vida y configura su comportamiento de acuerdo con lo que exige su actuación en el papel de viajero. Pero no va de nostálgico ni de profeta de la ecología. Empieza por embarcarse en un mercante que tiene tanto de barco como de fábrica con la última tecnología. El mar ahora es así. Y en el mar encuentra a personajes de procedencias y profesiones muy diversas, con los que charla y se entiende y de los que aprende que existe un mundo del que no sabemos nada quienes nos limitamos a vivir en tierra.

El viaje continúa por Brasil, Guayana, atraviesa la Amazonia, Perú, Panamá. Surca el Pacífico y recala en las islas de la Polinesia, en Nueva Zelanda, en Australia, en Indonesia, donde no podía faltar Bali. Llega a Bangkok, atraviesa China y Mongolia y Rusia… para regresar finalmente a Barcelona.

J. M. Romero llevaba, sin duda, lápiz y mucho papel para anotar las incidencias de tanto viaje y sobre todo los encuentros que va haciendo, a veces a través de contactos fugaces que dejan algún comentario y alguna leve sensación, y a veces en forma de relaciones pausadas, propias de ese viaje en el que no hay prisas y en el que todo discurre de forma natural. “La falta de expectativas me liberaba de cualquier tipo de presión” dice. Y así es, sin presión, dejando discurrir las cosas a su modo, cómo se suceden los acontecimientos, cómo desfilan los personajes, las ciudades, los paisajes y los momentos. Y cómo llegan todos ellos al lector que los vive también reposadamente pero con intensidad, participando con el autor de cada situación y rememorando todos los instantes.

En resumen, Siempre el Oeste nos trae un buen rato de lectura, un viaje poco o nada habitual y una experiencia nueva que mantiene el interés siempre vivo. Es una invitación a saborear las emociones que nacen de recorrer y de conocer el mundo por caminos y de maneras diferentes a las que se acostumbran. Es decir, es una excelente ocasión para volver a disfrutar de los viajes. No hay que perdérsela.