miércoles 24 de diciembre de 2008

El africano


Jean Marie Gustave Le Clézio
Adriana Hidalgo, 2008
144 pp.





Son numerosas las reseñas que han aparecido de los libros de Le Clézio desde que le fue concedido el Nobel de literatura. Al referirme a El africano quisiera hacerlo poniendo el acento en el entorno de la literatura de viajes.

El africano es un libro raro. Tiene numerosas lecturas, diversos ángulos, emociona y desconcierta. Tras su lectura me cuesta decir quién es su protagonista. Es un libro corto, denso en contenido, sobre todo emocional. Es extraordinario.

Son tantos los planos de lectura, que también me resulta difícil elegir uno por el que empezar. Tampoco es cuestión aquí de suplantar el trabajo que corresponde a la crítica literaria. Pero voy a comenzar por decir que resuenan en él los grandes mitos de los que se ha nutrido la literatura africana, Conrad a la cabeza.

El caso es que El africano es demasiado corto y la voz del autor demasiado europea para sostener la intensidad de esos libros clásicos que para los blancos se convirtieron en espejo de África. Pero a lo largo del texto el relato roza los paisajes, la naturaleza y la vida en el continente con tal proximidad que hace sentir al lector todo lo que una literatura mucho más extensa transmitió antes que él.

El africano es un libro humilde. Es un librito de impresiones personales. Recoge los sentimientos del autor, que vivió parte de su infancia en África. Y se transforma, en un homenaje a su padre -huraño, autoritario, ausente- sacrificado en su lucha como médico en tierras africanas y también en un reconocimiento amargo a esta África que se perdió.

He dicho que es un libro raro y lo es por muchas cosas que atraerán al lector. La primera, por la que empieza, es por el hecho de que Le Clézio cuenta su experiencia de niño. Él y su hermano llegan a un pueblo perdido en Nigeria donde su padre es el único médico en toda la región. Son los únicos blancos, no tienen un entorno ‘colonial’ que los vincule a Europa. Rodeados de paisajes nuevos, insertos en una vida radicalmente distinta de la que habían tenido en Francia, amigos de otros niños del poblado con los que conviven, son, ellos mismos, africanos.

La experiencia de la vida en África moldea la sensibilidad del autor y lo hace sensible a lo que ocurre en el continente. Posiblemente, Le Clézio estaba predestinado a ello. A pesar de ser francés es un outsider. Su padre viene de Isla Mauricio. Consigue una beca y logra estudiar en Inglaterra. Y terminada la carrera de medicina entra al servicio del ejército británico para ejercer en territorios de ultramar.

No son éstos unos elementos que favorezcan una mentalidad estrecha y ligada a un solo lugar. Le Clézio viaja. Lo hace de pequeño para reunirse con su padre en África. Y lo hace de mayor y concretamente en este libro para volverse a reunir con él desde la comprensión del esfuerzo y de la pasión que supuso dedicar la vida a curar en los lugares más remotos a la población africana sin más medios que un maletín relleno de unos pocos instrumentos y de poquísimos medicamentos en todos los casos.

El africano es su padre. Y hay un tono melancólico en el libro porque en este africano, destruido por el esfuerzo, aislado, sin familia a mano, endurecido al extremo por la disciplina a que obliga el sobrevivir, está el fracaso de una vida y la metáfora del fracaso de un continente.

El lugar a donde va ‘no son regiones aisladas ni salvajes (…). Al contrario, es un país próspero, donde se cultivan árboles frutales, el ñame y el mijo, donde se practica la ganadería. … Al este está Banyo y el país bororo, al sur la antigua cultura de los Bamouns de Fumban que practican el intercambio, son maestros en el arte de la metalurgia e incluso utilizan una escritura inventada en 1900 por el rey Njoya…. Los montañeses de Banso siguen viviendo como siempre lo hicieron, a un ritmo lento, en armonía con la naturaleza sublime que los rodea, cultivando la tierra y apacentando a sus rebaños de vacas de largos cuernos’.

El África alejada que encuentra el padre y que mueve a la reflexión a Le Clézio es tranquila, civilizada y en orden. Hace referencia a este ‘África que no pudo ser’ de Luis Reyes pero también a la realidad de un continente indomable y cruel por el que asoma Conrad y las vidas de los grandes exploradores quebradas en su afán por penetrar y permanecer en su territorio.

