lunes 31 de agosto de 2009

Adiós, Shanghai


Adiós, Shanghai
Ángel Wagestein
Libros del Asteroide, 2009
424 pp.

Viajar a una época y una vez en ella desplazarse de un extremo al otro del mundo es lo que hace Ángel Wagestein y el lector de Adiós, Shanghai, la novela premiada con el prestigioso Jean Monnet de Literatura Europea....



Ángel Wagestein
Libros del Asteroide, 2009
424 pp.






Viajar a una época muy concreta y una vez en ella desplazarse de un extremo al otro del mundo deteniéndose en lugares marcados por acontecimientos cruciales es lo que hace Ángel Wagestein y el lector de Adiós, Shanghai, la novela premiada con el prestigioso Jean Monnet de Literatura Europea.

El título de la novela menciona a Shanghai, pero hasta llegar a esta ciudad la narración transcurre por otros derroteros porque de lo que habla es de un micromundo, el de la comunidad judía refugiada en el extremo de oriente como consecuencia del terror nazi. Y para entrar en ese universo tan singular debe dibujarse primero el contexto que permitirá después reconstruir el mosaico dentro del cual este micromundo cobra vida.

La Alemania de la preguerra, de donde surgen los personajes, la política de nación aria, el clima de acoso a los judíos, al mismo tiempo que la incredulidad ante lo que se viene encima…, es en el libro la antesala que justifica el por qué de Sahnghai. Y París, libre de camisas pardas, animada como corresponde al tópico de la ciudad de la luz, mediterránea en el carácter, tensa por los acontecimientos que se aproximan e igualmente incrédula frente a ellos sirve también de apoyo a esa puesta en escena de un mundo que ha convertido el huir en una actividad decisiva para muchos y ha marcado con la luz de la esperanza y de la desolación, también, a unas pocas ciudades de acogida –cada vez más escasas- entre las que está Shanghai.

Hablamos de microcosmos judío pero no estamos ante un relato ‘judío’. Ante todo nos encontramos con una novela que podríamos llamar ‘no confesional’. Y que para empezar plantea una dislocación en la percepción del espacio, que parece que ha disuelto las fronteras y los continentes para hacer de la supervivencia una quimera posible y de la geografía un puro accidente que presta sus países, sus ciudades y sus mares a quienes buscan desesperadamente un lugar para vivir.

Shanghai está en uno de los extremos de este continuo por el que discurre la huída y es el lugar donde recalan, en circunstancias muy diversas, los personajes que se han ido dando a conocer en estas escenas de presentación. La vida en la ciudad no es fácil.

Shanghai en este momento es un hervidero, un lugar asentado sobre contrastes y conflictos al borde de la explosión y un auténtico rompecabezas. Es heredera de la historia convulsa de China, intervenida por las potencias coloniales, vecina de una Rusia soviética en estado de tensión ella misma, e invadida por el vecino Japón. Y todo ello y con tantos intereses en presencia, en vísperas de la Segunda Guerra Mundial.

La vida es muy difícil para los recién llegados y más para los judíos arruinados huidos de Europa. Pero el autor evita seguir la línea de la compasión y también la del heroísmo para situarse al nivel de la vida cotidiana.

La vida cotidiana, aquello que toca vivir todos los días, despoja a la realidad de las torturadas fantasías que crea la imaginación y muchas veces la literatura. Aquí, en la novela de Ángel Wagestein, los acontecimientos discurren amenazadores pero reales. Son obstáculos que se perciben con la claridad de lo que se toca con los dedos y que hay que sortear a diario. Y por ello están desprovistos de un dramatismo excesivo y transcurren emparejados con señales más alentadoras. Con sentimientos, con la perspectiva de oportunidades, o con esperanzas que conforman el lado cálido de la vida y que, actuando de contrapesos, alimentan la energía necesaria para vivir.

Y por ello, el discurrir de la vida en Shanghai se convierte en una novela de intriga: en la aventura de cómo se ha podido llegar hasta hoy y cómo se resolverá el enigma de sobrevivir mañana. La mirada al mundo judío no es aquí una anécdota. Es mucho más. Es la atalaya desde donde observar la vida en la ciudad y fuera de ella. La monjas de la comunidad católica se entienden bien con el rabino. Los judíos recién llegados tienen sus diferencias con los que llegaron siglos atrás e instalados como respetables banqueros financian las aventuras alemanas en extremo oriente. Los chinos, bajo la ocupación japonesa se rebelan. Y todos asisten, tras el bombardeo de Pearl Harbour a la extensión de la guerra que se convierte en mundial y que hace de Shanghai y de la vida en ella más incierta todavía de lo que había sido hasta el momento.

Adiós, Shanghai es el relato de la vida en la ciudad en circunstancias que podrían haberse convertido en película de acción a la manera de El Tercer Hombre. Porque el autor mezcla entre los personajes a espías, a oscuros militantes y a algunos diplomáticos que sirven para armar una trama que da cabida a la curiosidad del cómo acabará esto. Y es también el ocaso, después del sacrificio, de esta vida miserable cuando termina la guerra y la ciudad recupera no sólo la difícil normalidad de la paz sino los puentes que permiten salir de ella para regresar a casa.

Novela de acción, novela histórica aunque se trate de una historia muy reciente, novela política y novela de resonancias exóticas. Todo ello es Adiós, Shanghai, un libro que se lee todo el tiempo con interés, escrito a base de capítulos muy cortos que le dan agilidad y ligereza y que cuenta un retazo de la vida que resuena en nuestra memoria y que nos llega en forma de relato para el entretenimiento.