Lejos del África humana, aparece el mundo sórdido del crimen y la guerra, de la lucha tribal, de la desconfianza y la inseguridad: el África condenada por sus propios excesos a los que se añade la terrible lacra del colonialismo y de la intervención –por exceso o por defecto, pero siempre guiada por los intereses propios- de los países extranjeros. La famosa guerra de Biafra, que sigue a la de los kikuyos en Kenia o a la de los zulúes en Sudáfrica y que antecede a tantas otras que vendrán después y la igualarán en crueldad y en maldad, quiebra la visión esperanzada de la vida. Y quiebra el sentido del trabajo y la resistencia personal del médico ex
tranjero que socorre a la población con la esperanza de ayudar a que un día sea menos sufriente.

África nos aparece en el libro de Le Clézio en un relato desde primera fila. Un África vista a través de la reflexión –o del reflejo, si se quiere- de la imagen recuperada de la propia infancia y de la reconstruida y reinterpretada a través de la vida del padre. En muchos aspectos es un África irreal.

Han pasado muy pocos años desde aquellos en que transcurrieron las escenas que se cuentan en el libro y, sin embargo, África parece ser hoy otra. Han ocurrido, en este tiempo, demasiadas cosas para creer que lo que Le Clézio cuenta sigue ajustándose a la realidad. Tampoco quedan ya los grandes espacios abiertos a la aventura, todavía sin mapas, como los que encontró el padre del autor.

El africano, a pesar de los tintes de horror que contiene, nos lleva a un África desvanecida: que se perdió. Pero ¿no podemos pensar también que era aquélla –la humana y aproximadamente feliz- el África real y que la de ahora, su hija, es sólo un mal sueño del que hay que despertar? ¿No puede ser el África sonriente de Le Clézio el punto de partida desde el que redibujar la senda por la que el continente hubiera podido avanzar y puede aún recomponer su futuro?

El libro de Le Clézio está lleno de profundidad y merece una cuidadosa lectura. De ella extraerá el lector conocimientos y, sobre todo, emociones. Emociones, información, opiniones y, muy especialmente, comprensión que le acercarán, desde horizontes distintos, a esa África tan contradictoria, compleja y difícil de perfilar y tan presente para todos.

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lunes 22 de diciembre de 2008

Treinta días en Sidney


Peter Carey
Herce, 2008
222 pp.





Hay comportamientos simples que definen a un país y que a menudo no aparecen en las guías. Son tan cotidianos que pasan desapercibidos, tan triviales que caen en el olvido de quien los presencia, tan frecuentes que se vuelven transparentes a la mirada con la costumbre pero quizás por ello mismo son señas de identidad de sociedades enteras y reflejan su carácter profundo. El conserje del hotel indicando al viajero que acarree él mismo sus maletas o el cliente de un taxi colocándose en el asiento delantero junto al conductor son dos ejemplos que Peter Carey desliza en su Treinta días en Sidney y que entre muchos otros le sirven para mostrar al lector el alma de la ciudad y de sus habitantes.

No voy a esperar al final de esta reseña para aconsejar la lectura del libro y para decir que es magnífico. Lo es sin duda. Y lo apreciará el lector aunque no sienta interés especial por la capital australiana. El libro está lleno de hallazgos y de profundidad. Está escrito con sensibilidad y con inteligencia y se lee con interés creciente y con gusto.

Sidney es el protagonista del libro. Y podría serlo de muchas maneras. Carey huye de la descripción. No construye sobre el inventario de lo que se ve o de lo que hay en la ciudad del modo como lo haría una guía. Lo suyo son los encuentros con las personas y con sus propios recuerdos y la capacidad para extraer de ellos el pasado y el presente a través de indicios. La mano de Carey se desvanece. No es él quien cuenta. Ni siquiera los personajes que hablan definen Sidney. Es el lector quien construye la ciudad y al hacerlo, después de tantas derivadas, a donde llega es a su esencia.

La literatura es un arte de prestidigitación. Por ello y a pesar de lo dicho más arriba, hay que reconocer que por supuesto es Carey quien maneja los hilos de lo explícito y lo implícito y de cuánto el lector entiende y concluye. Y hay que decir que lo hace con sensibilidad suficiente como para fingir que no es él quien construye la historia sino sus personajes y el lector.

Carey habla de Sidney mezclando su experiencia en primera persona y las conversaciones con sus interlocutores, en forma de texto dialogado cuyos planos se apoyan y conviven a lo largo del relato. Y de esta forma, en el curso de esta mezcla, deja surgir temas con los que cobran cuerpo una ciudad y una sociedad llenas de singularidades, herederas ambas de viejos presidiarios y que son hoy ejemplos de prosperidad y de éxito.

El modo como Carey desarrolla su texto encaja con su condición de profesor de literatura creativa. Escribe con la misma soltura y facilidad con que introduce los temas más diversos.

Cuenta sin morderse la lengua que la Australia de hoy es el resultado de una guerra contra los aborígenes, que los blancos nunca quisieron reconocer y de cuya derrota han sido siempre conscientes los indígenas. Cuenta de lo poco comprensivos que han sido los blancos con las condiciones naturales del país, con sus precarias condiciones para la agricultura y con el peligro que suponen los terribles incendios que asolan la ciudad. Cuenta de los incendios y de la fuerza brutal del viento como si la naturaleza tuviera todavía toda la energía de un mundo sin domesticar. Cuenta, en un relato escalofriante, de la existencia de un país joven a través del gusto por el riesgo en el mar o del placer de enfrentarse a la naturaleza. Cuenta del aprecio a la libertad del espíritu hablando de la innovación en la arquitectura, del escaso interés por las formas convencionales de vida y del hábito y el gusto por las mezclas y los cambios en casi todo.

Y junto a la tensión que subyace a los contrastes, Carey desvela su admiración por la ciudad. En todo momento, emerge un Sidney grato, luminoso, bendito por la belleza del paisaje y por la presencia del mar. Treinta días en Sidney es un homenaje cálido a la ciudad, a sus habitantes y a la vida. Es un libro para disfrutar y para leer con gozo.

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domingo 14 de diciembre de 2008

La Mansión del Califa. Nuestro primer año en Casablanca


Tahir Shah
Alcalá, 2008
398 pp.






Si existiera el género, diría que La Mansión del Califa pertenece al de la ‘literatura tranquila’. Es un libro que fluye poco a poco, sin sobresaltos, a un ritmo indolente como corresponde al de la vida habitual en Marruecos, donde sucede la historia.

El libro se inscribe en esa tradición europea que consiste en romper con la dureza del frío y de los cielos grises de los largos inviernos –hablo, naturalmente de la Europa que cuenta para estas aventuras que es la atlántica- y busca en el sur la liberación que significa vivir en lugares de atmósfera luminosa y cálida donde la gente desconoce la prisa y en buena medida el orden.

Esos relatos que cuentan asombrados el descubrimiento de la luminosa Italia o España, tienen en este caso una versión más moderna que encuentra en Marruecos la utopía soñada. Huir de Londres es el objetivo de Tahir Shah, escritor, para hallar con su familia no sólo un entorno más grato, más cálido y más natural también sino, además, una cultura más próxima a lo humano. Las exigencias de la civilización urbana en occidente tienen remedio fuera de Europa en un país cuya trayectoria lo ha llevado a mantener unas formas de vida más pausadas que las que marcan la cotidianidad, para el caso que nos ocupa, de Londres.

El autor –y el nombre lo delata- no es un personaje cualquiera. Hijo de afgano pero nacido en la capital británica, es en primer término inglés, aunque no le es ajeno el mundo árabe y musulmán. Ha escrito de viajes, conoce el mundo pero descubre, lo mismo que otros ingleses cuyas ocupaciones les daban libertad para establecerse en cualquier sitio, que hay un mundo más enriquecedor lejos de Londres.

Él mismo es consciente del carácter utópico de sus deseos y conoce el riesgo de arrastrar a su familia a vivir a Marruecos, donde la fantasía de encontrar un sueño tropieza con realidades que no son todas color de rosa. Pero frente a las dudas se impone el hallazgo de una casa, encontrada casi al azar en Casablanca, cuyo gran atractivo impide echarse atrás. Su dimensión enorme con jardines, patios, porches con columnas, altísimas puertas, grandes ventanas y una arquitectura magnífica difícilmente repetible componen el argumento para no dejar escapar la oportunidad.

No es en el libro todo poesía ni mucho menos. Sus primeras páginas arrancan con el atentado que conmovió a la ciudad hace muy pocos años. Con ello Tahir Shah nos sitúa en el Marruecos moderno. Y es precisamente esto lo que da personalidad a su relato, porque al hacerlo mezcla de forma amable, e interesante también, el ‘choque –particular- de civilizaciones’ que se produce cuando él y su familia desembarcan en su nueva casa y tratan, con ayuda de quienes se ocupan de ella –vigilantes, jardinero, cuidadora de los niños, cocineras- de poner orden e instalarse lo más pronto y cómodamente posible.

El orden –el orden material y el lógico- londinense se da de bruces con el desorden material de la casa y de la gran capital marroquí y sobre todo con la forma de actuar y de ver las cosas de las gentes del nuevo país. La lógica y la experiencia del Tahir Shah londinense chocan con las de sus interlocutores de los que depende y que supuestamente lo deben ayudar. Por supuesto no hay mala intención en el desencuentro. Hay solamente tradiciones distintas, creencias y formas de afrontar la realidad que dan lugar a jocosos incidentes y a una visión del Marruecos de hoy que el viajero casi nunca tiene oportunidad de vislumbrar.

¿Hasta qué punto no hay una exageración de Tahir Shah para resaltar con ironía los aspectos más folclóricos de los personajes con quienes se encuentra? Seguro que la hay y que su relato vive del juego de la caricatura hábilmente manejada. Pero en líneas generales es también verdad que en el Marruecos moderno persisten viejas tradiciones que proceden tanto del mundo musulmán como del mundo propiamente rural del que se han nutrido recientemente las grandes ciudades y que siguen vivas, mezcladas con las apariencias más modernas y menos llamativas.

Un Marruecos donde se cree en los espíritus, se los cuida y se los apacigua, donde la familia extiende sus redes casi hasta el infinito, donde la nobleza, la ayuda, la fidelidad, y la solidaridad crean poderosas relaciones que lo mismo son un apoyo providencial que un engorro abrumador del que casi es imposible liberarse aparecen en La Mansión del Califa en un relato de vida cotidiana animado por una ironía muy inglesa y por el buen humor.

La Mansión del Califa habla de costumbres y de anécdotas, de gentes distintas y de un país con admiración y con la curiosidad del viajero que hace una parada larga, se detiene a mirar a su alrededor, trata de entender lo que ve y se siente como en casa, a la vez que sorprendido por el mundo que descubre en tantas cosas distinto del suyo.


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domingo 7 de diciembre de 2008

Tigre Blanco


Aravind Adiga
Miscelánea, 2008
297 pp.





Apetece de vez en cuando leer un disparate, un disparate de verdad: excesivo sin recato alguno, iconoclasta, incorrecto desde todos los puntos de vista, provocador. Y si el autor del disparate en cuestión es indio y vive en la India -a pesar de llevar una trayectoria tan estrambótica como pasar la infancia en Australia, haber hecho sus estudios universitarios en Oxford y haber sido alumno de la universidad de Columbia en Nueva York- y además si la historia que cuenta no es que suceda en la India sino que tiene la pretensión de presentarse como el retrato total, cierto y verdadero de lo que es la India hoy, el esperpento y la diversión están servidos.

No hay peligro en desvelar la trama del libro, porque su jugo está en todas y cada una de las cosas que cuenta y en como se cuentan.

El protagonista es Balram un empresario autoconvencido de su éxito a pesar de la situación manifiestamente miserable en la que vive. Bangalore, el corazón del desarrollo tecnológico de la India es su campo de operaciones. Y el Primer Ministro chino el destinatario de una extensa carta en la que, para ilustrarlo acerca de su país, le cuenta, apuntando en todas direcciones, las más diversas cuestiones sobre la vida, la religión, la familia, las castas, la economía, el progreso, las ciudades, los políticos y todo cuanto el lector pueda imaginar en forma de alegato sin contención alguna.

Por supuesto, Balram organiza su relato desde su particular punto de vista que mezcla desmelenadamente realidad, prejuicios, fantasía, crítica radical, y cuantos elementos más se quieran añadir a partir del delirante discurso que genera su propia historia y las contradicciones del mundo en el que vive.

Además de supuesto empresario de éxito, el origen profesional de nuestro héroe es el de chofer y los estudios de los que parte no van más allá de pocos años de escuela. Si a ello se añade que es el asesino del patrón para el que hacía de chofer y al cual admira, no sorprenderá que los consejos y explicaciones con los que pretende sacar de la ignorancia al Primer Ministro chino sean una desaforada retahíla de despropósitos cuya exageración y absurdo conducen siempre a situaciones que se resuelven en clave de humor.

¿Pero se trata realmente de despropósitos? Sin duda no. Como tantas veces, la disección de una realidad trágica como puede ser la de la India recurre al artificio literario del desvarío. No se trata de darle voz a un loco. El absurdo de esa India, convertida en granero tecnológico de occidente a la vez que anclada en el más remoto pasado en lo que se refiere a costumbres, creencias o simplemente a pobreza, justifica la emergencia de un personaje como Balram cuyo apodo, el Tigre blanco, resulta tan irónico como puede resultar ahora el de aquel otro personaje de película que fue “el Tigre de Chamberí”. Balram más que un loco es un hijo extremo del mundo que le rodea. O mejor, en lugar de loco, es el más lúcido de sus congéneres y el que apartando de sus ojos prejuicios y barreras desnuda la realidad hasta presentarla como algo fuera de toda lógica y justificación.


Sin cortarse un pelo, el modo como habla del Ganges, a la manera de estercolero nauseabundo y lleno de enfermedades, o como cuenta la trágica muerte de su padre en un hospital lleno de cabras al que los médicos no acuden por el particular sistema que practican los funcionarios para eludir sus responsabilidades y beneficiar sus bolsillos son una lección de vida real y terrenal que casi sin querer el lector español enlazará con la novela picaresca.

Agudo e irreverente, el libro de Aravind Adiga muestra, como indica su publicidad, esa otra India dibujada en trazo grueso alejada de los aromas de azafrán o del remolino de los saris que tan asociados tenemos al país y a su cultura. Tigre blanco es una excelente novela con la que pasar el mejor de los ratos. Ha sido ganadora del célebre premio Booker del año 2008.

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jueves 4 de diciembre de 2008

Ciudades Patrimonio de la Humanidad. Trece joyas de España


José Manuel Navia
La Fábrica, 2008
296 pp.







Publicado por Pablo Strubell

Hay poetas que “disparan” con pluma y papel. Otros, como Navia, lo hacen empuñando una cámara de fotos. No hay más que ver su último libro para darse cuenta de ello. Ciudades Patrimonio de la Humanidad, editado por La Fábrica, un libro que recorre ciudades, monumentos y gentes de las trece ciudades españolas que han sido declaradas Patrimonio de la Humanidad.

Se intuye detrás de las fotos a un Navia paciente, reposado. Aguardando el momento único a inmortalizar, al contrario que tantos otros fotógrafos. Le imaginamos caminando sigiloso en callejones solitarios. O resguardado en un soportal esperando a que pase la tormenta, mirando lo que ocurre a través de su objetivo. Un fotógrafo atípico, como el resultado de este libro, que habla de ciudades y monumentos, pero a través de ellos, de las gentes, la cultura, la historia.

De las 210 imágenes del libro, casi ninguna es previsible. Gusta el autor del alba y del ocaso, momentos de escasa luz en las que jugar con pequeños puntos de luz (o de sombras) creando imágenes más habituales en la obra pictórica del sxviii que de la fotografía actual. Como esos cielos encapotados, de oscuras nubes, casi tenebrosas, bajo los cuales algún destello de luz, de color, llama la atención del lector. Pienso, por ejemplo, en esa foto casi fantasmagórica del Monasterio de El Escorial. Seguimos pasando páginas y vemos fotos en penumbra, al anochecer, teñidas de azul y frío, en la que la luz de una pequeña ventana entreabierta permite intuir lo que sucede en el interior de la casa al fondo de un callejón empedrado. Fotos en las que las sombras dicen más que las luces, dejando a nuestra imaginación lo que está sucediendo. Fotos movidas, trepidadas, en la que la vibración es lo de menos: Muchos otros las desecharían, pero con él consigue emocionar aún con esos “desperfectos”.

Navia, nacido en Madrid en 1957 es uno de los más reconocidos fotógrafos españoles. Licenciado en Filosofía, empezó trabajando como reportero, algo de lo que con el tiempo se fue desligando. Evolucionó hacia una fotografía más personal, con un estilo claramente definido con el tiempo. Le obsesiona el poder evocador de la fotografía y su relación con la literatura, y queda claro en cada una de sus cuidadas obras. Es miembro de la agencia Vu desde 1992 y numerosos libros como “Pisadas sonámbulas: lusofonías”, “Marruecos, fragmentos de lo cotidiano”, “Antonio Machado, miradas” o el libro que hoy repasamos: “Ciudades Patrimonio de la Humanidad”, del cual se está realizando una exposición itinerante por España.

Volviendo al libro, y según pasamos las páginas, disfrutamos de la excelente maquetación hecha por Sonia López y Fernando Gutiérrez, que potencian con el ritmo y color impuesto al libro cada una de las instantáneas, ya sean magnificándolas en grandes tamaños o todo lo contrario, jugando con pequeñas imágenes que captan la atención al instante. Caemos también en la cuenta de que no hay un solo retrato en este libro. En su lugar, gentes que pasan, que observan, que viven. Gentes anónimas que no obtienen trascendencia. Ni en eso Navia es un típico fotógrafo de viaje. Seguro que él se definiría mejor, en todo caso, como un fotógrafo que viaja. Que disfruta de lo uno y lo otro, independientemente.

Y es que de una manera sencilla pero tremendamente efectiva Navia ha conseguido crear uno de los mejores libros que hayan sido nunca publicados sobre nuestra historia y patrimonio. Un libro que todos los amantes de nuestra arquitectura, de nuestro patrimonio y de la fotografía deberían tener.

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